martes, 21 de febrero de 2017

Libros imperfectos pero prometedores

En el flujo, a veces torrente, de libros que me llegan, me interesan especialmente los libros imperfectos, desmañados incluso, que revelan, no obstante, talento y pasión. No abundan, es verdad. Lo frecuente es dar con libros perfectos, con lo aburrida que es la perfección; con libros anodinos, que lo sumen a uno en la indiferencia o el sopor; con libros malos, que lo inducen a preguntarse por qué escribimos, por qué escribe el género humano; y con libros nauseabundos, que, paradójicamente, no lamento recibir, porque suelen ser muy divertidos. De esos libros irregulares pero enérgicos, preñados de una reconstituyente creencia en la verdad de la literatura, quiero subrayar hoy tres, que he leído estas últimas semanas.

El primero es Demagogias, del pacense Carlos Reymán Güera, publicado en 2016 por Ediciones de Mesa, un libro que es muchos libros: un poemario, un compendio de relatos, otro de aforismos, un diario, una crónica de la vida contemporánea. Tres rasgos lo (o los) caracterizan: el humor, con frecuencia sarcástico, a veces negro; una ácida crítica política y social, fruto de la ola de indignación que ha sacudido a muchos; y un estilo crepitante, vigoroso, fluido, natural. Carlos Reymán cree en el lenguaje y disfruta con él, que es algo que no se puede decir de todos los escritores, como no se puede decir de todos los papas que crean en Dios. Y eso se advierte sin cesar en el crujir de la prosa y el verso, en la dicción prieta y fulgurante, en el gusto por la metáfora y el calambur. Las tramas de los relatos que son, quizá, lo que más abunda en el volumen, imaginativas o, por el contrario, muy pegadas al terreno, muy hábiles en extraer lo sutil, lo aéreo, de lo cotidiano, conjugan la incertidumbre existencial con la censura ética, y también la meticulosidad y el sosiego descriptivos con la paradoja y la sorpresa. Demagogias no incurre en tópicos o banalidades: su elocución conserva siempre, aun en las situaciones más vulgares, una intensidad y una limpieza que nos devuelven el placer de la palabra, es decir, el placer de recorrer las sinuosidades de una personalidad preocupada por su destino y por el de la sociedad que la rodea. La sofisticación de las formas no hace que Reymán se encumbre, como quería Cervantes: ni practica la hipérbole ni se rinde al barroco, esto es, no condesciende a la demasía, aunque sí, quizá, a la acumulación: Demagogias merecería haberse desglosado en varios volúmenes, todos de igual fuerza, todos cabalmente persuasivos. Transcribo el relato "El fuego":

El demagogo pone en circulación las oportunas palabras incendiarias, las escoge bien y las echa a andar a la calle para los que tienen hambre y sed de palabras encendidas, fuegos sagrados. Al principio solo calientan, chamuscan las barbas de quien se acerca demasiado. Son una forma de luz, antorchas que se reparten. Pero la calle rabia y el fuego está muy a mano: se enciende la revuelta. Entonces arden los contenedores y los cajeros automáticos tras el estallido del cóctel molotov. Se extiende la fascinación por el fuego. Prende la mecha neroniana. El gentío, entregado, se agolpa buscando la manera de consumar un sacrificio, la necesaria hecatombe: fuego y sangre se han considerado desde siempre dos activos con grandes propiedades higienizantes. El demagogo no lo sabe, pero su casa ya está ardiendo. Como quien se cobra una deuda, su fuego le ha sido devuelto multiplicado en los espejos de la ira. Las llamas ya saltan por la ventana, el demagogo se ha quemado a lo bonzo.

El segundo libro es Las cicatrices invisibles, de Daniel Izquierdo Clavero, un barcelonés nacido en 1975, publicado también en 2016 por una pequeña editorial zaragozana, Los Libros del Gato Negro. Las cicatrices invisibles está signado por la enfermedad y la muerte, que lo recorren como una presencia constante, que los versos intentan conjurar. El reconocimiento de la condición humana destinada a enfermar o envejecer y morir va desde la confesión más palmaria y universal "no quiero morir y tengo miedo" hasta la más compleja elaboración, que incorpora los contradictorios consuelos del existencialismo y las no menos agridulces solicitaciones del suicidio. Pero lo singular de Las cicatrices invisibles no es, con serlo mucho, la disputa con la muerte, sino la forma en que esa disputa se materializa: en un lenguaje vivísimo, brincador, polícromo, jalonado de fogonazos de imágenes, transido de adjetivos (o de sustantivos que cumplen una función adjetival) afortunados "mañana cabizbaja", "silencio mortaja", "risa ataúd", invadido por el arrebato de ser y de querer seguir siendo. Frente a la amenaza de la muerte, cuyo aliento se percibe muy cerca, Izquierdo alumbra un lenguaje lleno de sangre y furia, un lenguaje desgarrado con el que pretende afirmar su existencia: de la desolación surge, así, el amor, un amor interminable a la vida que se escapa, al cuerpo que se deshace, a las personas y las cosas queridas de cuyo querer nos despoja la nada. Las cicatrices invisibles, arrastrado por la pasión de sentir y decir, se derrama a veces, comete algún exceso y alguna imprecisión, pero demuestra que el buen poeta puede hablar de todo, aun de la angustia, aun del horror, con alegría. Nada sin alegría, decía Montaigne. Y eso es este libro: un ejercicio de luz de júbilo entre las sombras del silencio. Esto dice el poema "Contra la noche":

La madrugada extiende su alma rasurada por la geografía astillada del desamor. Pero luce el Sol, es pronto todavía y todo permanece, intacto, en el lugar de siempre. La madrugada enhebra una hoguera invisible en el niño que recién aprendió el abecedario del deseo, y el mundo, en suspensión alrededor de un pintalabios, deshace el sortilegio, lo desvanece. Para que todo vuelva a donde estuvo. Para que todo ocupe su lugar inaugural. Pensar es desnudar la desnudez. Sentir, navegar en otra piel la cartografía indiana de los cuerpos fugitivos. Fundar una lengua de arena entre el pensar y el sentir, eso, eso es vivir. La única manera que nos resta a los lunáticos de frenar la avanzada del invierno cuando la realidad tumoriza los espacios y el ganglio del invierno gangrena los sueños donde nace su voz.

Por último, Cartas de amor para mi amigo cerdo, de la mexicana Xel-Ha López, aparecido a finales de 2015 en la joven editorial extremeña Letour1987, es una opera prima borrascosa, desordenada, adolescente aún y no extraña: la poeta es estudiante de Letras en la Universidad de Guadalajara, pero atravesada por una fuerza que en algunos poemas, en algunos pasajes, admite el calificativo de abrumadora; una fuerza en la que radica el genuino ser de la poesía. Oral, coloquial, Cartas de amor para mi amigo cerdo atiende a realidades sucias para descubrir la pureza que ocultan o para dotarlas de la pureza que confiere la poesía. Amor y erotismo visitan con crudeza unas páginas entregadas a la contemplación desnuda de lo que pasa y a su denuncia igualmente despojada de aditamentos. Algunas de estas escenas delatan la violencia contra los homosexuales. En el poema "Mi tío guillo es puto" leemos: "Mi tío guillo pudo haberse llamado Magdalena / sobre él llovían las piedras de los inmaculados // Mi tío guillo, el maricón más honesto / trabajador incansable en no despreciar ninguna verga // Mi tío guillo era discreto / y murió bajo las piedras / como los héroes de todos los terremotos // (...) Descanse en paz el pobre puto de este pueblo miserable // Ojalá herederos de mamadas colosales lloren / como yo para humedecer la tierra en la que un / cuerpo se pudrirá como el de todos". La realidad social del homoerotismo, plagada de dificultades en México (y en todas partes, en realidad), reaparece en "La gran batalla, carretera puebla", que transcribo:

Este pueblo es mugroso este pueblo hiede . los maricones salimos a la calle cubriéndonos las narices . los maricones salimos a la calle como a una guerra llena de cadáveres . como a una guerra después de otra guerra a buscar refugio en la carne del hombre . a beber la sangre que es la vida y luego la sangre . a buscar refugio

Esta es mi espada/ a nadie ha herido mi espada/ mi espada es la reina erguida sobre las ruinas de la guerra/ Mi espada ha traído a los hijos de la guerra/ mi espada es la muerte.

Salimos los maricones a provocar la envida de los seres
la libertad son estos tacones rojos de mi infancia

la libertad
Salimos los maricones entramos los maricones
El mundo es una guerra de ruido
Escucha
este pueblo está podrido 
las moscas dicen algo

domingo, 19 de febrero de 2017

La presentación de Corónicas de Ingalaterra. Una visión crítica de Londres

Pido disculpas por que esta entrada no sea de texto, sino un mero recordatorio de la presentación de Corónicas de Ingalaterra. Una visión crítica de Londres, publicado por Varasek Ediciones, que haremos mañana, 21 de febrero, a las siete y media de la tarde, con el permiso de la autoridad y si el tiempo no lo impide, en la Biblioteca Juan Pablo Forner, de Mérida. Vaya también esta nota como agradecimiento público de la ayuda que en el acto me prestará el presentador, Antonio Reseco a quien no sé cómo le habrá sentado mi libro: él sí está enamorado de Londres, y de la que me ha prestado ya Magdalena Ortiz, la directora de la Biblioteca, cuya hospitalidad y diligencia en la organización del encuentro han sido extraordinarias, así como de la presencia generosa de cuantos nos acompañen (y también de los que no: es muy dificil, a veces, abandonar las obligaciones cotidianas, o la mera inapetencia, para asistir a esta suerte de celebraciones; pero la amistad sé que está ahí).


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miércoles, 15 de febrero de 2017

Ni una sola línea de literatura

Una noticia del Hoy de ayer, 14 de febrero, firmada por J. A. Bravo, me llamó la atención. Se titulaba "Unos correos 'demoledores sin una sola línea de literatura'", y daba cuenta de la afloración, en el juicio sobre los delitos presuntamente cometidos en la gestión de Bankia, de una serie de correos y notas internas de los inspectores del Banco de España que supervisaban a la malhadada entidad financiera. Al parecer, esos mensajes reflejaban una situación patrimonial y una cuenta de resultados desastrosas especificaban, en concreto, que se trataba de "unas cuentas de mierda", que hacían inviable a la entidad y auguraban la catástrofe económica que finalmente ha sido. Según la noticia, los magistrados que están juzgando la cuestión han calificado los informes de "demoledores" y, para subrayar su validez y su contundencia, han añadido: "No hay en ellos ni una sola línea de literatura". Hoy no me interesa considerar un ejemplo más del calamitoso, si no delictivo, uso del dinero público que han hecho nuestros responsables políticos con Rodrigo Rato, exministro de Aznar, a la cabeza en estos últimos años, sino el juicio formal que ya han dictado los magistrados del caso: los informes de los inspectores son contundentes y precisos, y para lograr esa contundencia y esa precisión ha desempeñado un papel fundamental que "no hubiese literatura". No es la primera vez que oigo una valoración semejante: "lo demás es literatura", "uf, cuánta literatura", o "no hay que echarle literatura", afirman a veces algunas personas cuando quieren descalificar lo que no se atiene a los hechos, al meollo del asunto, a la verdad estricta de las cosas. Para los magistrados del caso Bankia y para esas personas que desmerecen la literatura sin saber nada de ella (o, mejor dicho, porque no saben nada de ella), esta es solo relleno, floritura, palabrería, paja: algo, como decía mi abuela, desustanciado o, como sostiene hoy Arguiñano, sin fundamento. Y es exactamente al revés: lo más exacto, lo más preciso, lo más capaz de arrancar toda la significación de un hecho, es la literatura, cuando está bien escrita. Sin haberlos leído, me atrevería a afirmar que esos informes elogiados por los jueces lo son también: literatura técnica, tan desnuda y desgarradora como, salvando las distancias, el Tractatus Logico-Philosophicus de Wittgenstein, que es un ejemplo extraordinario de poesía, siendo también, y radicalmente, filosofía. La literatura aspira a despojar a las palabras de las capas de uso y deformación con que los hablantes las envolvemos y a acceder otra vez al núcleo significativo de las cosas: decirlas como si se dijeran por primera vez y, por lo tanto, como si lo que designan viniese a la existencia también por primera vez. La literatura insisto, la buena: como en todas las artes, como en todas las actividades humanas, la calidad de la ejecución no siempre condice con la altura de su naturaleza es lo más preciso que hay. La polisemia, tan definitoria de su esencia, no quiere decir indeterminación. La vaguedad es detestable en literatura. Lo que se escribe ha de ser prieto, exacto, minucioso: palabras como cosas. Y las metáforas que a sus señorías les deben de parecer ejemplos insuperables de vaciedad, de cacareo inútil, son también ejemplos de precisión, más aún, son sus mejores ejemplos, porque muchas veces, para ser preciso, hay que ser metafórico: solo la metáfora renueva nuestra percepción de ese fragmento de realidad contenido o creado por la palabra; solo gracias a ella renace nuestra visión del mundo. Carlos Bousoño, el injustamente olvidado poeta y teórico de la literatura, da una clarividente explicación del fenómeno en su imprescindible Teoría de la expresión poética. Dice que, si uno se pasa mucho rato acariciando a alguien en el brazo, este dejará, al cabo de un tiempo, de sentir ese roce. Sin embargo, si cambia la dirección de la caricia y la hace a contrapelo, la sensación surgirá de nuevo. Eso es la metáfora: el cambio que despierta otra vez la percepción. Y eso es también la literatura: lo que revela, acariciándonos a contrapelo, cuanto existe; lo que nos da el ser exacto de las cosas con el nombre exacto de las cosas. Nuestros jueces, y todos los que opinan como en ellos en este tema, harían bien en leer más y, sobre todo, en leer mejor. El engrudo verbal, la enunciación deshilachada o imperita, la prolijidad vacua, la ñoñez estomagante, la pedantería insapiente, que son lo que a menudo pasa por literatura, incluso aquella escrita por no pocos afamados jornaleros de la industria editorial, no tiene nada que ver con el arte de la palabra, ni con la emoción estética que ha de procurar, ni con el enriquecimiento intelectual que supone. Y hay que recordar también que precisión no significa laconismo ni simplicidad. En el océano de posibilidades expresivas que es la literatura porque siempre son muchas las formas de decir bien las cosas, se puede ser inequívoco sin resultar parco o superficial. La poesía culta de Góngora no es sencilla, pero es irreprochablemente exacta (lo que, por paradoja, la vuelve oscura: Chesterton ha escrito al respecto páginas luminosas sobre la fosquedad de Robert Browning); el barroquismo de Lezama Lima es fluido, meticuloso y natural; Faulkner no puede decir las cosas mejor de lo que las dice; Celan acierta a expresar su quebradura interior con un rompimiento escrupuloso de las formas. Los ejemplos son innumerables. La literatura es esto: lo que dice la verdad de lo que pasa, de lo que nos pasa. Y es una verdad desnuda, sin aderezos ni superfluidades. Ojalá los jueces (y todos) lo entendieran. Entonces dirían, con toda razón: "Estos informes son congruentes y definitivos: están llenos de literatura".

domingo, 12 de febrero de 2017

El sujeto boscoso

Vicente Luis Mora es un hombre de letras en toda la amplitud de la expresión: es poeta, novelista y crítico, una condición, esta última, que desarrolla en varios medios, pero sobre todo en su blog Diario de lecturas, un infatigable explorador de la literatura española y extranjera contemporánea. He dicho crítico y lo es, pero quizá sea más exacto considerarlo investigador literario, esto es, alguien que no se limita a la presentación epidérmica de las novedades, con una apresurada valoración de sus contenidos, sino que ahonda en las razones y corrientes que atraviesan la literatura y levanta una construcción crítica condigna de los fenómenos analizados. El más reciente fruto de esas indagaciones tras su excelente La cuarta persona del plural, la antología de poesía española contemporánea publicada por Vaso Roto en 2016 es El sujeto boscoso. Tipologías subjetivas de la poesía española contemporánea entre el espejo y la notredad (1978-2015), un poderoso ensayo que ha merecido el I Premio Internacional de Investigación Literaria "Ángel González", convocado por la cátedra homónima de la Universidad de Oviedo, con un jurado compuesto por Francisco Javier Blasco Pascual, José Enrique Martínez, Juan José Lanz, Leopoldo Sánchez Torre y Araceli Iravedra. (Es muy posible, por cierto, que tanto La cuarta persona del plural como El sujeto boscoso se hayan retroalimentado o incluso generado a la vez: la coincidencia de las fechas que ambos abarcan [1978-2015] induce a pensar que la lectura de los poetas aportó, además de la nómina de los antologados, la información que ha permitido construir el ensayo). El sujeto boscoso analiza las formas en que el yo lírico se deshace, duplica o multiplica en un sentido general, se altera o desaparece: abandona los límites de la subjetividad marmóreamente cincelados por la elocución cartesiana en la poesía española posterior al franquismo. El análisis que Mora hace de esta realidad me recuerda, en su planteamiento y también, en buena parte, en su ejecución, a los estudios clásicos de Gaston Bachelard sobre el aire, el agua, el fuego y la tierra, aunque el suyo se ciña a nuestra poesía actual y los del crítico francés se extiendan a la poesía occidental contemporánea: todos son hilvanes minuciosos de algunos elementos comunes simbólicos, ideológicos o retóricos a la práctica poética de un espacio y un tiempo determinados. Hace falta una gran capacidad de visión para detectarlos, filtrarlos por la razón y reunirlos en una plantilla crítica coherente. Para un lector avezado, no es difícil reconocer los rasgos expresivos de un poeta o un grupo de poetas; lo es mucho más identificar los de un conjunto innumerable de autores: los de un país o una época. La inteligencia crítica se demuestra así, como la personal: estableciendo (o rompiendo) relaciones, tanto más significativas cuanto más alejados estén entre sí los elementos que las componen. Vicente Luis Mora hace en El sujeto boscoso un recorrido exhaustivo y cabal por la poesía de casi todos los escritores españoles relevantes (y algunos que no lo son) de los últimos cuarenta años, hasta el punto de configurar un verdadero centón de nuestra lírica, con el fin de filiar y clasificar los procedimientos que revelan esa disgregación, supresión, desdoblamiento o multiplicación del sujeto poemático, trasunto, acaso, de la licuefacción de la identidad en el cosmos de relatividad e incertidumbre que ha alumbrado la posmodernidad (aunque ese derretimiento, como toda fuerza, genere una reacción, o fuerza contraria, hecha de endurecimientos colectivos y terrores nacionales). El principal motivo que acredita el fenómeno, y que Mora desmenuza en El sujeto boscoso, es el espejo, lo que supone un examen no menos detallado de la figura mitológica de Narciso y sus ramificaciones psicológicas en la modernidad, así como de la figura del doble, representativa del laberíntico conflicto de la otredad. El repaso que el ensayista hace de este complejo cosmos simbólico se sustenta en una amplísima documentación, con citas constantes acaso demasiado constantes de los autores y casos estudiados, y, lo que es aún más importante, se plasma en un estilo persuasivo, cuyo ritmo no se ve entorpecido por el lenguaje crítico, que, pese a su altura, no incurre en las arideces de la prosa filológica, y que a menudo se atempera con ironías, consideraciones extraliterarias, apuntes filosóficos o excursos sobre la actualidad poética. Esta es una de las principales virtudes de El sujeto boscoso: que se lee como un relato. Y tiene mucho mérito: componer una obra de estas características sin vulnerar las leyes de la narración implica una comprensión muy profunda de las estrategias retóricas. La presencia de tantísimas voces de poetas, superpuestas o entremezcladas con la del propio ensayista, configura una obra polifónica, coral, muy acorde con el tema tratado y la tesis sustentada: la disolución o pluralidad del yo se corresponde con la disolución o pluralidad de las voces que contiene el libro. En el amplio abanico de temas al que Mora se asoma en su estudio, destacan algunos especialmente vinculados al debate estético aún vigente en España, por más que uno de los interlocutores la poesía de la experiencia se haya refugiado en el epigonismo más aborrecible o haya abrazado tras descubrirlo como quien descubre la sopa de ajo la causa de Claudio Rodríguez y del mismísimo José Ángel Valente, con el propósito de prolongar su protagonismo mediático, en un nuevo ejercicio de la vieja estrategia lampedusiana de que todo cambie para que todo siga igual. Vicente Luis Mora repasa, en el marco del tratamiento del yo, la génesis y evolución del neofigurativismo en nuestra poesía más reciente, y concluye la descripción de su reaccionarismo estético y político con una de sus observaciones mordaces: "Por un enfrentamiento a las poéticas de vanguardia (habitual en posiciones posmodernistas [...]), estos poetas combaten o matizan hasta la reducción el concepto de 'originalidad', no considerándolo necesario, aunque sin llegar su combate contra los derechos de autor -que sí respetan, aunque la 'originalidad', según la legislación vigente, es la razón de que esos derechos sean amparados". Muy interesante es también la aproximación de Vicente Luis Mora a la subjetividad femenina en la poesía contemporánea, que atiende lúcidamente a las singularidades de la poesía escrita por mujeres después de la procelosa tarea de identificarlas y examina en particular la obra de dos de sus principales representantes, Olvido García Valdés y Concha García. Mora no elude aquí el espinoso asunto de la existencia de una poesía femenina reconocible como tal, esto es, con unas características que no se den, o que se den de forma muy distinta, en la poesía masculina, como no eludía, en La cuarta persona del plural, el reto de definir la "calidad literaria", esa cosa asimismo tan escurridiza y difícil de conceptualizar, pero a la que todos acudimos para descalificar a unos autores y elogiar a otros. Vicente Luis Mora es un pensador valiente, que no teme entrar en las discusiones más arduas y peligrosas: la repulsa, críticamente razonada, de la poesía de la experiencia le ha valido las previsibles coces de sus abanderados; y su adentramiento en la poesía femenina le podría haber dado también algunos disgustos. Si no lo ha hecho, ha sido porque ha abordado el asunto con cautela -demasiado visible, quizá, en algunos pasajes de El sujeto visible, pero también con una perspicacia y una ecuanimidad encomiables. Así resume las diferencias que, tras una larga demostración, advierte en la poesía escrita por hombres y la poesía escrita por mujeres: "El hombre vuelca la coseidad en la teoría, mientras que la mujer la riega de identidad, entendiendo que lo femenino es parte nuclear de la subjetividad; los varones, por su parte, no apelan casi nunca a su masculinidad como parte de su yo en el mundo. Como es lógico, esto se advierte de prístino modo en la realización objetiva del poema, y en tanto el escritor masculino prefiere abordar los temas de la disolución acudiendo a categoría formales y códigos ya establecidos (el yo es otro rimbaudiano, la tradición literaria del doble, los códigos culturales y no psicológicos del yo dividido), la mujer poeta crea todo un mundo de complejas relaciones sintácticas y semánticas enter las palabras yo y que, en un proceso inverso, elevan a categoría la identidad, en vez de partir de ella". El sujeto boscoso, en suma, constituye un valioso ensayo literario, panorámico, riguroso, atrevido, bien articulado y escrito, que halla su razón en los textos y no en elucubraciones indocumentadas, y persigue la iluminación verdadera del lector y del mismo autor: la que surge de la interpretación individual y el pensamiento propio, frente a la espesura inane de los tópicos y las inercias; de la pereza intelectual, en suma.