martes, 17 de octubre de 2017

Cosas que me han pasado en Inglaterra (I)

El gobierno catalán y, en general, la causa independentista han tenido desde siempre mucho interés en internacionalizar el procés. El apoyo de las naciones a su ansia de libertad era y sigue siendo visto como el contrapeso necesario del empuje centrípeto del Estado, y un requisito fundamental para que Cataluña no pierda los réditos que le procura su acomodada pertenencia, en el seno de España, a la comunidad internacional. El fracaso de este propósito está a la vista de todos. Y es lógico: los Estados no quieren avalar en otros países separaciones que también podrían darse en el suyo. Solo algunos políticos pintorescos o despistados (la mayoría, de parlamentos escandinavos), algunos friquis de la escena planetaria, como Julian Assange, y los inevitables movimientos de liberación nacional aún desperdigados por el mundo, han mostrado cierta solidaridad, vaga o anecdótica casi siempre, con el independentismo catalán. Este fiasco, no obstante, ha conocido alguna excepción, de la que he sido testigo estos días pasados. En un reciente viaje a Gran Bretaña, he comprobado cuánto han cambiado las cosas con respecto a los años en que vivía en Londres. Entonces, del procés allí apenas se sabía nada. Mis amigos independentistas se asombraban cuando, ante sus ávidas preguntas sobre el impacto que tenía su causa en la opinión pública británica, yo respondía tranquilamente que ninguna. Si acaso, un breve en algún periódico dando cuenta de la gran manifiestación celebrada en Barcelona el 11 de septiembre de aquel año, y ya está. Por entonces, allí de Cataluña solo importaban el Barça y las playas de Lloret; y de España, el Real Madrid y las playas de Benalmádena. Eso ha cambiado. Y hasta qué punto. Desde el tren que nos llevaba de Newcastle a Saint Andrews, en cuya universidad había de participar en una lectura de poemas, vimos un cottage, en la costa escocesa, con una larguísima antena en la que ondeaba una estelada, que se recortaba contra un sol encandecido y poniente. Y en la propia Saint Andrews, junto al hotel en el que nos alojábamos, alguien había colgado, en un balcón vecino, una bandera española. (Esa noche, al volver de la lectura y la cena posterior, nos cruzamos con un lugareño delante del balcón abanderado; el hombre, al sabernos extranjeros, señaló la bandera y nos hizo la señal del pulgar para abajo. Yo negué con la cabeza e hice la señal del pulgar para arriba. Aunque tengo mis propias ideas sobre cómo debería organizarse y funcionar mi país, y sobre el respeto que debería mostrar por todos los ciudadanos que lo componen, no voy a dejar que lo critique un caledonio iletrado). Un par de días antes, en Newcastle, Ángeles y yo habíamos salido a cenar. Fuimos a un restaurante sardo, donde, por cierto, nos asestamos una pechuga de pollo con espárragos y gorgonzola que resucitaba a un muerto. Cuando ya habíamos pagado y nos estábamos poniendo los abrigos para marcharnos (porque en Mérida andaban por los 36º, pero en el noreste inglés apenas llegábamos a los 14º), un camarero nos oyó hablar en español y no pudo resistir la tentación de saber de dónde éramos. Al decirle que yo de Barcelona y ella de Madrid, la pregunta cayó por su propio peso: qué opinábamos de la situación en Cataluña. No nos preguntó qué nos parecía Newcastle, ni si nos había gustado la comida, ni le lanzó, como se espera de todo italiano, un requiebro a Ángeles, aunque su marido estuviera delante, como era el caso; no: nos preguntó por el procés. Quizá fuese miembro de Cerdeña Nación Independencia, el partido que propugna la independencia de la isla, y que, acaso como trasunto de las honduras de su propio pensamiento político, se expresa como los indios, sin verbos ni otras sutilezas sintácticas. También en Newcastle me sucedió que entré a visitar la catedral de la ciudad y la sacerdotisa anglicana que me recibió, con el indefinible encanto de los británicos que te dan la bienvenida, al enterarse de que era catalán, me susurró: Ah, worrying times. Sí, tiempos de tribulación. Luego de la visita a la catedral, descansé mis fatigados pies de turista acatarrado en un Costa, una de esas horrendas cafeterías franquiciadas que han sustituido o más bien arrasado a los tradicionales cafés de las ciudades europeas. Allí entretuve el refrigerio leyendo el Times, que el local ofrecía a sus clientes (y cuyo nivel de sensacionalismo me sorprendió: un largo artículo informaba de que un médico había sido condenado por estrujarle los pechos a una enfermera con la que estaba manteniendo relaciones sexuales y que, al parecer, y pese a los transportes de la pasión, no deseaba que se le estrujaran los pechos; otro, que se había encontrado la mitad de la materia perdida del universo). La sección internacional se abría con una crónica, de página entera, sobre los últimos acontecimientos en Cataluña, en la que a Puigdemont se le llamaba "Mr. Puigdemont", y a Rajoy, "Mr. Rajoy". En eso el Times no había cambiado: antes de la Segunda Guerra Mundial, a Hitler se le llamaba "Mr. Hitler". En esta extensa presencia del procés en los medios de comunicación y, sobre todo, en la conciencia de la gente, destaca un hecho, o quizá sea más adecuado decir que un hecho ha conseguido que el conflicto esté presente en la prensa y la mente de los británicos: las cargas policiales del domingo del referéndum, esas cargas que los palanganeros de la derecha (y buena parte de la derecha misma) y lo más pleistocénico del españolismo dicen que no existieron, o que fueron insignificantes. Los británicos, en cambio, las vieron horrorizados por televisión y sostienen, casi sin excepción, que no estaban justificadas: quienes las sufrieron entre ellos, mucha gente mayor no estaban cometiendo ningún delito, ni practicando la violencia, ni alterando el orden público, sino solo intentando votar, aunque fuese en un referéndum ilegal. Y para los británicos el uso de la violencia contra ciudadanos que no ejercen la violencia no está justificado en ningún caso. Lo aprendieron con la descolonización de la India y la resistencia gandhiana, y, para bien de su sociedad, no lo han olvidado. El mismo sentimiento de exceso y falta de justificación ha prendido en los países de larga tradición democrática de la Unión Europea, y todos los han manifestado así. De hecho, fueron sus primeras reacciones, el mismo domingo 1 de octubre, las que indujeron al gobierno de Rajoy a ordenar a la policía, que llevaba ya algunas horas tirando a gente por las escaleras y repartiendo estopa, que bajara el pistón. En la cena que siguió a la lectura en la Universidad de Saint Andrews, una de las comensales Karen, que había leído en el auditorio la traducción al inglés de nuestros poemas expresó con radicalidad su discrepancia con la represión policial y, arrastrada por ella, sugirió que España seguía regida por un espíritu cainita y la sombra de Franco. Yo le respondí que la actuación de la policía había sido un error, pero que eso no significaba que España no fuera un país democrático. Y que deducir que ese error reflejaba su carácter autoritario respondía a un estereotipo goyesco, lorquiano y que era otro error. También le recordé que la policía inglesa, y la de todos los países democráticos, se ha empleado a fondo contra sus propios ciudadanos en no pocas ocasiones, y que probablemente eso también había sido un error. Me callé, no obstante, algo que asimismo pensaba: que la cultura democrática británica está más sólidamente asentada que la nuestra, aunque solo sea porque llevan muchos siglos viviendo en ella, en tanto que nosotros solo lo hemos hecho a rachas, y más bien escasas, en los últimos doscientos años; y que esa cultura democrática avanzada les ha permitido celebrar un referéndum, acordado y legal, que ha clarificado la voluntad de los escoceses de permanecer, o no, en el Reino Unido (como a los canadienses con el Quebec o a los estadounidenses con Puerto Rico), sin violencia de ningún tipo ni perjuicio alguno para el país. Estos días se me ha hecho evidente que el procés ha conseguido atravesar el espeso muro de indiferencia por las cosas de España que rodeaba al público inglés. No lo ha hecho como a los independentistas les habría gustado con un apoyo incondicional a su causa, pero sí lo suficiente como para que no pase inadvertida. En la medida en que eso sirva para que la opinión pública de este país y de todos se mantenga vigilante e impida los excesos de unos y otros, hay que darle la bienvenida.

viernes, 13 de octubre de 2017

Perfume de incendio: El libro de Cartago, de Juan Eduardo Cirlot

En 1944, Juan Eduardo Cirlot (Barcelona, 1916-1973) tuvo un sueño. Hasta aquí, nada anormal: todos los tenemos. Pero Juan Eduardo Cirlot, buen surrealista, creía en el poder generador de los sueños: en su capacidad para alumbrar mundos o, mejor dicho, para revelar mundos que ya existen dentro de nosotros, pero de los que no somos conscientes. El poeta escribió el sueño y lo publicó, en junio de 1945, en la revista Fantasía. Semanario de la Invención Literaria, editada por la Delegación Nacional de Prensa. Lo tituló, sin demasiada imaginación, «Suceso onírico». Empezaba y acababa con este apóstrofe: «¿Eres verdaderamente cartaginesa?», y entre ambas interpelaciones solo había dos párrafos, que daban cuenta de la resucitación, en una iglesia, de una «extraña doncella, vestida con el ropaje que la iconografía clásica suele adjudicar a la Virgen María, pero de color “marrón claro”». Un año y medio más tarde, el 26 y 27 de diciembre de 1946, Cirlot desarrolla aquel sueño seminal: en el desaparecido Café de la Rambla, de Barcelona, escribe Libro de Cartago (diario de una tristeza irrazonable). No era extraño que lo hiciera así (ni dónde: buena parte de la mejor literatura española del siglo XX está escrita entre el bullicio y la humareda de los veladores): las ideas y los temas volvían siempre a Juan Eduardo Cirlot, que los ampliaba y reelaboraba. El retorno es también retórico: sus versos se nutren de circularidades y permutaciones; sus obsesiones se proyectan en las recurrencias léxicas, en el incesante y alborotado reaparecer de las voces, como demuestran Bronwyn, Variaciones fonovisuales y el propio Libro de Cartago, entre muchas otras de sus obras. Cirlot, que no pensaba publicar el libro, le mandó el manuscrito a su amigo Carlos Edmundo de Ory, acompañado por una carta, escrita en otro café de Barcelona, el Suizo, en la que afirmaba ser solamente «un artista de los que avant-guèrre se llamaban de vanguardia (algo entre Alban Berg, Fritz Lang, Huidobro, Breton y Hans Christian Andersen)». No obstante, antes de desprenderse del original, Cirlot tuvo buen cuidado de pasarlo a limpio. Lo hizo entre el 7 y 10 de enero de 1947 (esta vez, presumiblemente, en su casa), y enriqueció la nueva versión con unos sugerentes dibujos de Julián Gallego. Pero esta segunda copia no es una mera transcripción de la primera: añade un prólogo y una despedida, el primero en endecasílabos y la segunda en alejandrinos, y altera la estructura inicial, que pasa de cuatro partes a siete. En cualquier caso, Cirlot cumplió sus planes y no lo publicó en vida: la primera versión se salvó de la quema que hizo de cuanto había escrito antes de 1958, porque obraba en poder de Ory, y la segunda permaneció incólume e inédita entre sus papeles hasta su muerte. Solo en 1998, recuperado aquel diario de tristeza irrazonable —subtítulo que desaparece en el segundo manuscrito—, la editorial Igitur dio a conocer El libro de Cartago, que únicamente recoge la segunda versión, aunque indicando las variantes que presenta con la primera, e incluye Poemas de Cartago, una nueva reflexión sobre la malhadada ciudad, publicada en Papeles de Son Armadans en 1969, y que acredita esa insistencia, característica de Cirlot, en los motivos y las formas de abordarlos.
      La editorial Vaso Roto da ahora nuevo y superior vuelo a El libro de Cartago con una edición espectacular, a cargo de la Victoria Cirlot, hija del poeta, que incluye la reproducción facsimilar, a color, de los dos manuscritos, del «Suceso onírico» y de la carta de 1947 a Carlos Edmundo de Ory; una nota a la edición de su responsable, en la que resume el camino que ha seguido el libro desde su ya remota gestación hasta esta reaparición; y las pulcras transcripciones de ambas versiones.
      El libro de Cartago es una ensoñación o fabulación onírica, arraigada en el cosmos visionario del romanticismo y, luego, del surrealismo, que funde el mito, la historia y la revelación personal. Las largas tiradas en prosa del libro, hervorosas de imágenes arrebatadas, de arcaísmos y esdrújulas, de suntuosidad sinestésica y pensamiento musical, como quería Carlyle, recuerdan las perturbadoras escenas de William Blake y Gérard de Nerval. En una nota de Juan Eduardo Cirlot sobre su propia obra, fechada en 1970, leemos que el tema de Cartago, la ciudad arrasada y sembrada de sal por Roma en el 146 a. C., «que retorna en mi poesía periódicamente (…), tiene para mí el doble simbolismo de la nada (la cartaginesa es la civilización que menos ha dejado como testimonio de su poder y larga duración) y de mi propia existencia». Y, en efecto, esa doncella a la que el protagonista lírico pregunta con obstinación «¿eres verdaderamente cartaginesa?» es el alma del poeta, y también la Nada, aleadas en un solo y atribulado símbolo: «la ciudad de la nada de tu alma», como testimonia el fragmento VI. Alrededor de esa nada giran las preocupaciones existenciales y metafísicas de Cirlot, que se materializan en algunas metáforas recurrentes: la destrucción –como la que sufrió la capital púnica, que «tuvo la desgracia de no alcanzar gran celebridad sino en el momento de su ruina», en palabras de Adolphe Dureau de la Malle en su Historia de la ciudad de Cartago, recogidas por Cirlot– y su más fecunda consecuencia, la muerte; la tristeza –«Mi voz debe sonar a tambor sombrío, a caverna desnuda, a sollozante pan de ceniza endurecida. // Oh, Baal, Cartago se parece a mi tristeza»–; y la soledad. Una luz negra y unas aguas luctuosas, símbolos del espíritu paradójico y el vigor sensorial de Juan Eduardo Cirlot, arraigados en la mejor tradición metafórica de Occidente, envuelven al poemario, que mantiene un tono entre lírico y oratorio: es una epopeya, pero también una confesión; es un himno, pero asimismo la forma que tiene un hombre de susurrar su desamparo y su desconcierto, como hace expresamente Cirlot al principio del fragmento I, al decir que se encuentra en «una habitación de alquiler en el extremo litoral de una ciudad que no conozco. La mujer distinta que siempre me acoge en sus brazos moribundos nada dice…».
      De El libro de Cartago seducen el rapto expresivo, el bullente irracionalismo y, singularmente, la conjunción de lobreguez existencial y opulenta plasticidad. El desfallecimiento, casi nihilismo, del poeta encuentra una forma vivísima de expresión, hecha de asociaciones coloristas, adjetivos tonificantes, oposiciones cauterizadoras e imágenes de una sensualidad apabullante. La pesadumbre no tiene por qué aplacar o adormecer el lenguaje. Como en los místicos, el alma adquiere cuerpo, y es un cuerpo que enceguece. Escribe Cirlot en el fragmento I: «Entonces lucho sobre ríos rosados, sobre cataratas dulcísimas. Himnos agónicos golpean mis párpados y mis oídos (…), y todo es oleaje, disidencia infinita y canto. (…) Las sombras beben un agua desgraciada en torno a las cisternas abiertas y lacias como bocas. Se oyen balidos en la atmósfera fría y los mugidos de las vacas se unen a los lamentos de las vírgenes».

[Este artículo, con el título de «Perfume de incendio», se ha publicado en el núm. 191 de Letras Libres, correspondiente a agosto de 2017, pág. 48-49]

lunes, 9 de octubre de 2017

En el LIBER y otras aventuras

Acudo estos días al LIBER de Madrid. Como todos los años, se celebra en el IFEMA, el gigantesco espacio ferial de la capital, cerca del aeropuerto de Barajas. En los pasillos del metro que me lleva hasta allí, veo vallas que nos informan de cómo usar las escaleras mecánicas. Me recuerdan a las instrucciones de Tip y Coll para llenar un vaso de agua. Ya en el vagón, otro texto me llama la atención. Es una de esas pegatinas con poemas, cuentos o fragmentos de novelas con las que se pretende acercar la literatura a las personas. En este caso, el texto un fragmento de El meu poble, de Josep Pla está en catalán, y debajo, en letra más pequeña, aparece la traducción al castellano. Pla describe con precisión y nervio, sin hinchazones metafóricas ni afanes metafísicos. El cuadro es una estampa delicada y recia a la vez, tan colorista como austera. Pla opinaba que describir es más difícil que opinar. En su obra, la descripción siempre es mejor que la opinión, trufada de retruécanos aldeanos y simplezas de liberal cachazudo. Pero me agrada que, con la que está cayendo, Pla esté en las paredes del metro, y que nadie haya arrancado todavía la pegatina. Curiosamente, una mujer, muy cerca de Pla, se parece mucho a Carme Forcadell, una de las moiras del independentismo. Ya en IFEMA, a la entrada del pabellón que alberga la Feria, veo a uno de los principales editores de poesía españoles. Es feo como él solo, y no deja de fumar. En el estand del Grupo Planeta, uno de los mayores de todos, leo un rótulo que relaciona todas las empresas editoriales y de comunicación que lo componen, y me vence la melancolía al comprobar, además de su número desmesurado, los muchos nombres de sellos antes independientes, cuyos libros he leído, con cuyos libros me he educado, que ahora le pertenecen: Espasa, Ariel, Austral, Emecé, Crítica, Ediciones 62, Seix Barral, Península, Noguer, Tusquets, Destino, Paidós, Minotauro... En el recinto charlo, entre otros, con Borja Martínez, director de la revista Leer, que ocupa uno de los espacios mínimos puestos a disposición de los expositores (prefiero utilizar esta palabra a la de feriantes, que es lo que son, en rigor, pero que me suena agropecuaria), y con Javier Fórcola, de apostura británica a la que contribuye no poco la pajarita que gasta, que me confunde con Alejandro Katz, el editor argentino, según propia confesión. Javier, en realidad, no se apellida Fórcola, sino Jiménez, pero el empeño con el que se entrega a la edición ha obrado que se le identifique con la empresa. Curioseo con especial interés en los estands de las editoriales públicas y las comunidades autónomas, y hablo con algunos de sus representantes. Castilla y León comparece bajo el rótulo de "Editores de Castilla y León", y pienso que habrá que trabajar por que Extremadura esté presente en futuras ediciones con uno propio e igual. Las comunidades más grandes e influyentes Madrid, Cataluña, el País Vasco, Andalucía, Valencia, Baleares, Aragón, Galicia, Asturias, Castilla y León han venido; las más pequeñas o periféricas están ausentes. El Estado tiene también una amplia representación y un nutridísimo conjunto de publicaciones. En el espacio de autor, alguien habla de las ventajas e inconvenientes de la autoedición, y, en el de conferencias, asisto a una sobre la lectura fácil, que está conociendo un apreciable desarrollo en Extremadura y España. Me llama la atención la abundancia de editoriales religiosas, que despliegan aparatosas colecciones de literatura sacra, alabanzas marianas, hagiografías papales y manuales judeocristianos, que a mí siempre me han parecido libros de autoayuda trascendental. Rialp, otra editorial vinculada a la Iglesia, ocupa uno de los muchos rincones de la Feria, y apenas muestra ejemplares de sus premios Adonáis, que durante muchos años, pero ya no, fueron la joya de la corona. Y Latorre Literaria, una de las distribuidoras de la Editora Regional de Extremadura, no exhibe ni un libro de la ERE en sus estantes. Mientras sigo paseando, me telefonea Pepo, el editor de Bartleby, inquieto por la situación política en Cataluña e interesado en conocer mi opinión. Se la doy. La situación política en Cataluña condiciona también mi visita al peluquero a la mañana siguiente, porque ya no tengo pelo, sino greñas, y es aconsejable recuperar la pulcritud. El peluquero que me ha tocado en suerte, solícito, me invita a leer el periódico mientras me arregla, pero yo reparo en que la prensa que ofrece el establecimiento son El Mundo, ABC y La Razón, si es que La Razón puede considerarse prensa. Llevo El País en la mochila, pero decido, con la rapidez del rayo, que es más prudente declinar la oferta del barbero y no sacar el diario de donde está. Cuando me siento, veo la pulserita con los colores de la bandera española que lleva mi trasquilador. Estas pulseras de hoy son más discretas que las de los fachas de mi juventud: ahora no ocupan toda la muñeca, sino solo parte de ella, y por abajo, en el lado menos visible del artefacto. Pero siguen resultándome inquietantes, sobre todo cuando al final de la mano que engalanan hay unas tijeras, y las tijeras bailan a pocos centímetros de la nariz y las orejas, esos apéndices tan queridos. Tengo otro motivo para pensar que la decisión que he tomado de ocultar mi adscripción ideológica ha sido acertada cuando alguien pronuncia en la radio el nombre "Puigdemont". No es extraño: los cuarenta y siete millones y medio de españoles tenemos ese nombre todo el día en los labios, aunque algunos, como el ministro del Interior, tengan notables dificultades en pronunciarlo. Pero resuena en el aire de la peluquería, y el peluquero salta entonces, como un muelle, para expresar su opinión de que todos los catalanes deberían recibir un tratamiento médico urgente, consistente en la extirpación de los testículos. Yo permanezco callado, con la mirada fija en el espejo, que me devuelve la imagen de las tijeras bailarinas y la perspectiva escalofriante de que no se dediquen a cortar pelo, y ni siquiera narices u orejas, sino los apéndices sugeridos por este estilista del fascio, aún más queridos. (Encajadas en un lateral del espejo, veo una tarjeta de un Theological Forum y una estampita de la Virgen, con un corazón sangrante y lleno de espadas y coronas de espinas en el pecho: me tranquilizan poco). Pero mi silencio, pétreo, acaba convenciéndolo de que no va a arrancarme conversación (ni ninguna otra cosa) por ese lado, y cambia a otro tema de rabiosa actualidad: la enésima matanza causada por un loco armado en los Estados Unidos. Ahí sí, ahí me apunto al vituperio: menudo tarado, y qué tarados también los estadounidenses por permitir que cualquiera tenga un arsenal en su casa, y el Trump ese, menudo gilipollas; solo cuando el barbero vuelve a expresar la necesidad de emascular a los norteamericanos qué manía tiene este hombre por capar a la gente, vuelvo a un espeso silencio, que ya no abandonaré hasta que termine la faena, muy bien hecha, por cierto: se conoce que los excesos dialécticos no le afectan al pulso; será la costumbre. A la salida de la peluquería, observo que en muchos balcones de estas calles del barrio de Salamanca, como en la muñeca de mi trasquilador, lucen banderas españolas. Justo en ese instante pasa alguien a mi lado, hablando con una mujer, y dice: "Sí, todos ondeando banderas...", al mismo tiempo que hace el gesto de ondearlas. El país está lleno de banderas. Las conversaciones están llenas de banderas. Las manifestaciones están llenas de banderas. Los periódicos están llenos de banderas. Los pueblos y ciudades están llenos de banderas. Las banderas nos sobrevuelan, nos asedian, nos infectan. También las veo en Lavapiés, donde esta tarde presentamos el poemario Tarde azul y jackpot, del poeta tarraconense Juan Carlos Elijas, que acaba de publicar la Editora. Están en los balcones y fachadas, como en el barrio de Salamanca, pero debajo, en las calles, no hay tiendas de lujo, ni marisquerías caras, ni sedes de partidos políticos, sino vecinos de Bangladesh, restaurantes  senegaleses, peluquerías afroamericanas y carnicerías halal (en una de las cuales un musulmán reza, arrodillado en una alfombra). Otra cosa que hay aquí y no en el barrio de Salamanca son pasquines animalistas. Uno dice: "La industria del huevo esconde explotación, sufrimiento y muerte"; otro, "la carne es el cuerpo muerto de alguien que quería vivir". En la calle Tribulete oigo decir a un adolescente que pasa, acompañado por dos chicas, a las que seguramente quiere impresionar: "Lavapiés... Joder, es un nombre como de lavar pies", lo que refuerza mi confianza en la capacidad de nuestra juventud para sacar al país adelante. Llego por fin al local de la presentación, la sala Nunca Nadie Nada No, que es el estudio del artista visual Ramón Mateos, abierto a la realización de actividades culturales, siempre relacionadas con la creación contemporánea. Ahí, con un público abundante, intervenimos el autor, el cantautor Joel Reyes y yo: tres catalanes en Madrid, leyendo de un libro publicado en Extremadura. A los vinos que se sirven tras la presentación siguen otros en un mercado de Lavapiés, reconvertido ahora en centro de ocio: los antiguos puestos de bacalao, legumbres y casquería se han transformado en bares. El ambiente es pintoresco y, a la vez, cosmopolita, pero el espacio es exiguo: tras mucho rato de pie, nos apiñamos en unas sillas raquíticas y dos mesillas mínimas junto a la barra. Por un momento, me siento viejo: disfruto poco ya de estas incomodidades jolgoriosas; lo que necesito ahora son sillones mullidos, espacio para estirar las piernas (si no, me duelen) y poco estrépito a mi alrededor, es decir, todo lo contrario de lo que tenemos aquí. No obstante, la apretura no nos impide devorar bandeja tras bandeja de tacos, ni platicar con ansia, ni libar un agradable blanco gallego. Charlo un buen rato con un peluquero-librero de poesía de Madrid (cuyas patillas me recuerdan a las del torero Padilla, ese que perdió un ojo de una cornada y lleva desde entonces un parche a lo John Silver el largo, y que se ha exhibido en algún coso con una bandera española con aguilucho a modo de capa), que prosigue la saga de peluqueros-libreros de poesía inaugurada por el legendario salón Picornell, de Palma de Mallorca, desgraciadamente ya cerrado. A pesar de las curras tauromáquicas, la próxima vez que venga a Madrid iré a su local a cortarme el pelo, y no al del peluquero castrador. Una escena fatal cierra el día. De regreso al hotel, otra vez en el metro, dos jóvenes se enzarzan en una pelea. Uno parece estar colocado; el otro, no. Y este, valiéndose de su sobriedad, le asesta un puñetazo terrible en plena cara al alelado. Para sorpresa general, no lo derriba. Como el tren aún no ha cerrado las puertas, me cambio de vagón. Ya solo me apetece dormir.

miércoles, 4 de octubre de 2017

El 1-O y una exposición en Badajoz

Voy hoy al Museo de Bellas Artes de Badajoz a ver la exposición "De Rubens a Van Dyck. Pintura flamenca en la colección Gerstenmaier" con mi amiga Teresa. De camino a la estación de RENFE, me acerco a un quiosco para comprar El País (y también, cosas de la vanidad, el ejemplar del Hoy en el que he de salir hoy, con foto y todo, en un artículo sobre lo que piensan del conflicto en Cataluña algunos extremeños que viven allí y algunos catalanes que vivimos aquí). Un señor, que ya ha comprado el periódico del día, está de palique con la quiosquera. Veo que se lleva La Razón y el Marca, la lectura preferida de Rajoy. "Muy coherente", pienso. A continuación, oigo decir al caballero: "Con estos hay que tener mano dura..."; y repite, lúgubre: "...mano dura". No me cuesta imaginarme a quiénes se refiere con "estos": y, no sin inquietud, pienso que yo me cuento entre ellos. "Se han quedado con la educación...". Sin juzgar el uso torticero de "se han quedado", como si los siete millones y medio de catalanes fueran mangantes, vuelvo a pensar que todas las comunidades autónomas, menos Ceuta y Melilla, se han quedado con ella; también Extremadura. Sin esperar a más simplezas, recojo mis diarios y me voy: no falta mucho para que salga el tren. Veo en las calles más banderas españolas que de costumbre. De hecho, en Mérida casi nunca hay ninguna, y estos días abundan. Ayer, llegué a la plaza de España a tomarme el aperitivo, después de una reconstituyente sesión de spinning, cuando ya se disolvía la manifestación, a la que asistieron unas cien personas según cuenta la prensa de hoy, convocada, en toda España, por la Fundación para la Defensa de la Nación Española con el fin de defender la nación española. Me pregunto si los manifestantes sabían que DENAES es una organización filofascista, en la que se reúne lo más granado de la ultraderecha hispana (como los integristas católicos de Hazte Oír y asociaciones tan inquietantes como Cañas por España, Familia y Dignidad Humana o Hacemos Patria, además de otras simplemente analfabetas, como Españoles de a Pié [sic]). Pero, si lo sabían, no les importaba: todos parecían de picnic, con sus camisetas de la selección española de fútbol y sus banderas, asimismo españolas, recién compradas en los chinos; todos reían, y hablaban alto, y pedían cerveza a gritos. Qué cansado es esto de las banderas. Qué agotador el vocerío de unos y otros. Qué pesadez la afirmación de la tribu. Cuando llego a Badajoz y nos encaminamos al museo, también advierto, por todas partes en los balcones y fachadas, pero asimismo en las terrazas de los bares y dentro de los escaparates de las tiendas, muchas rojigualdas (bibarradas; la senyera también es rojigualda, aunque cuatribarrada. Y vuelvo a preguntarme si los manifestantes de ayer, o cualesquiera otros de los que han dedicado parte de la jornada dominical a vociferar delante de los ayuntamientos, saben que la bandera española proviene de la catalana: Carlos III, que buscaba una enseña más reconocible para la Marina, adoptó los colores y la disposición horizontal de la enseña catalanoaragonesa porque eran los que mejor se veían en el mar). Tras tomarnos un café en el Hotel Zurbarán (donde me alojé la primera vez que visité Badajoz, invitado por el Aula Literaria de la ciudad, hace ya cinco años), entrar en el Museo de Bellas Artes se me antoja como acogerme a sagrado: un lugar sin fronteras ni patriotismos; un lugar bendito en el que solo ondea la bandera universal del arte. La colección que se expone se divide en tres partes principales: bodegón, religión y retrato. La más nutrida, y también, seguramente, la más interesante, es la primera, la dedicada al bodegón y los elementos de la naturaleza, aunque la pieza estrella la Virgen de Cumberland, de Rubens corresponda a la segunda. Las flores, como es natural, predominan en la sección de los bodegones. En la Europa del s. XVII, eran un símbolo de riqueza y poder, porque había que tener mucho dinero para hacerse con ellas: casi todas eran de importación. Por ejemplo, los girasoles que aparecen en algunos cuadros provenían del Perú, igual que las cacatúas que asoman en otros. De hecho, los animales exóticos, otra rareza que simbolizaba el fasto papagayos, símbolos de la elocuencia; monos, representantes de los vicios y pecados (en particular, la lujuria), abundan en los óleos. Aunque también cosas y seres mucho más modestos, como caracolas, insectos desde mariquitas o libélulas, que daban viveza y realismo a las composiciones florales y hasta una coliflor, humilde y oronda, en un cuadro de Van Kessel el Viejo; y pescados y pájaros de los que nunca habíamos oído hablar, y cuyos nombres resuenan con una ligereza aleteante: alburnos, camachuelos, verdecillos. Para apreciarlos en plenitud, o para disfrutar de las gotas de agua pintadas en las hojas o los frutos con técnica exquisita, o de las transparencias de las copas de los bodegones, nos acercamos mucho a las telas, o señalamos los detalles con el dedo. Eso hace que la vigilante, que debe de rezumar tedio, se sienta en la obligación de justificar su presencia. "No se acerquen tanto, por favor", ordena. Acatamos la orden, claro, aunque siempre me ha soliviantado este celo ridículo. Desde ese momento hasta que salgamos de la sala custodiada por la quisquillosa cancerbera, sentiremos su mirada escrutadora en el cogote. Pero no nos libraremos del ahínco avizorante de los alguaciles privados: cuando recibo un vídeo de mi hijo, en el que se ven los porrazos que la policía dispensa con prodigalidad a los concentrados por el referéndum en un colegio de Barcelona, y quiero oírlo, otro escrupuloso centinela me dice que hace demasiado ruido (sí, eso es probablemente cierto: la gente tiene tendencia a gritar cuando se le pega) y que lo apague. Lo hago también. Lejos de los cuadros y lejos del móvil, continuamos nuestra visita. La pieza más destacada de esta primera parte es la que ilustra la cubierta del catálogo y el folleto de la exposición, Alegoría del verano, de Juan van der Hamen y León, un madrileño hijo de flamencos. En el cuadro, una mujer de piel blanquísima luce un pecho al descubierto y sostiene un ramo de hortalizas y tubérculos. Se conoce que la dama, casada, está esperando a su amante en el huerto, que es donde siempre han esperado las amadas a sus amantes. Y allí lo recibirá, nos hace suponer el cuadro, con la piel blanca, y el pecho descubierto, y el maíz y las alcachofas en la mano, y el calor tórrido de los cuerpos y el estío. Ya en la sección de retratos, reparamos en la fealdad de la mayoría de imágenes de la sagrada familia. En La adoración de los magos, de Artus Wolffort, por ejemplo, San José es un anciano provecto y María, una jovencísima madre; el Niño, por su parte, es horroroso. Solo Gaspar, que parece Goliat, se exhibe con prestancia marcial. Y sorprende que el apiñamiento de personajes sea tal que casi llegue a ocultar a un camello y un elefante, cuyas cabezas asoman brevemente al fondo. En el Tríptico de la Adoración de los Reyes, atribuido a Jean de Beer, las cosas empeoran: el Niño, de rostro contrahecho, asusta, y Melchor parece un narcotraficante. El fondo arquitectónico está bien resuelto, pero los personajes no crean afición, como atina a señalar Teresa. Y las deformidades prosiguen: en el anónimo Virgen de la leche, el pecho del que mana el alimento ni está donde debería estar, ni tiene la forma que debería tener; en Calvario, de Adrian Thomasz Key, los tres crucificados Jesús y los dos ladrones lucen los torsos de quien hace, como Aznar, 1.500 abdominales al día; y el Ecce Homo, de un anónimo flamenco que podría ser Michiel Coxcie, me recuerda al de Borja. La joya de la corona de la pintura religiosa es la Virgen de Cumberland, de Rubens, los engrosamientos de cuyos personajes son inmediatamente reconocibles, pero también la finura y, a la vez, la expresividad del trazo, así como el delicado tratamiento de la luz: en la piel del Niño se vuelcan, con acuosa armonía, todos los matices del rosa, el crema, el gris y el blanco. Probablemente ayudara a la exquisita composición que el modelo del Niño Jesús fuese el propio hijo del pintor. Rubens también firma sendos espléndidos grabados de Felipe IV, cuyo gesto bobalicón casi consigue borrar, y de su esposa, Isabel de Borbón, cuyos ojos saltones descuellan en un rostro que poco descollante. Anton van Dyck, en fin, firma Iconografía de hombres ilustres, otra magnífica serie de grabados, con rostros muy psicológicos, como de nuevo señala acertadamente Teresa. A la salida del museo, tomamos el aperitivo en una terraza de la plaza de la Soledad, aunque veremos frustrados nuestro deseo de comer boquerones en vinagre, que a ambos nos pirran. Cuando se los pido, el camarero pone una cara muy rara y nos informa de que los han tenido, pero que ya no, porque nadie los pedía. Teresa y yo nos alimentaríamos solo de boquerones en vinagre. Y yo me siento viejo, ajeno a una modernidad a la que han dejado de gustarle los boquerones en vinagre, por rústicos y proletarios. Ya en casa, veo con espanto las imágenes de las cargas policiales que ha habido hoy en Cataluña, y me sobrecoge la tristeza. La irresponsabilidad del gobierno de la Generalitat ha conducido hasta aquí. Pero la irresponsabilidad del gobierno español, optando por que la policía y la Guardia Civil ejerciera la violencia con ciudadanos que no estaban cometiendo ningún delito por más que el referéndum fuese ilegal, ni alterando el orden público, ni haciendo otra cosa que ocupar pacíficamente los colegios electorales, es tan denostable como la de Puigdemont y sus secuaces, o más todavía, porque quien ostenta el monopolio de la fuerza tiene, a la vez, la obligación de reservar su aplicación para casos extremos, entre los que no cuento que los ciudadanos se reúnan un domingo para votar, aunque sea en una pantomima como la de hoy. El referéndum estaba descabezado legalmente: el gobierno ya se había asegurado de que no gozase ni de medios ni de garantías, y todo el mundo, incluyendo los independentistas, lo sabía. En lugar de permitir la carnavalada y de hacer, en todo caso, que la policía controlase la votación para minimizar los desórdenes públicos, Rajoy y los suyos han preferido ordenar que apalease a la gente. Me avergüenzo de unos y otros: de quienes se escudan en las personas para llevar adelante sus planes insensatos, y de quienes se escudan en la justicia y la policía para repartir estopa y demostrar, de paso, que España solo hay una, y que su unidad es sagrada, indivisible y eterna.

sábado, 30 de septiembre de 2017

La soledad

Hace pocos días, oí en un telediario que los expertos, sean estos quienes sean, han identificado una nueva epidemia en las sociedades desarrolladas: la soledad. Y lo ilustraban con un dato: casi 43 millones de estadounidenses mayores de 45 años padecen soledad crónica, una enfermedad, al parecer, más dañina que otro de los grandes males (y de las grandes vergüenzas) de los países ricos: la obesidad. Soledad crónica debe de querer decir, claro, que están solos siempre, que están solos inapelablemente, y que, si alguien no lo remedia, estarán solos hasta que se mueran. Y morirán también solos, aunque esto morir solos nos ha de pasar a todos, por muy numerosa que sea nuestra familia o muchos amigos que tengamos. La casualidad quiso que ese mismo día oyese en otro programa de televisión uno de esos documentales sobre temas científicos que nunca se proyectan en cadenas generalistas ni en horarios de máxima audiencia, y cuyos parientes de sobremesa, sobre animales, tan buenos son para descabezar una siesta; mis preferidos son los que se ocupan de los primates: de los bonobos, o monos kamasutra, por ejemplo, que resuelven todos sus conflictos individuales y sociales copulando, y que han desarrollado un sofisticado arsenal erótico, más elaborado que el de muchos humanos: qué gran ejemplo deberían ser para todos que es empíricamente imposible definir la felicidad, pero que, si un rasgo se asocia a ella, según todos los estudios disponibles, ese rasgo es el de la conexión con la vida, es decir, la vinculación de la persona con grupos, actividades o causas: con realidades que la incorporen a comunidades más amplias y trascendentes, sin que esta trascendencia tenga que ser religiosa, aunque también pueda serlo y, de hecho, lo sea la mayoría de las veces. Se conoce que integrarse en una comunidad, o participar de un proyecto colectivo, o compartir los trabajos que realiza un conjunto de semejantes, proporciona a la gente una sensación de acogida y pertenencia que la aleja del desasimiento y el desconcierto que le imprime nuestra condición de seres escindidos, desde el nacimiento, de un todo irrecuperable. Esa necesidad de conexión (aunque algunos, muchos, invoquen en ocasiones una necesidad de desconexión, que no es sino una manera de reivindicar una conexión diferente) explica la agrupación familiar y las organizaciones comunales, desde el clan o la tribu hasta el Estado, y todas aquellas adhesiones a entidades supraindividuales, ya sean laicas, como los clubes de fútbol, o creyentes, como las iglesias, que, además, tienen la ventaja de asegurar la inmortalidad, esto es, la conexión con la vida más allá de la muerte. Y, desde luego, explica la vasta panoplia de nacionalismos, patriot(er)ismos y credos de toda laya que la humanidad ha excretado, y que son la expresión más acabada (y, a menudo, más peligrosa) de la función del grupo como antídoto de la soledad. Frente a estas incardinaciones redentoras, la soledad permanece como una realidad que ampara la dignidad de la persona, cifrada en el conocimiento, en la conciencia iluminadora de la incertidumbre, la transitoriedad y la indefensión que la constituye, pero también como una realidad que nos lamina e incluso corroe cuando va más allá de la soledad deseada y acariciadora que a veces necesitamos para reencontrarnos o purgarnos. La soledad vuelta estado ineludible, convertida en losa que nos oprime o nos ahoga; la soledad como manto o muro o espesura; la soledad como compañera tenebrosa que nos recuerda, sin misericordia, que a nadie podemos hablar, que a nadie podemos abrazar, que nadie nos ama ni a nadie podemos amar; la soledad que veda cuanto nos une con el mundo, y que resulta tan impenetrable como un chaleco de kevlar. Esa soledad es terrible. Y lo peor de su terrible condición es que es compatible con la compañía y la comunicación. De hecho, no hay peor soledad que la soledad multitudinaria: la que experimenta quien vive rodeado por una muchedumbre de soledades tan abrumadoras como la suya (la británica Olivia Laing ha escrito un magnífico tratado sobre el arte de estar solo en las megalópolis, La ciudad solitaria; y no es extraño que lo haya hecho alguien que ha vivido muchos años en Londres y Nueva York, esos paraísos de los solitarios, como yo mismo he tenido ocasión de comprobar). Por otra parte, la digitalización de la sociedad ha ampliado la información (y también la desinformación) hasta límites casi inconcebibles, pero no ha mejorado el conocimiento la comprensión de aquello de lo que se nos informa ni aumentado la fraternidad. Más bien lo contrario: ha potenciado el apartamiento y hasta la reclusión. Es pavorosa la soledad de los ancianos: ese abandono total, en el que están solos incluso de sí mismos, y que no conoce ya ni una palabra de consuelo, ni una mirada de reconocimiento, ni una caricia. No menos aterradora es la de los expulsados a los márgenes, la de los caídos en las tinieblas exteriores de la existencia: indigentes, enajenados, presos, enfermos impedidos o terminales. Pero también resulta fiera esa soledad más modesta, aunque no menos intemperante, que nos aqueja a algunos, a veces, por circunstancias indeseadas o la siempre tortuosa conducta del azar. Caminamos entonces por nuestra casa sin otro compañero que nuestro propio cuerpo y nuestro propio silencio. Nos sentimos lejos de toda cordialidad y toda salud. Los pasos de ese caminar desolado resuenan en las paredes de las habitaciones como un tambor de duelo. Lo que hacemos está seco, igual que nosotros. Nada nos eleva: nada nos mueve, salvo la fuerza que se nos traga –hacia dentro: hacia la nada como si lleváramos una piedra atada al cuello o fuésemos esa agua que desaparece, entre borborigmos, por el desagüe de la ducha. La ausencia se adensa como una cosa, y percibimos la dureza de su hueco, el peso intangible con que nos empareda. Pensamos entonces en nuestras renuncias, que nos configuran tanto o más que nuestras adhesiones: a un amor difícil o imposible, para librarnos del sufrimiento que nos causa esa dificultad o imposibilidad; a un amigo, o a muchos, sobre los que el tiempo o la divergencia han formado una costra de desapego que no hemos tenido la perseverancia o la generosidad de levantar; a la fuerza de las ilusiones, al empuje de la ingenuidad, que el cansancio y la ineptitud la ineptitud que ni siquiera la experiencia es capaz ya de disimular no dejan de persuadirnos para que enterremos de una vez por todas. La renuncia a los desafíos de la vida implica la renuncia a nosotros mismos. En esos momentos, los pasos suenan más vacíos que nunca, y los relojes, más feroces; y todos los ecos se extinguen. Uno habla en voz alta, y se sorprende de hablar con un extraño. Pero ese extraño soy yo.

lunes, 25 de septiembre de 2017

Una lectura en Madrid

Hoy leo poemas de Muerte y amapolas en Alexandra Avenue, mi más reciente poemario, publicado por Vaso Roto, en la galería de arte David Bardía, en Madrid. Lo hago con mi ya viejo amigo Javier Pérez Walias, que leerá de W, aparecido en la misma editorial. Llego, contra mi costumbre y contra mis principios: la puntualidad es una cortesía inexcusable, con algún retraso: como me dice Jordi Doce cuando por fin arribo, voy con la hora canaria. Pero exagera. Lo que más me incomoda aunque no se lo confiese a nadie es que el retraso se daba a unos calcetines. Al cambiarme para ir a la lectura, me he dado cuenta de que se me había olvidado meter calcetines en la maleta. Maldigo mi torpeza: si me hubiera olvidado los calzoncillos, nadie se percataría si fuese a la lectura, digamos, más ligero que nunca, pero los calcetines son una prenda visible y, como todavía no he alcanzado, ni creo que alcance nunca, la condición de hipster que me permita vestir sin ellos, no me ha quedado más remedio que buscar una tienda de ropa cercana en la que hacerme con un par (de calcetines, digo). Temía acabar comprando en un chino, o en algún bazar todavía más deleznable, pero he tenido la suerte de encontrar una tienda Inside al lado. A causa del retraso, apenas hay prolegómenos en la galería, y Javier, nuestro común amigo José Antonio Llera, que fungirá de presentador, y yo entramos en la sala de la galería habilitada para la lectura. Al pasar, solo me da tiempo a saludar a José Luis Gracia Mosteo y a Marta Agudo, que están entre el público. Cuando ocupo mi lugar, reparo en lo que nos envuelve: cuadros llenos de color, de Juan Pita, y esculturas llenas de sobriedad, de Borja Barrajón. Me siento entonces en un espacio placentario: un refugio de las turbulencias cotidianas (y mundiales), en el que un grupo de seres extravagantes, amantes de la poesía, se reúnen una tarde de viernes para escuchar a otros aún más raros, que la escriben, rodeados de obras de arte, cuyos colores y volúmenes se enmarcan en las paredes impolutas de la galería con una elegancia que sosiega. La elegancia siempre sosiega. Leemos sin tropiezos, con intervenciones pautadas por la batuta de José Antonio. Javier expone algunas muestras del álbum familiar que es W, y yo hago lo propio con otras del álbum del exilio que es Muerte y amapolas... Como señalará Jordi, con su buen ojo crítico habitual, en el coloquio posterior a la lectura, W intenta traer personajes y escenas al mundo, recuperarlos del pasado y de la muerte, mientras que Muerte y amapolas... refleja un movimiento de alejamiento, rechazo o incluso expulsión de lo circunstante. Mientras leo, procuro no mirar al público. Nunca lo hago: si reparo en las caras, me aturullo: la expresión de tedio o incluso de antipatía de alguno me desalienta hasta el punto de perder el hilo (e intensidad la lectura). Así que me curo en salud fijando la vista en algún punto de la pared del fondo, o en el horizonte, si la lectura es al aire libre y no hay pared, lo que tiene la ventaja adicional de darle a la expresión un matiz enigmático, aventurero, como si oteara un paisaje ilimitado. No obstante, es muy difícil, si no imposible, evitar la contemplación del público, y entre sus filas veo a alguien dormir: es R., que descabeza un sueñecito tras el circunspecto parapeto de los caballeros que lo preceden. El mismo R. que, en la charla posterior, dirá, despejado ya, que este es mi mejor libro, porque en él he dejado de poner dificultades al lector. Yo le respondo que, desde el culteranismo, ningún poeta que se tome en serio escribe para poner dificultades (ni tampoco para dar facilidades) al lector, sino para decir lo que tenga que decir según su íntimo sentir y su razón estética. Prolongamos el piscolabis con que nos obsequia la galería queso manchego y cava con una cena de raciones en una tasca vecina, en la que nos reunimos Javier, José Antonio, Jordi, Marta, Gema una amiga extremeña que ha querido asistir también a la lectura, R. y yo. Allí caen y desaparecen pronto: el manchego nos ha despertado el hambre platos de pulpo, pixín (así se llama en Asturias a unos deliciosos bocaditos de rape), boquerones fritos, carne en salsa y unas croquetas que no se las salta un pertiguista (antes habría dicho que no se las salta un gitano, pero hay que oponerse a las sevicias del lenguaje), todo regado con abundante cerveza (y un ballantine's doble, a cargo del siempre entusiasta R.). Hablamos algún rato de los diarios y de lo que puede decirse, o no, en ellos. Javier me reprocha con jovialidad (pero con esa jovialidad que camufla una reprobación verdadera) que, en una entrada de este blog, diera a conocer que Teresa, su mujer, se había hecho un esguince en un pie. (En el fragor de la batalla dialéctica, me echo, sin querer, una rodaja de chorizo en la cerveza). Por su parte, Jordi me cuenta que Marta le ha dejado traslucir alguna vez cierta decepción por que no la mencionara en la bitácora. José Antonio (autor, por cierto, de un diario excelente: Cuidados paliativos, premio Café Breton & Bodegas Olarra, que acaba de publicar Pepitas de Calabaza) revela que algunos le pedían a Andrés Trapiello, el diarista más conspicuo de este mundo y seguramente también del otro, que hablara de ellos en su diario, aunque fuese mal. Pero el entusiasmo existencial de R., al que he aludido antes, lo convierte, aquí y en todas partes, en el centro de las conversaciones, tanto si quieren sus interlocutores como si no. Y R. nos regala, a voz en grito, algunas observaciones preciosas, aunque no sobre el complejo mundo de los diarios, en el que no parece interesado: por ejemplo, que a Celan no lo lee nadie (a la objeción de que todos los que estamos en esa mesa lo leemos responde con un concienzudo lingotazo de ballantine's); que a Bergman se lo pasa por el culo; y que mi libro está bien, a pesar de esa mariconada de los haikus y poemas breves que incluyo en la sección "Estampas del destierro". También insiste en que lo he despojado del "plumaje" de otros poemarios míos, lo que, sumado a su juicio sobre mis haikus y poemas breves, me lleva a considerar la posibilidad de que me tenga por homosexual. La perspicacia crítica de R. brilla también en otros asuntos: un comentario sobre Lorca le merece un gorrazo físico, no dialéctico de Marta, sentada estoicamente a su lado (sospecho que también José Antonio, que va a publicar una espléndida reunión de trabajos sobre Poeta en Nueva York, desearía asestárselo, pero le pilla al otro lado de la mesa). En cualquier caso, no podemos dejar de admirar la sutileza de R., que no solo resplandece en el ámbito literario, sino asimismo en el personal, cuando nos informa de que ha tenido dos poluciones nocturnas, aunque sin especificar cuándo ni dónde. Poco después, levantamos la sesión: tememos que nos lo especifique.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

La humanidad de los metales

Frente a una concepción laxa, improvisada –fluyente o ramificante–, de la creación poética –esa que lleva a muchos autores a escribir poemas en diferentes momentos y situaciones de la vida, tal como se les aparecen, y a agavillarlos luego, con algo de la pesantez recolectora del vendimiador, en un objeto llamado libro–, otra forma de pensar –y de hacer– la poesía pasa por espolearla a partir de un motivo: por forzarse a elucubrar, líricamente, sobre una realidad sentida o imaginada, sobre un eje que dé sentido y organización al temblor de nuestra conciencia. Esa violencia ejercida sobre la propia sensibilidad no desvirtúa el poema: lo alienta, lo empuja, lo moldea, como en un alumbramiento. Más aún: lo ilumina con un plus de inteligencia. El impulso teleológico lo cartografía con minucia, lo muscula con una entereza sistemática, y lo arroja a la contemplación del mundo signado por un emblema o una obsesión. El de Fiebre y compasión de los metales, el sexto poemario de Mª Ángeles Pérez López (Valladolid, 1967), son esos metales inclementes del título, que representan la violencia y el dolor de la realidad, pero que, en un proceso de proyección o transubstanciación, mudan en carne, en ser; esos objetos inanimados que, dañando la vida, desembocan en la vida; esas superficies tajantes que se acoplan, hendiéndolo o acorazándolo, al cuerpo fragilísimo de los hombres y le inspiran un nuevo dinamismo, una andadura más honda o menos pesarosa. Por eso, quizá, abundan las personificaciones, que insuflan latido a lo carente de corazón: las tijeras sueñan y lloran, las raíces se remojan los tobillos, nada el sol. En los metales de esta fiebre y compasión se funden lo orgánico y lo inorgánico, lo que hiere y lo que restaña, y el resultado es una nueva percepción de lo que ocurre alrededor –y dentro– de nosotros, una comprensión distinta de la ferocidad y la apacibilidad inextricables del mundo. El bisturí, por ejemplo, nos conduce al “corte limpísimo [en el que] florece / el polen que envenenan las avispas” y “recorta el corazón / de la página blanca del poema, / la sábana que tapa el cuerpo del enfermo”. El acoplamiento de violencia y sanación –la forma que adopta la redención en la Tierra– es permanente en los poemas, metáfora de las dolientes paradojas que asaltan el desempeño moral de los hombres, como paradójicas son muchas de las imágenes –“sangrar oscuridad”– con las que se intenta reproducir ese disenso. Constante es también la trabazón de realidad y palabra, de poesía y ser: su mutua fecundación es otro símbolo de la concordia perseguida. El lenguaje se interpone, se aparea con los metales: el vínculo entre el espíritu y estos, protagonistas de su transformación o su muerte, aparece tamizado por las palabras que los dicen, por los versos que fotografían sus estocadas y sus laceraciones. Ambos ejes vuelven a confluir en “El yunque”, donde “golpea su herradura / la pata dolorida del caballo / como golpea el martillo en las palabras”; y en “Canción de acero”: “El hacha silba su canción de acero / y amputa la memoria, el silabario, / la mano en que se escriben las palabras. / Caen los dedos como vocales de aire…”. Por eso, frente al proceder inmisericorde de los metales, la poeta reclama compasión. Así lo hace, explícitamente, en la última estrofa de “Correas”, y así se desprende de muchos otros pasajes de sus poemas: una piedad que es la esencia misma de lo humano; una clemencia que supone una jaculatoria ética frente a la miseria que nos rodea.
        El dolor comparece obsesivamente en Fiebre y compasión de los metales, un dolor que es símbolo del malestar, la enfermedad y la muerte. Sabemos del insomnio, de las heridas, de las cicatrices y las llagas, del “enfisema que es vivir”, de las agujas y “los guantes quirúrgicos de látex”, de la asfixia y el óxido. El lenguaje, transportado por su propia fruición descriptiva, y adentrándose en el terreno de las jergas científicas para capturar el significante menos impreciso, más corporal, se vuelve bioquímico, y entonces leemos que “combustiona el anhídrido carbónico”, o que estalla la testosterona en el amor, o que la morfina viaja en las lágrimas, o que el orín y el amoníaco son emanaciones de la muerte, entre muchas otras especificaciones técnicas. 
        Pero los metales no solo aluden a los conflictos existenciales del individuo. Obedeciendo a la preocupación social de la autora, acreditada en sus poemarios y plaquettes anteriores, también alegorizan las quebraduras colectivas, las injusticias que rebasan lo interior de las personas, para configurarse en cilicios de todos, en cortapisas que empequeñecen a la tribu. María Ángeles Pérez López habla con naturalidad y pasión de las tijeras que han rapado a los huérfanos, de los mendigos que rebuscan un lacónico condumio entre los despojos, de la valla levantada en Melilla para proteger a los españoles de la negritud impecune y cuyas cuchillas siegan dedos y fracturan falanges, del asesinato de los ríos (“el agua envenenada de mercurio / baja también como si fuera un cuerpo, / una arteria agostada en su toxina…”) y de las piedras con la que los palestinos defienden su dignidad ante los merkava israelíes: “Hay en su corazón un alto pájaro…”.
       La reivindicación de causas justas –poética, no ideológica– se alía, en Fiebre y compasión de los metales, con una simultánea reivindicación de la cotidianidad. Los objetos pequeños y en apariencia insignificantes concurren con los motivos trascendentes para la configuración de los poemas. Se trata de otro de los rasgos singulares de la poesía de María Ángeles Pérez López, siempre atenta a esa epopeya de las pequeñas cosas en la que se plasma una mirada meticulosa y perseverante, preocupada por que la grandeza –y la emoción– surjan del detalle veraz y no de la elocuencia, tan próxima de continuo a la impostación. Y esas pequeñas cosas son desde un alfiler hasta las escaleras mecánicas de una estación de metro, en las que se distinguen “pegotones / de chicle (…) [y] emoticonos”, aunque la suya no sea una poesía exclusivamente urbana, sino también imbuida de un sentido totalizante, que incluye la imagen agrícola y el espacio natural. La plasticidad con que retrata los sucesos diarios los redime de la banalidad y la chatura. Los objetos de los poemas son siempre objetos dolorosamente visibles, próximos al altorrelieve, pero también algo más que objetos: son arquetipos de la materia, ideas a las que se ha prestado cuerpo. Esa corporalidad tan propia de la poesía de María Ángeles Pérez López –que le otorgan la espesura sensual y la reciedumbre sonora de sus opciones semánticas y su aliento rítmico– se refleja en todo el poemario, pero se adensa en pasajes señalados, como la estrofa inicial de “Ronquera”: “Descascarilla el día su ronquera. / Quien masticara estopa desgarrada, / papel de estraza en que se envuelve el día / como se envuelve en lana el animal, / conoce las palabras en penumbra, / los huesos desgajados del sonido”. A ella contribuyen también algunos recursos retóricos que fomentan el hervor y la música, como la sinestesia –“el bullicio de la luz”, “los huesos del sonido”–; la aliteración, presente, entre otros poemas, en “El yunque”: “las crines del caballo (…) / son raudo remolino encabritado. / Las palabras (…) piden ser viento / que arrase los paisajes de la usura, / (…) respingo que celebra en su osadía / la roja ceremonia de vivir”; o las enumeraciones, que se aprietan, borgiana o nerudianamente, para dar amplitud y prisa al discurso: “Hay en ella arrecifes, elefantes, / caminos y escaleras, soliloquios, / las circunvoluciones, el destino, / el álgebra, la luz de las estrellas, / el abrazo de Abel y de Caín”. La luz baña el conjunto, en una persecución porfiada de una claridad que atenúe las asperezas de lo narrado: de lo denunciado. En ese afán por lo diáfano, que acaba convirtiéndose en omnipresencia, se reconoce el ascendiente de Claudio Rodríguez, uno de los poetas tutelares de la poeta, al que dedica dos poemas de los veintisiete que componen este no muy extenso libro: la claridad toca todos los cuerpos, o camina a su estallido, o la beben las garzas blancas, y uno no puede dejar de recordar el prodigioso inicio de Don de la ebriedad, tan lleno de luz como este Fiebre y compasión de los metales: “Siempre la claridad viene del cielo; / es un don…”. Todo el poemario es, de hecho, un diálogo con otros poetas, que se refleja en los homenajes y las complicidades que lo recorren, y que la propia María Ángeles Pérez López reconoce en el epílogo, “Por el lado sin filo”. En él aparecen, entre muchos otros, el citado Claudio Rodríguez junto a San Juan de la Cruz, Alejandra Pizarnik, Agustín Fernández Mallo, Tomás Sánchez Santiago o Juan Carlos Mestre, autor, además, del prólogo del volumen: autores todos (incluido Juan de Yepes) de estirpe imaginativa o experimental, vanguardista o antifigurativa –o, al menos, contraria al figurativismo monolítico con el que se ha querido domeñar la palabra y homogeneizar, es decir, desactivar, el pensamiento.
          Importa subrayar que el empuje inquisitivo e hímnico de María Ángeles Pérez López encuentra el cauce acostumbrado del endecasílabo blanco. Y digo “acostumbrado”, porque ya lo ha empleado con frecuencia en sus entregas precedentes. La soltura y, a la vez, la enjundia con que maneja este verso clásico, fundamental en la historia de nuestra literatura, tiene escaso o ningún parangón entre los autores de su generación. Predomina el endecasílabo melódico; el sáfico, en cambio, es infrecuente. Los encabalgamientos, constantes, empujan la dicción hasta su remate, que no suele revestirse de la dureza del epifonema, sino de la suavidad de los finales abiertos, aptos para la evocación, el vagabundeo y el eco.

[Reseña publicada en Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 805-806, julio-agosto de 2017, pp. 227-230]