viernes, 8 de diciembre de 2017

Moraleja

Hoy visitamos Moraleja: hemos de hacer compras y no hay lugar mejor, para ese fin, que el mayor municipio de la Sierra de Gata, aunque no se encuentre en la Sierra de Gata, sino en las vegas del Árrago. Moraleja es una villa de poco atractivo, pero de mucho comercio. De hecho, un gran número de negocios jalonan la carretera EX-109, que la recorre como un gran espinazo, a veces agrupados en extensos parques comerciales. Hacemos parada en una ferretería, donde tenemos que comprar un adaptador eléctrico conservamos algunos electrodomésticos de nuestros años en Londres, con enchufes de tres machos: no es que los hagan así porque sean más machos, sino porque son ingleses. Las ferreterías siempre me han parecido unos lugares misteriosos, llenos de objetos arcanos, que a veces guardan un inquietante parecido con instrumentos de tortura: sierras, mallos, punzones, tenazas. Y los propósitos a los que sirven y los mecanismos por los que funcionan no me resultan más inteligibles. Cuando le preguntamos al dependiente un hombre joven, enfundado en un chaleco de camuflaje, como si fuese a salir a cazar ciervos, y unas botas de las que calzan los exploradores del Kalahari por el adaptador que necesitamos, nos ofrece una amplia gama cuyas diferencias, salvo el tamaño, somos incapaces de discernir, pero que él distingue con la precisión de un entomólogo. Elige uno que nos parece pequeño, pero que él juzga adecuado: "Es de 10 amperios, lo que corresponde a 2.300 vatios", responde eléctricamente, y nunca mejor dicho; y remata: "Suficiente". Ha dicho diez amperios y 2.300 vatios, pero, si hubiera hablado en serbocroata o formulado un apotegma de la Escolástica, no lo habría entendido menos. Este hombre es poseedor de un saber oculto: es un iniciado, un visionario. Yo tengo por los ferreteros un respeto reverencial. Nos acercamos después a un centro de venta de materiales de construcción, en las afueras de la ciudad, en busca de un mueble auxiliar de baño. Aquí fue donde pasamos muchos días de gloria cuando se estaba construyendo nuestra casa en Hoyos: llegábamos por la mañana y nos quedábamos hasta la noche decidiendo qué suelo queríamos en cada baño, qué materiales preferíamos utilizar en la cocina, qué grifería nos gustaba y qué tipo de madera cuadraba mejor con la piedra de las paredes, entre un número mareante de dilemas semejantes. Ah, qué gozo, qué recuerdos. Aquí fue también donde, en una de nuestras visitas, y cuando ya llevábamos muchas horas examinando tuberías, azulejos y persianas, decidí darme un descanso apoyándome en una pared de la sala de exposición. Era una falsa pared. Y al otro lado había un lavabo. La explosión del lavabo resonó en todo el establecimiento, que es un enorme almacén en el que cabría un boeing. La dependienta la misma que nos ha atendido hoy: mi cara le sonaba, pero no recordaba de qué me disculpó (y no me cobró el destrozo). Ángeles me miró con resignación conyugal, que es una de las más angustiosas formas de resignación, y me empujó resueltamente a la puerta. Nuestro día de compras prosigue, esta vez sin destruir nada, hasta la hora de comer. Decidimos hacerlo en un restaurante popular cercano. En la puerta de entrada se anuncia una próxima "subasta de novillos limusines". En el bar, sendos escudos del Barça y del Madrid revelan la ecuanimidad de los propietarios. Ya en el restaurante, los gritos de "¡carrilleras!" de las camareras al grupo de jubilados que está almorzando locuazmente en la terraza cubierta reciben respuestas entusiastas: "¡Aquí, aquí!", aúllan unos y otros. La aceleración con que las mozas sirven los platos perdura hasta nuestros cafés: el cortado que ha pedido Ángeles aterriza delante de ella con mucha salpicadura en el platito y alrededor del platito. Concluido el ágape, y como las tiendas no reabren hasta las cinco de la tarde, decidimos hacer tiempo paseando por la ciudad. Volvemos al centro por la EX-109, que en el casco urbano toma el nombre de avenida Pureza Canelo la hija más conocida, probablemente, de Moraleja, poeta y premio Adonáis. En esa misma avenida se encontraba la casa familiar de Pureza, una hermosa construcción decimonónica, con un zócalo de azulejos en la fachada, barbada de hiedra, y una entrada neorrenacentista, en la que la poeta se retiraba todos los veranos a escribir, pero que fue derruida, inverosímilmente, hace algunos años. Asombra que uno de los escasísimos edificios de interés con que contaba la ciudad se dejara perder. En su lugar, hoy no hay nada: una nada circuida por una tapia con un cartel de "se vende" de una agencia inmobiliaria. Desde allí nos acercamos a la plaza de España, donde se encuentran el ayuntamiento y la iglesia de Nuestra Señora de la Piedad, grande, ocre y austera. En uno de sus muros se acaba de instalar una placa con unos versículos de la primera Epístola a los Tesalonicenses (5, 15): "Mirad que ninguno dé a otro mal por mal; antes seguid lo bueno siempre los unos para con los otros, y para con todos". (El texto que figura en la inscripción no usa estas palabras, sino las de otra traducción; yo hago constar la versión de Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera, la mejor que se ha hecho nunca de la Biblia). Estoy de acuerdo con el mensaje, que, de hecho, transmite uno de mis escasos, pero firmes, principios morales: "no hacer daño". Pero sorprende que el mismo Dios que disponía plagas, arrasaba ciudades y destruía tribus en el Antiguo Testamento predique en el Nuevo el bien universal. Me alegro de que se haya reformado, pero podría haber aplicado sus propias enseñanzas un poco antes: los cananeos y los sodomitas, entre muchos otros, se lo habrían agradecido. Más allá de la plaza de España se encuentra otro de los pocos edificios singulares de Moraleja: la Casa de la Encomienda, un caserón fortificado construido del s. XIV, sede de la Orden de Alcántara y alojamiento, en una de sus visitas a la región, del rey Felipe II. Yo la recordaba, de una visita anterior, agraciada y entera, pero hoy más bien parece amenazar ruina: el techo, de teja, se ha caído en un ala, y el abandono carcome la estructura. De hecho, en una esquina se han puesto vallas para que la gente no pase y se arriesgue a que le caiga un cascote en la cabeza. Compruebo, una vez más, que la memoria es creativa: en mi recuerdo, la Casa de la Encomienda era un lugar grave, pero seductor, ennoblecido por la historia. Hoy descubro que sigue siendo grave, gravísimo, pero que ya no seduce, y que la nobleza de la historia se ha convertido en la plebeyez del presente. Justo delante de la Encomienda, el ayuntamiento ha levantado la Casa de Cultura, un edificio desairado y carísimo. Y nos preguntamos por qué no ha preferido hacerse con el viejo caserón de Alcántara, restaurarlo e instalar allí la biblioteca municipal y demás dependencias culturales. Paseamos un rato por los amenos alrededores: cruzamos el fino puente medieval; vemos el rollo picota, un pentafinio que delimitaba la jurisdicción y el territorio moralejano desde el s. XVII, y que hoy es un monumento venerable, pero en su época proyectaba una sombra ominosa sobre propios y extraños en el rollo se sometía a escarnio público a los reos y en sus cuatro ménsulas laterales se colocaban las cabezas de los ajusticiados; y recorremos los senderos del parque fluvial, feamente jalonados por bancos rojos en cuyos respaldos se han inscrito frases o versos aleccionadores: "Bienvenida sea la risa, que siembra la alegría allí por donde pisa", dice Gloria Fuertes; "no quiero que pienses como yo, quiero que pienses", sostiene Frida Kahlo. Me suenan a manual de autoayuda. De regreso ya, cruzamos la carpa que el ayuntamiento ha instalado en el centro para que el comercio local exprima hasta las heces las fiestas de Navidad y nos asomamos a la librería Neruda, que se sigue llamando librería (en el rótulo que tiene en el stand de la carpa se lee: "Neruda, libros y mucho más") aunque los libros solo ocupen ya un rincón apenas visible de sus estantes. Neruda es, en realidad, un gran bazar, en el que se pueden comprar desde maletas a objetos de decoración. El compromiso de su propietaria, la amabilísima Olivia, con la literatura y la cultura la llevó a abrirla en los 80, pero con el paso de los años ha descubierto que los compradores de libros que pueda haber en una población de menos de 7.000 habitantes como Moraleja no dan para vivir; de hecho, no dan ni para tomarse un café. Así que a Olivia no le ha quedado más remedio que ampliar el negocio para sobrevivir, y de aquella pasión primera por la literatura ya solo subsisten algunas baldas y un par de expositores con un puñado de best sellers, algunos libros de autores locales sobre temas locales y una sección de ofertas, entre las que siempre rebusco y hoy doy con Tormentas, un libro de Liborio Barrera, cuyos diarios hemos publicado hace poco en la Editora Regional de Extremadura. Me lo quedo, por 4,5 euros. Sin embargo, pese a la exigüidad de la oferta literaria de Neruda, es una de las pocas librerías extremeñas que tienen a la venta libros de la Editora. Hoy veo África, azul perfume, un poemario de Pilar Fernández, y se lo agradezco a Olivia de corazón. Todo son pecios de una pasión que la realidad ha resquebrajado, pero que aún subsisten en el piélago del desinterés general por la poesía y el arte. Nos vamos ya, no sin antes pasar por una farmacia. Me atienden lúgubremente: el SES está trasteando con el sistema informático ("¡en pleno puente!", se lamenta la farmacéutica) y los ordenadores no pueden leer las tarjetas sanitarias para dispensar los medicamente que se precisen. No obstante, lo comprueba una vez más y da saltos de alegría cuando ve que el sistema está operativo, al menos de momento. A la carrera, para no perder la conexión, me entrega y me cobra lo que necesito. Ningún boticario me ha atendido nunca tan rápido.

domingo, 3 de diciembre de 2017

Recuerdos y litigios de Villanueva de Sijena

Hace muchos años, cuando no era más que un mocoso, viajé con mi padre al monasterio de Villanueva de Sijena. El lugar estaba muy cerca del pueblo natal de mi madre, Chalamera, una aldea del Bajo Cinca famosa si es que se puede utilizar este término para calificar a una población de no más de cien habitantes en invierno por haber sido el destino ideado por algún cráneo privilegiado del franquismo para albergar una central nuclear (aprovechando la paradójica condición de lugar desértico se encuentra en las estribaciones de Los Monegros y bien surtido de agua por la confluencia de los ríos Cinca y Alcanadre; contra aquella central cantó el mítico, y entonces joven, José Antonio Labordeta, y los que éramos críos en aquellos años nos pasábamos el tiempo tarareando el "Romance de Chalamera", que nos hacía sentir importantes y subversivos) y también el pueblo en el que naciera Ramón J. Sender, uno de los mejores narradores españoles del s. XX. A mi padre un hombre de campo, a pesar de haber nacido y vivido siempre, salvo algún tiempo en la Guerra Civil, en Barcelona le gustaban aquellas tierras, tan agrestes como desafiantes, y siempre que podía se perdía por las breñas y ripas de la comarca. También le gustaba que yo lo acompañara, para así ejercer su magisterio conmigo: mi padre tenía cierta vocación pedagógica (y escénica), fruto de su sedicente condición de intelectual, aunque nunca fuese más que un vendedor, y mi madre y yo éramos, no sus únicos, pero sí sus más asiduos destinatarios. Mi madre, no obstante, había desarrollado con los años una admirable capacidad para zafarse de las lecciones conyugales: volvía los ojos a lo que estuviera haciendo, soltaba un bufido y, si con eso no había sido suficiente, se ponía a hablar de cualquier cosa con dedicación de orador, ella, que era más bien callada. Solo quedaba yo, pues, como alumno de mi pobre padre, que se esforzaba por transmitirme los conocimientos trompicadamente adquiridos en décadas de lecturas antifranquistas y desordenadas. Fuimos, como decía, al monasterio de Villanueva de Sijena. No recuerdo nada del viaje en sí, ni del hostal o pensionceja en el que nos debimos de alojar, pero sí de las muchas horas que dedicamos a contemplar el monasterio y a pasear por los alrededores. Una imagen perdura sobre todas en la memoria: la ruina del interior del cenobio. Los muros y contrafuertes exteriores, medievalmente recios, resistían todavía, incluso con donosura, pero la iglesia y las dependencias interiores eran pasto de la devastación y las palomas. Las palomas habían colonizado aquellas ruinas: llenaban los arcos, que ya no sostenían nada, las crestas de las bóvedas caídas, los restos de techo del ábside y las capillas. Estaban por todas partes, y todo lo tapizaba su guano: una membrana blanquinegra y pulverulenta, de olor ácido. Las palomas que el Evangelio ha encumbrado como mensajeras de la paz, pero que no son sino ratas aladas revoloteaban con fiereza y, cuando se tranquilizaban, se nos quedaban mirando, desde sus atalayas horizontales, como un ejército en formación. Parecía una escena de Hitchcock. Desde sus tiempos de esplendor medieval, en que acogió, en vida y una vez muertas, a hijas de nobles y reyes de la Corona catalanoaragonesa, el monasterio había atravesado trances adversos, como las sucesivas desamortizaciones del XIX y, sobre todo, el incendio y la destrucción causados, al principio de la Guerra Civil, por milicianos anarquistas que algunas fuentes dicen de la zona (en cuyo caso espero sinceramente que mi abuelo no estuviera entre ellos), pero que los lugareños insisten en identificar como "catalanes". La imagen románica de la Virgen, icono del monasterio, sirvió para encender una estufa. Sin embargo, el franquismo había hecho mucho por recuperar los templos y bienes de la Iglesia dañados por las salvajadas de la guerra y restituirlos a su situación de preeminencia o, por lo menos, de normalidad. Sijena, empero, no se había beneficiado de ello. La larga situación de dejadez culminó en el abandono del monasterio, en 1970, por parte del puñado de monjas sanjuanistas que aún vivían en él, que se trasladaron a Valldoreix, cerca de Barcelona. Pocos años después de su partida, visitamos mi padre y yo lo que quedaba del monumento. Y allí nos encontramos también a un joven de Barcelona que pintaba al óleo las portadas, columnas y capiteles supervivientes. Mi padre, que hablaba con todo el mundo, no dejó de hacerlo con él. Y así supimos que se trataba de un veinteañero inquieto, de múltiples aficiones, que no le hacía ascos a viajar solo, ni a plantar el caballete donde creyese mejor, cuando algo atraía su atención. También enseñaba rudimentos de grafología a quien quisiera aprenderlos y, algunas semanas más tarde, yo mismo acudiría a una de esas sesiones, impartida por él, en mi propio colegio. Era, sin duda, un tipo singular, del que, después de aprender que el punto de la i indica la inteligencia y el palo o rabo de la g (ya no recuerdo si se llama así; en cualquier caso, lo de rabo me parece muy apropiado), la personalidad sexual del individuo, nunca más volví a saber. Pero en la memoria quedaron aquellas conversaciones de una tarde oscense, entre zureos y excrementos de palomas y aromas de tomillo y romero excitados por un sol furioso, a la sombra de los muros ocres y derrotados, pero aún erguidos, del monasterio. El monasterio de Villanueva de Sijena vuelve hoy a ser noticiaaunque el litigio dura ya dos décadas por la reclamación de algunos bienes del cenobio que las monjas de San Juan vendieron a la Generalidad tras su traslado a Cataluña. Al parecer, los tribunales han declarado nula esa venta y, en consecuencia, ordenado que los bienes vuelvan a su lugar de origen. La historia puede ser interminable, porque las religiosas de Sijena fueron vendiendo las obras de arte que las rodeaban a lo largo del s. XX, y aun antes, como quien empeña las joyas de la abuela, para subvenir a sus crecientes necesidades, que ya no podían atender con el cepillo de la iglesia ni con los donativos de los feligreses. Suya es, pues, en última instancia, la responsabilidad de la dispersión del riquísimo patrimonio del convento. No discrepo del principio de que las obras de arte y objetos patrimoniales deban estar en el lugar en el que surgieron o fueron creados, y más si los negocios jurídicos que los han llevado a donde se encuentran ahora no son válidos, aunque debería procurarse que ese principio se aplicara por igual en todas partes y en todos los pleitos. Por eso mismo y con más razón aún, puesto que había sido consecuencia de un expolio manu militari era de ley que los documentos de las administraciones y los particulares catalanes incautados por las tropas de Franco y depositados en el Archivo Histórico de Salamanca fuesen devueltos a sus legítimos propietarios, como en efecto se hizo, tras un enconado conflicto. Pero la justicia exige que se compensen los gastos en que se haya incurrido para restaurarlos y preservarlos (y hasta salvarlos: Josep Maria Gudiol i Ricart, miembro de la unidad de recuperación del patrimonio de la Generalidad republicana, viajó a Sijena para evaluar los destrozos hechos por los anarquistas y pudo rescatar restos no del todo carbonizados de las pinturas de la sala capitular y trasladarlos luego a Barcelona, donde fueron restaurados: desde hace muchos años ya, se exhiben en una de las salas principales del Museo Nacional de Arte de Cataluña). Dictada una sentencia firme, y acordadas las reparaciones procedentes, nada debe impedir la devolución de los bienes a sus legitimos titulares.

martes, 28 de noviembre de 2017

Extraor(di)n(ario)

Los diarios, cuando son buenos, están mucho más cerca de la vida, son más vida, que cualquier obra de ficción, por brillante que esta sea. La literatura importa en la medida en que nos permite intensificar la conciencia, experimentar con mayor hondura el dolor y la maravilla de vivir: sentir más, ser más. Con Cuidados paliativos, ganador del XXIII Premio Café Bretón & Bodegas Olarra y publicado por Pepitas de Calabaza en 2017, el poeta y ensayista José Antonio Llera (Badajoz, 1971), consigue despabilar la conciencia mortecina con una sucesión de apuntes sin ubicación ni fecha, de extensión variable (desde el equivalente diarístico del monóstico, una frase: «Más Heráclito y menos Prozac», hasta apuntes de varias páginas), sostenidas por un fuerte espinazo crítico, un no menos vigoroso espíritu lírico y una prosa afilada, elegante y expresiva. La falta de datación, el mero sucederse de las entradas –solo agrupadas en una sección liminar y seis partes sin título, que quizá correspondan a seis años–, las sitúa en un espacio ambiguo, felizmente indeterminado, en el que pueden leerse como crónica e incluso como relato, pero también, a veces, como poema en prosa. Los temas en los que Llera pone el foco –aquello de lo que quiere hablar, porque el diario no obliga a contarlo todo, ni siquiera a ser sincero– son múltiples. Una parte importante está dedicada a la rememoración autobiográfica, con escenas de una infancia recordada, para su nostalgia o (regocijada) deploración. Otra se ocupa de la reflexión sobre la literatura y sobre el mundo de la literatura, que es una cosa muy distinta, con juicios siempre personales e iluminadores: «¿La poesía de Paul Celan? Un butrón en lo más difícil de la piedra, en el lóbulo que no se ve, y acupuntor». Otra, en fin, ausculta la realidad inmediata, la cotidianidad, si se quiere, de alguien que trabaja, y tiene familia, y ve la televisión, y va al cine, y le gusta el baloncesto: la panoplia de observaciones es aquí amplísima y sorpresiva. Reducen –o represan– la heterogeneidad de este caudal de anotaciones dos rasgos estilísticos. El primero es el impulso poético –el último libro de versos de José Antonio Llera es Transporte de animales vivos, publicado por Aristas Martínez en 2013–, que impregna muchas entradas de una polisemia y una potencia insólitas. Pero no se trata solo de que lo poético cincele la dicción; es que todo Cuidados paliativos aparece punteado de analogías perturbadoras, de radicalidad lingüística, de afán transgresor: «Todo lo que no puede ser, lo imposible, lo que se desnuda y se cierra, eso que nos da la mano, niña en el bosque que nos conduce al cadáver de Rilke, moscas sobre sus bigotes rubios, moscas que juegan a un arte adivinatorio desconocido. Y no pudo ser la parra de las uvas verdes, porque lo imposible se ha parado en medio de las peluquerías y los bingos, en mitad del látex y de la fortuna. Si lo posible llevara máscara o tachuelas, me vestiría de soldado eterno». Por otra parte, Llera gusta de la ironía y, en ocasiones, se da a la sátira –su interés por la comicidad se ha plasmado en sendos estudios sobre el humor en La Codorniz y en la obra de Julio Camba–. El humor recorre Cuidados paliativos, aun sus entradas más melancólicas, que son muchas, pero nunca se desborda: cierta retranca anglófila, cierto pudor sutil, impiden el exceso. Escribe, por ejemplo: «Hace unas semanas, en la cafetería de la UCM, me topé con el que fue mi profesor de Filosofía en la Universidad de Extremadura, Isidoro Reguera (…). Tenía un color saludable, como de codillo alemán. Es de agradecer que no haya terminado como Javier Sádaba». Las palabras de Llera siempre parecen las más adecuadas para decir lo que dice, y ese es un indicio inequívoco de calidad. Hay un esfuerzo –pero un esfuerzo ingrávido, natural– por proscribir toda cartilaginosidad, por que la imprecisión y la flaqueza no minen un pensamiento coagulado en palabra. Uno lee este diario y ve lo dicho. La exactitud repuja la idea hasta casi lo insoportable. Pero es una insoportabilidad hipnótica. La verdad de una existencia única, sangrante, asombrada, se nos viene encima como un alud de alfileres. Y, clavándosenos, nos vivifica.

[Reseña publicada en Quimera, nº 407, noviembre de 2017, p. 63].

viernes, 24 de noviembre de 2017

El odio (y sus delitos)

Tengo una amiga que dice que "odiar mola". A ella le ha servido, según me cuenta, para encontrar la energía suficiente como para superar una muy difícil situación personal. El odio ha sido, pues, en su caso, el combustible que ha propulsado la máquina, por aguas procelosas, hasta su puerto de arribo. Pero yo no estoy tan seguro de que odiar sea agradable o provechoso. De hecho, creo que es un sentimiento pedregoso y estragante, que te deja los adentros como un páramo, aunque recaiga en alguien (o algo) que se lo merezca. El odio es una niebla negra que recubre el mundo interior y, a veces, también el exterior: cegados a la realidad, nos hace atender solo a nuestro retorcido élan, a la realidad contrahecha de las injurias que creemos haber sufrido o a las injusticias que advertimos (o inventamos). No obstante, el odio, para bien o para mal, forma parte de nuestro patrimonio afectivo: es un sentimiento humano ineludible. Y, si está ahí, es porque algún servicio nos presta, o nos ha prestado, para llegar a donde estamos. En el caso de mi amiga, ya lo he dicho, le ha proporcionado el impulso necesario para sobrevivir al naufragio: odiando a los responsables del desastre, de su desastre, y queriendo demostrarles que no la habían derrotado, ha conseguido superarlo. Bien está. Pero también en muchos otros casos el odio obedece a una inclinación positiva. Porque, en realidad, lo que hay que deplorar no es odiar, algo irremediablemente unido en el hipotálamo al deseo y la supervivencia, sino qué se odia. Odiar a alguien por ser negro, judío, musulmán, mujer, homosexual... es abominable. Pero odiar algo inventado por los hombres, sus comportamientos e idearios, como el racismo, el antisemitismo, la islamofobia, el machismo o la homofobia, además de buenísimo, es muy necesario. Yo odio a Hitler y al nazismo, a Stalin y al estalinismo, a Mao y al maoísmo, por hablar solo de regímenes políticos, y, aunque me reconozco inflamado de aborrecimiento, no me siento culpable por ello. Odio la brutalidad que practicaron, el sufrimiento que infligieron y las muertes que causaron. Es más, creo que todas las personas decentes lo hacen, o deberían hacerlo. Pero también odio a quienes matan a mujeres, y a quienes insultan, maltratan, encarcelan o incluso ejecutan a homosexuales, y a los que abusan de niños, y a los supremacistas blancos, y a los terroristas del Estado Islámico (y a algunos otros, como Raphael o Cristiano Ronaldo, pero reconozco que a estos no puedo ponerlos a la misma altura que los anteriores: son debilidades mías). La lista es larga, y cada cual puede completarla con los movimientos, personajes o conductas que le parezcan más execrables. Cuando el odio se proyecta así, es personalmente reconstituyente y socialmente saludable. Sin embargo, hay que ser cuidadoso deslindando ambas caras del odio: la que supone una aversión moralmente injustificable, porque no tiene que ver con el hacer o el pensar de los hombres, sino con su mera existencia, y la que constituye una deseable barrera contra esa misma aversión. En la sociedad española, y en otros países occidentales, se han extendido las iniciativas contra el odio, y todo parece estar amenazado de ser una incitación al odio o un delito de odio. La generalización no me parece acertada: que el odio se erija en un criterio de enjuiciamiento de las conductas reprobables cada vez más frecuente e importante; esperemos que no acabe siendo el único introduce un elemento resbaladizamente subjetivo (o sentimental) en el debate público y la aplicación del Derecho, como lo es también la apelación a la ofensa que hacen tantos creyentes en una u otra fe, o miembros de determinados grupos de interés, o individuos con una sensibilidad exacerbada, para silenciar o represaliar a quienes los critican. La ley española establece que son delitos de odio aquellos actos de agresión u hostilidad contra una persona, motivados por un prejuicio basado en la discapacidad, la raza, origen étnico o país de procedencia, la religión o las creencias, la orientación e identidad sexual, la situación de exclusión social y cualquier otra circunstancia o condición social o personal (así lo resume el Ministerio del Interior en su página de "Servicios al ciudadano", aunque no habla de "actos de agresión u hostilidad contra una persona", sino de "incidentes que están dirigidos contra una persona": yo pensaba que los incidentes eran cosas que sucedían, sin intervención necesariamente de las personas, o altercados entre estas, pero no acciones deliberadas para denigrar a perjudicar a unos u otros). Yo preferiría que no se englobaran supuestos y destinatarios tan dispares bajo un concepto tan escurridizo como el de odio, y que se recondujeran las conductas enjuiciadas, para determinar qué reproche penal merecen, a su propio y estricto ser: si se ha insultado a un inmigrante por serlo, júzguese por injurias o atentado contra el honor; si se ha agredido a un transexual, por lesiones y daños; si se ha matado a una compañera o excompañera sentimental, por homicidio o asesinato. Determinar los prejuicios de las personas, y si estos prejuicios han motivado o no sus actos, es algo tan indefinible como arriesgado. Todos tenemos prejuicios aunque algunos luchemos denodadamente por quitárnoslos de encima y todos podemos vernos arrastrados por ellos. Los prejuicios forman parte, en cualquier caso, del bagaje intelectual pernicioso, sí, pero bagaje y de la configuración de la conciencia de las personas. Y ni el pensamiento ni los sentimientos delinquen. Además, y esto me parece fundamental, los delitos de odio, tal como están configurados al menos en la legislación española, pueden abarcar la crítica racional, por acerba que sea, de ciertas ideologías o comportamientos derivados de ellas. ¿Reprobar el papel otorgado a la mujer en las sociedades musulmanas o en los colectivos de inmigrantes de ese credo puede constituir un prejuicio basado en la religión y, por lo tanto, un delito de odio? ¿Y censurar las prédicas intolerantes de algunos imanes? ¿Y reírse sí, reírse del misterio de la Trinidad, o de la inmaculada concepción, o de la resurrección de los muertos, del cristianismo? ¿Y calificar de burro a quien comparta la creencia de que la Tierra es plana, o de que el hombre nunca ha llegado a la Luna, o de que Walt Disney está congelado para que reviva cuando la ciencia sea capaz de vencer a la muerte, o de que Elvis Presley, John F. Kennedy y Michael Jackson viven, alegres y rozagantes (y con sus amantes respectivas), en una isla del Pacífico? ¿Esas creencias también están protegidas frente al delito de odio? ¿Y el último e indeterminado inciso de este delito "cualquier otra circunstancia o condición social o personal" significa que, por ejemplo, podríamos ser acusados de cometerlo si llamamos torturador a alguien que reúna la condición personal de torturador, o si vituperamos a alguien en quien se dé la circunstancia de ser un evasor de impuestos, o de haber quebrado fraudulentamente una empresa, o contaminado por negligencia un río o la costa de una provincia entera? La lista, aquí, de nuevo, es interminable, y no siempre tranquilizadora. De las religiones, en particular, cabe recordar que casi todas y, desde luego, las tres monoteístas se asientan en libros sagrados y textos doctrinales, que, como tales, se ofrecen al escrutinio y la evaluación de las personas, y que la fe de quienes los consideren la palabra de Dios no puede imposibilitar la crítica de quienes los tengan solo por obras humanas y los enjuicien en consecuencia. El odio no es despreciable si se odia lo que merece ser odiado. Pero el ejercicio racional contra los cuerpos doctrinales y la crítica justificada a ciertos comportamientos y pautas sociales no puede ser considerado odio. El odio es un sentimiento humano que puede ser muy nocivo, pero que, investido de ciertos valores, nos precave contra el autoritarismo y la crueldad.