sábado, 21 de abril de 2018

945 km

Las dehesas verdes y amarillas de Cáceres. El cielo azul, arañado por cigüeñas y rapaces. Una furgoneta que invade el carril rápido por el que voy a adelantarla y me obliga a un frenazo brusco. El conductor de la furgoneta invasora al que por fin adelanto, que está hablando por el móvil. El apiñamiento pétreo de Trujillo. Teresa, de la que me despedí ayer. Gema, de la que también me despedí ayer. Un camión que va a salir por una salida, pero que se da cuenta de su error cuando ya ha iniciado la maniobra y vuelve de golpe al carril por el que circulo. Cuerpos de animales muertos en la calzada. Peones rellenando los boquetes del firme. El sol. El olor a gasolina en la estación de servicio. El olor cáustico de los retretes. Los muchos camiones en la carretera: cuando uno adelanta a otro, todo parece inmovilizarse. Almazaras. Fábricas y almacenes de productos del campo. La muralla azul de Gredos, encrestada de nieve. The Golden Gate Quartet, que enamoraba a mi padre. El parador de Oropesa, donde tantas veces hemos comido, enfrentado a las montañas de aristas blancas. Coches que pasan a 160 o 180 km por hora. Una patrulla de la Guardia Civil de tráfico que llega a la autovía y hace que todos reduzcamos: a su alrededor vamos en procesión, durante muchos kilómetros, sin que nadie se atreva a superar los 120 km. Un café con leche en un establecimiento atendido por una ucraniana y una dominicana: mientras me lo tomo, respondo a los correos de quienes me dicen adiós. La M-40. Mi error en la última salida y mi confusión en las calles de Madrid: he de actualizar el GPS. Los kilómetros y kilómetros en los que se mezclan los campos pelados, las instalaciones fabriles y las empresas high-tech. El concierto para piano núm. 23 en la mayor, K488, de Mozart. La ciudad dormitorio, apenas visible, de Guadalajara. El Área 103, un camarero que me pregunta cuando me da la carta "¿postre o café?" y unos canelones metafísicos. Castillos. Santa María de Huerta. Los que llegan a más velocidad que yo cuando estoy adelantando y circulan a pocos centímetros del parachoques trasero. El que adelanta por la derecha, aunque intento impedírselo acelerando todo lo que puedo: como su BMW es más potente que mi Toyota, se cuela como una exhalación entre mi morro y el vehículo de su carril. The Chordettes y el concierto para oboe en re menor, opus 9, número 2, de Albinoni. Las casas marrones de Calatayud, donde nació Marcial (el poeta latino, no el jugador del Barça). El parque eólico de La Muela, cuyos aerogeneradores me recuerdan a bestias prehistóricas. Un toro de Osborne entre los neomolinos blancos. (La Muela, uno de los ayuntamientos más corruptos del país: 29 personas fueron condenadas en 2016 a más de cien años de cárcel por delitos urbanísticos: el maná de la energía eólica ha resultado en una intoxicación masiva). El nudo viario de Zaragoza, que estrangula al Ebro, monstruoso y aceitunado. El meridiano de Greenwich y el arco con que se hace visible por sobre la autovía. Las estepas torturadas de los Monegros, invadidas de repente por la huerta —por el oasis— del Cinca y su tributario, el Alcanadre, en los que tantas veces me he bañado. Fraga, a poca distancia del pueblo de mi madre. La dependienta de un área de servicio que habla por el móvil y —ahora me doy cuenta— lo hace en catalán. El sol declinante. La espalda dolorida. Los cúmulos rocosos (y, para algunos, sagrados) de Montserrat. La espesura del tráfico. El peaje de Martorell y los túneles de Vallvidrera. Las esteladas y las pintadas independentistas aquí y allá. Sant Cugat. Ya estoy en casa.

lunes, 16 de abril de 2018

María Ángeles Pérez López y Tomás Sánchez Santiago

Quiero visitar estos días, antes de volver a Barcelona, a dos amigos muy queridos que no viven demasiado lejos de Mérida: María Ángeles Pérez López, vallisoletana residente en Salamanca, y Tomás Sánchez Santiago, zamorano en León. A ambos los conozco desde el siglo pasado, a resultas de un benemérito curso de verano (que versaba sobre el amor en la poesía española, aunque iba a titularse, de un modo mucho más sugerente, "El amor en la boca de los poetas", pero las autoridades académicas no lo creyeron adecuado) en el que me amigué con amigos suyos, que me hablaron muy pronto de su calidad como personas y como poetas (lo que no es tan frecuente como pueda parecer: mucha gente no habla bien de sus amigos, o ni siquiera habla de ellos). María Ángeles es profesora de la Universidad de Salamanca, especializada en literatura hispanoamericana contemporánea (y qué bien que se llame así: "hispanoamericana", esto es, de la América española; la más extendida "América Latina" es un disparate de un sociólogo francés del s. XIX, Michel Chevalier, para justificar el establecimiento de un imperio galo en suelo americano; pero su ocurrencia ha tenido éxito, al igual que la de bautizar al continente con el nombre de Americo Vespucci. Los españoles nunca nos hemos caracterizado por saber defender nuestras posiciones o logros frente a los demás, y ni siquiera ante nosotros mismos), y una poeta excelente, una de las mejores de la actualidad. Su último libro ha sido Fiebre y compasión de los metales, aparecido en Vaso Roto en 2016, con prólogo de Juan Carlos Mestre, al que han seguido dos antologías bilingües: Álgebra de los días, en Italia, y Jardin(e)s excedidos, en Portugal, de la última de las cuales me regala un ejemplar. Hablamos en la comida con la que me recibe de su reciente dimisión como directora del departamento de lengua y literatura españolas de su universidad, cuando le faltaban apenas dos meses para completar el periodo de cuatro años en que le correspondía ejercerlo. Toda dimisión supone un trago amargo —lo sé por experiencia propia—, pero María Ángeles está muy tranquila tanto con la decisión tomada como con su situación actual: liberada de responsabilidades administrativas y de gestión siempre onerosas, sus ocupaciones vuelven a ser ahora solo docentes, investigadoras y creativas. Por la tarde, ella y Miguel, su marido, me llevan a conocer el Domus Artium 2002, el centro de arte contemporáneo que se inauguró cuando Salamanca fue capital cultural europea, y que ahora luce, con renacido esplendor, en medio de un barrio industrial. Una fábrica de sulfatos emite, a poca distancia, una gran columna de humo blanco, en cuya composición y efectos preferimos no pensar. El museo es una antigua cárcel reconvertida, cuya transformación ha preservado algunos rasgos de su anterior condición, para que no se pierda la memoria colectiva ni la evidencia de la evolución de la ciudad. En la mayor sala del centro se conserva todavía una galería de celdas, con sus puertas metálicas y sus enormes cerrojos, a la que se accede cruzando una gran reja original. Y una pieza del museo es una puerta giratoria cuyas divisiones son varias de esas mismas puertas metálicas de las mazmorras. La metáfora es clara: haciéndola girar solo se atraviesa un espacio de oscuridad y no se llega a ninguna parte. Vemos sendas exposiciones de Félix Curto y Virginia Rivas. En la de esta, Soundscape, tanto María Ángeles como yo, propensos incurablemente a lo literario, reparamos con curiosidad en una pieza titulada "Sinestesia", de 2017, que consiste en un tubo de neón que dibuja la palabra sinestesia: sencillo, contundente y cosquilleante. Tras el agradable paseo por el lugar (en el que no vemos a nadie más que a nosotros y a las vigilantes de las salas, que deambulan como si fueran presas de este lugar apabullante), María Ángeles y yo tomamos un té en el café Novelty, en la plaza Mayor. Allí sigue, y allí estará hasta los restos, la estatua sedente, de tamaño natural, de Gonzalo Torrente Ballester. Ante su presencia imponente, hablamos del poema en prosa, en el que está trabajando en sus proyectos más recientes, y de la necesidad de salir de los espacios conocidos —de los ritmos, músicas y mecanismos que nos sostienen, pero que también nos coartan— y de aprender a escribir con cada libro, y de la dificultad de hallar títulos convincentes —que, tanto en su caso como el mío, o llegan como una revelación, o debemos picar piedra durante meses para alumbrarlos—. María Ángeles transmite un calor especial, una delicadeza acariciante en las formas y el pensamiento, un saber estar de mujer enérgica e ilustrada, pero que no ha dejado de cultivar la sutileza y la sonrisa. 

Mi anfitrión en León es Tomás Sánchez Santiago, con quien tanto quiero. Tomás se ha jubilado hace poco como profesor de lengua y literatura españolas en un instituto de enseñanza secundaria. Su vida sin otras obligaciones que las que le dictan el gusto y el amor por la palabra (gracias al cual acaba de ver la luz su segunda novela, Años de mejor cuantía, en Eolas, tras la espléndida Calle Feria, premio Ciudad de Salamanca en 2007) le permite acompañarme en mis vagabundeos por la ciudad, o más bien dirigirlos. Los primeros vinos, de los muchos que seguirán, los tomamos en un bar de su barrio y predilección, "El Olvido": la gente se olvida en ese lugar —una grata pecera de mesitas de marmol y pinchos de tortilla sobrenaturales— del tráfago y los agobios cotidianos. Nuestros siguientes destinos serán menos afortunados, aunque nunca menos conversados. Todas las librerías de viejo a las que le he pedido que me lleve están cerradas, aunque los tablones con los horarios comerciales no digan que no abren los sábados. Tampoco está abierta la Fundación Vela Zanetti, situada en un rincón aristocrático de una ciudad aristocrática. Y a la catedral hemos de volver el domingo, porque el sábado solo está abierta por la tarde, y tenemos otros planes. Cuando por fin puedo volver a verla —tras pagar los seis eurazos de entrada, claustro aparte (otros dos)—, experimento el sentimiento de asombro que siempre me gana cuando paseo por sus naves altísimas y diáfanas. Las vidrieras, hechas, según me cuenta Tomás, por artesanos ingleses, derraman todos los colores imaginables en la sedosa penumbra del templo. Las vidrieras, con su minucioso relato de la epopeya bíblica, eran el Internet de la época. Admiramos también los retablos de Nicolás Francés y de otros maestros del gótico, y no dejo de pensar en la habilidad de aquellos pintores para estilizar la sangrienta iconografía cristiana, que siempre he encontrado sombría y hasta repulsiva, en una apoteosis de refinamiento y benignidad. En el coro Tomás me señala una misericordia adornada con un jabalí que sopla una gaita. El rostro de un monje, preservado hasta los últimos detalles, nos sorprende, con una expresión de serenidad doliente, en un sepulcro de piedra muy desgastada; de hecho, todo se lo ha comido la erosión, salvo esa cara de facciones minuciosas y rizos que envuelven la tonsura. Recorremos el claustro, y me llaman la atención los techos, historiados, con bóvedas de crucería, filacterias, medallones y molduras. Frente al lugar de recogimiento que siempre han sido los claustros, en los que nada debía distraer la introspección devota de los frailes, este luce en lo alto un ornato insólito. Por las calles de León nos cruzamos con un hombre vestido con una capa española, con gente ataviada con trajes regionales —debe de haber alguna reunión folclórica— y con una manifestación de cazadores que reivindican la caza. Otro bar donde nos propinamos el enésimo chato y la correspondiente (y enorme) tapa está decorado con fotografías y carteles taurinos (aunque compensados por los alejandrinos finales del "Soneto del vino", de Jorge Luis Borges, inscritos en una pared: "Vino, enséñame el arte de ver mi propia historia / como si esta ya fuera ceniza en la memoria"). En el periódico de hoy, a disposición de los parroquianos en la barra del local, Tomás me señala el artículo de un individuo que defiende que se presente una querella por prevaricación, y hasta por cosas peores, contra quienes permitieron la devolución de los "papeles de Salamanca" a la Generalitat. Pienso —y así se lo digo a Tomás— en los muchos independentistas catalanes (y de otros sitios, supongo) que se regocijarían ante semejante despliegue de esencias celtíberas, y en cuánto los ratificaría en su voluntad de separarse. Algo estupendo a lo que Tomás también me acerca es el mercadillo de frutas, verduras y, en general, productos del campo que se celebra en la hermosa plaza mayor. Por entre el dédalo de puestos se pasea un sujeto predicando la palabra de Dios y repartiendo algo parecido a estampas marianas o aforismos píos. A un lado, una jipi —la única de León, me aclara Tomás—, con un gorro de piel de oso, bombachos estampados de flores y aire de aguerrida espiritualidad, parece indiferente ante la posibilidad de que alguien le compre algo de lo que ha dispuesto en el suelo, en una manta raída. Es una jipi de geriátrico: de las que no han superado el colocón psicodélico de los 70 y ahí siguen, exhibiendo una longevidad entre bohemia y bovina. A poca distancia ha pintado un cartel enigmático. Dice: "Qué ganas tengo de tener las tuyas". Tras una esforzada exégesis, Tomás y yo colegimos que "las tuyas" debe de referirse a "las ganas", aunque no cabe descartar la posibilidad de que aluda a otros atributos ansiados del desconocido destinatario, o destinataria, del dicho. En otro rincón de la plaza, una campesina con un abrigo abotonado hasta el cuello y gorro para la lluvia vende coles, berzas, repollos y otros productos de la huerta. Y justo encima de la cabeza cuelga un cartel que anuncia las bebidas del local de copas que tiene a su espalda: daiquiris, mojitos, piñacoladas. Es un oxímoron visual, que Tomás está resuelto a fotografiar. A la vuelta a casa, disfrutamos con otra imagen excepcional, una pintada. Alguien ha escrito en una pared, en negro, "qe es lo qe as bisto en mi", y otro alguien ha respondido debajo, en rojo, "UN DICCIONARIO NO". La estancia se completa con una visita a la cascada de Nocedo y las hoces del río Curueño, protagonista de El río del olvido, de Julio Llamazares. Tomás, su mujer Ana y yo nos acercamos a la tremenda cascada que cae entre rocas vivas y, fascinados por la rabia del agua, nos dejamos salpicar hasta casi empaparnos. La familia que nos ha precedido ha tenido la precaución de traer un paraguas, pero, con la violencia de la caída, les ha servido de poco: también acaban calados. Ana, que conduce, nos llevará luego por los altos de la Vegarada, jalonados de cuevas en las que se refugiaban los maquis, donde aún se acumula la nieve, con cuya blancura los rayos del último sol trenzan un tapiz añil y rosa.

martes, 10 de abril de 2018

En el Museo Arqueológico de Badajoz

El Museo Arqueológico de Badajoz es uno de los museos importantes de Extremadura que no he visitado en estos dos años de estancia, y no quiero volver a Barcelona sin hacerlo. Voy al encuentro de Guillermo Kutz, su director, con mi querida amiga Teresa Morcillo. El edificio que lo aloja, el palacio de los Condes de la Roca y Duques de Feria (que no cabe mezclar y convertir en Duques de la Roca o Condes de Feria, títulos nobiliarios que no existen), es un hermoso palacio-fortaleza del S. XVI, propio de una época en la que todo debía estar amurallado o abaluartado en esta tierra de frontera y, por lo tanto, de conquista. Al museo se accede por un patio mudéjar, muy hermoso, que Guillermo se apresura a aclararnos que no es original, sino que fue reconstruido así en los años 70 del siglo pasado, cuando se restauró el edificio. Pero sigue siendo muy hermoso. En él admiramos varios mosaicos de la villa romana de Pesquero. En uno observamos una serie de cruces gamadas, que torpemente, y de acuerdo con lo leído por ahí, identifico con símbolos solares. Guillermo me desmiente: estas identificaciones simplonas, provenientes de la historiografía decimonónica, ya no se sostienen. Está bien: a partir de ahora, ya no haré comentarios, sino solo preguntas. En el patio también hay varias esculturas romanas, algunas de las cuales conservan todavía pigmentos de su coloración original. Una representa al emperador Tiberio, al que los milicianos de la Bolsa de la Serena fusilaron con postas, por ser una encarnación del poder y por pegarse unos atracones legendarios que ellos no podían ni soñar. El Museo está organizado cronológicamente, desde el paleolítico inferior, hace 750.000 años, hasta el s. XVI d. C. En la sala de la prehistoria (aunque un profesor de historia que tuve en el colegio nos insistía en que no había nada pre-histórico, anterior a la historia, sino que todo formaba parte de ella, aun lo más remoto e incomprensible, como es claro, si lo pensamos bien; pero esto no se lo digo a Guillermo) vemos lúnulas, ídolos oculados ("aunque los ojos igual podrían ser tetas", indica Guillermo con alguna irreverencia) y collares de concha marina procedentes de Gavà, un pueblo costero cerca de Barcelona en el que he disfrutado de muchas noches de verbena y otras parrandas adolescentes. Vemos también una fotografía del tesoro del Olivar del Melcón, un conjunto de piezas áureas —tres espirales, dos tobilleras y un brazalete— pertenecientes a la Edad del Bronce, encontradas en ese lugar a finales del s. XIX, pero que los joyeros de la zona fundieron para hacer piezas algo más modernas (quizá ese oro ande ahora en algunas de las joyas de nuestras abuelas, como quizá las moléculas de muchos de los cuerpos que han existido antes de nosotros estén en el nuestro). Por fortuna, el concepto de respeto por la historia ha cambiado mucho desde entonces. Una bellísima estela diademada completa los fondos de esta sala, como prólogo de las muchas estelas que veremos en la galería superior del Museo, correspondiente a la protohistoria. Aquí abundan las de guerrero, con representaciones de carros de combate, arcos, lanzas, espadas, escudos y, a veces, liras y espejos. La lira sugiere el poder —el mismo que se ejercía con las armas— por medio del verbo, pero se desconoce la función simbólica del espejo. El bagaje de los guerreros representados coincide con el de los personajes de La Ilíada y es de su misma época. Esta unidad cultural del Mediterráneo, como subraya Guillermo, se observa también en las imágenes de danzas lineales que aparecen en las estelas. "Claro, como la sardana, que proviene del sirtaki", digo alegremente. Pero él vuelve a puntualizar: que unos elementos provengan de otros es un invento más de los historiadores nacionalistas del XIX; hay una continuidad cultural que explica rasgos comunes, pero eso no justifica linajes ni legados automáticos. Las cosas son siempre más complejas que las formas que tenemos de explicarlas. En la sección de la protohistoria encontramos también piezas de la necrópolis de incineración de Medellín, como ánforas de saco y un contenedor de vino utilizado como urna cineraria: el reciclaje tampoco lo hemos inventado nosotros. Igualmente, contemplamos un exvoto fálico, y me agrada pensar que los falos —sobre todo algunos tan rotundoscomo estos— pudieran ser ofrendas hechas a los dioses (en agradecimiento por los favores recibidos...). La colección procedente del santuario de Cancho Roano, cerca de Zalamea de la Serena, es muy interesante: hay piezas etruscas, cráteras griegas (Guillermo nos aclara que, para los antiguos, la civilización o la barbarie de los pueblos venía determinada por lo que bebían: los refinados, vino, aunque, de tan peleón como era, rebajado con agua; los menos cultos, vino sin rebajar; y los cafres, cerveza) e inscripciones tartésicas, entre las que destaca una, del s. VII a. C., un bustrófedon que constituye una de las primeras pruebas de la escritura en la península ibérica. (En el bustrófedon, que viene del griego bous, 'buey', se escribe como se ara: cuando se llega al final del campo o de la piedra, se da uno la vuelta y sigue arando en dirección contraria). A Teresa y a mí nos fascinan los nombres de las cosas: escarabeo (amuleto egipcio), aríbaro (contenedor de perfume), fusayola (contrapeso de huso para hilar), vaso tulipa o capulliforme (esto no necesita explicación). También nos encantan las figuras que descubrimos aquí y allá, de varios milenios de antigüedad, talladas con una delicadeza y una frescura admirables, que parecen hechas ayer: un caballo esquemático, modiglianesco; un ídolo muy repeinado; una cabeza de niño. Y celebramos que el Museo exponga, en una hoja a disposición del público, sus "aclaraciones al mito de la Atlántida", con las que refuta las afirmaciones hechas por algunos medios de comunicación que prefieren el espectáculo y la fantasía al rigor y la verdad, según las cuales los círculos concéntricos representados en las estelas de guerrero serían símbolos de la Atlántida, y Cancho Roano, el último refugio de los atlantes tras el hundimiento de la mítica isla. El Museo se manifiesta como la institución científica que es y denuncia la falsedad del mito de la Atlántida y de la supervivencia de los atlantes en Cancho Roano, así como que haya una conjura de la comunidad científica para hurtarles la verdad a los ciudadanos. También lamenta que "la mitomanía de algunos medios haya podido confundir e inducir a error a sus visitantes". La lucha contra la estupidez ha de ser constante y despiadada, y Guillermo demuestra con esta iniciativa la dignidad de la inteligencia y de la razón científica frente al amarillismo de los medios y los desvaríos de los conspiranoicos: Teresa y yo la aplaudimos sin ambages. En la sala dedicada a Roma, todo nos parece mucho más familiar. No puedo evitar que la atención se me vaya otra vez a los amuletos fálicos, con penes exorbitantes que se curvan agresivamente, aunque también reparamos, orientados por las indicaciones de Guillermo, en un vaso de bronce repujado del s. IV que representa a Baco con Ariadna y amorcillos, personajes todos ellos de una anacreóntica del s. II que pide que se sustituya con esta escena de placer otra que reflejaba la fabricación de armas, y nos agrada constatar que el espíritu hedónico y pacifista ha existido siempre. De lo tardorromano o visigodo, Guillermo destaca una inscripción, ya cristiana, con palabras del poeta Sedulio, del s. V d. C. Lo interesante de este poeta, que hoy no conoce nadie, es que san Isidoro de Sevilla, el gran erudito de su tiempo, lo reivindicaba como ejemplo de literatura nueva y rompedora, frente a las antiguallas de Virgilio, Horacio y Ovidio. También me llama la atención un rosetón hexagonal como los que abundan en la Sierra de Gata —y en todas partes, especifica Guillermo: es muy fácil de hacer, y sirve para simbolizar casi cualquier cosa; debo reconocer que sus científicas aclaraciones me decepcionan un poco: yo pensaba que esta figura era característica de mi pueblo y su comarca, y que tenía altos significados ocultos, como la luna o la locura, pero resulta que es un mero dibujo, sencillísimo de trazar a compás—. Los fondos del islam, teniendo en cuenta que Badajoz fue una región muy arabizada, son sorprendentemente escasos. Destacan la estela funeraria en mármol de Sapur, primer rey taifa de la ciudad, de 1022, y unos leones andalusíes, muy desgastados, que recuerdan a los de la Alhambra; de hecho, son los únicos de la península de estas características, además de los que adornan los patios y fuentes de la ciudadela nazarí de Granada. La última parte de la exposición está dedicada al mundo medieval cristiano, el más próximo a nosotros. Sabedor de mis inclinaciones literarias, Guillermo enfatiza los vínculos de las piezas aquí expuestas con la literatura, y me habla de un trovador portugués, Afonso Sanches, que murió en el asalto al castillo de Escalona, defendido por otro literato, el español don Juan Manuel, autor de los cuentos de El conde Lucanor. Los escritores se mataban entonces a flechazos, espadazos y pedradas. Hoy preferimos ventilar nuestras diferencias con ironías y denuestos (y silencios). A pesar de la virulencia de unos cuantos, algo hemos mejorado. Guillermo también me hace notar el sello pendiente de lacre con las armas del infante don Enrique, al que se refiere Jorge Manrique en sus Coplas. En cambio, el escudo en mármol de la ciudad de Badajoz, con el león rampante y la columna de Carlos, formidable, se impone por sí solo. Teresa y yo dejamos el Museo encantados con lo que hemos visto y muy agradecidos a su director. Fuera, nos espera un día luminoso y sosegado que invita al paseo, la charla y el tapeo. Y aceptamos gustosos la invitación.

viernes, 6 de abril de 2018

Las razones de una dimisión

El pasado 19 de marzo presenté mi dimisión como director de la Editora Regional de Extremadura y coordinador del Plan de Fomento de la Lectura en Extremadura, aunque no la di a conocer hasta que conté con una fecha final de cese, que fue ayer, 5 de abril, día de San Vicente. Poner fin a un proyecto antes de lo que se creía (y de lo que se quería) siempre es triste; y siempre es un fracaso, tanto propio como de aquellos con los que se ha compartido. Sin embargo, en ocasiones uno siente que no tiene más remedio que hacerlo, que ese es el único camino que le queda para ser coherente con aquello en lo que cree y estar en paz consigo mismo. Accedí al cargo —a los cargos, más bien: dos, director de la ERE y coordinador del PFLEX, fundidos en un solo puesto de trabajo— con muchas ganas y una gran ilusión: además de permitirme volver a España, a casa, tras dos años y medio de apartamiento en Londres, me ponía en las manos un sello prestigioso y admirado, y la posibilidad de hacerlo avanzar, tras algún tiempo, me parecía, de anodinia y declive. Era un reto estupendo, para el que contaba con alguna experiencia, algunos conocimientos y, sobre todo, una enorme voluntad, que no dudo en calificar de entusiasmo. Plasmé aquellas ganas en la entrada que colgué, tras serme comunicado el nombramiento, en el blog que mantenía entonces en Londres, Corónicas de Ingalaterra (http://eduardomoga.blogspot.com.es/2016/02/la-editora-regional-de-extremadura.html). Sabía que las ilusiones se encontrarían tarde o temprano con la realidad —hacía tiempo que, infelizmente, se me había acabado la inocencia—, pero esperaba que ese encuentro no se produjera demasiado pronto y, en cualquier caso, que fuera capaz de superarlo con la ayuda que me prestase la propia organización y la esperanza de mejorar. Pero, después de dos años largos de un trabajo muy intenso —no creo haber trabajado nunca tanto en mi vida—, ese encuentro infausto se ha convertido en encontronazo, y encontronazo con un muro que me siento incapaz de superar. Muchas son las razones que se han ido decantando hasta convencerme de ello. Una y fundamental es la grave contradicción que aqueja a la Editora, que se pretende que actúe como una editorial comercial, produciendo bienes que se venden en el mercado, tras involucrar a numerosas empresas privadas —profesionales de la edición, imprentas, distribuidores, librerías—, pero siendo administración pública y funcionando exclusivamente con las herramientas del Derecho público: la Ley de Contratos del Sector Público, las leyes presupuestarias del Estado y de la comunidad autónoma, la Ley de Procedimiento Administrativo y la normativa patrimonial de la Junta, entre una infinidad de reglamentos, instrucciones, decretos, disposiciones y directivas que configuran una selva inextricable y a menudo incomprensible de preceptos. Y ello, además, en una época de psicosis anticorrupción, que ha llevado a todos los responsables políticos (decentes) de España a ajustar su conducta al más feroz integrismo burocrático: así, la norma se interpretará siempre en su más estricta literalidad, o incluso retorciendo su literalidad para que resulte más literal todavía; y si la ley da un margen discrecional de actuación, el funcionario lo desestimará y exigirá requisitos que la ley no exige; y si la norma dispone que se haga algo una vez, el funcionario la hará dos veces, para que nadie pueda acusarlo de negligencia, arbitrariedad o falta de transparencia (aunque sí, quizá, de mal uso de los recursos públicos, por reiterar un procedimiento ya culminado). El papeleo se ha multiplicado hasta cotas asfixiantes: ahora es un mar de papeles, un océano de papeles, un cosmos de papeles, no vaya a ser que nos dejemos un papel y eso suponga la caída en desgracia del funcionario, de la administración en la que trabaja y del universo mundo. Y esa avalancha de celulosa supone, entre otras cosas, la dilatación y enrevesamiento de los trámites hasta el desespero: cualquier expediente tarda meses en resolverse, si no años, como ha sucedido con el de contratación de la distribución —un servicio esencial pendiente aún de adjudicarse, aunque me temo que recaerá en las mismas empresas que lo tienen ya atribuido, con resultados manifiestamente mejorables, por decirlo con suavidad o del nuevo almacén para los libros de la Editora, dado que el actual, en Badajoz, es ya insuficiente y presenta graves deficiencias estructurales, por las que se han recibido denuncias de los sindicatos: después de que la licitación quedase desierta, la administración sigue buscando, con parsimonia japonesa, un local adecuado para alojar los libros de los extremeños. En otros casos, la situación sencillamente no se resuelve: deficiencias que requieren una actuación inmediata persisten sin solución, como la página web de la Editora, que es fea, obsoleta e inútil y que no ha avanzado ni un ápice en este bienio, aunque adecuarla a los tiempos no parezca ni difícil ni caro. La orden es que los servicios informáticos de la Junta se encarguen de las modificaciones necesarias, pero, en una versión contemporánea del inmortal clásico de Lope, ni las realizan después de dos años e innumerables solicitudes— ni permiten que los servicios afectados acudan al mercado para realizarlas. La proliferación burocrática y la cerrazón defensiva a formas más llevaderas de gestión tiene otras lamentables consecuencias, la principal de las cuales es el olvido de la finalidad que se persigue. El papel se convierte en un fin en sí mismo. El procedimiento se vuelve solipsista: hay que cumplirlo para garantizar que se ha cumplido, pero no como medio o instrumento para alcanzar un resultado satisfactorio. Que sirva al propósito de servicio público a los ciudadanos para el que fue concebido es irrelevante, es más, ni siquiera entra dentro del pensamiento —o, como diría un profesor de escuela de negocios, del mental frame— del gestor. La administración se justifica a sí misma, con independencia de sus logros o sus fracasos. Además, el tiempo dedicado a rellenar papeles y cumplir trámites no se dedica a pensar, es más, impide activamente hacerlo, y en toda actividad pública, pero sobre todo en estos asuntos tan escurridizos como la cultura y el arte, pensar es fundamental: para determinar cuáles sean las mejores maneras de organizar la actividad y de adaptarse a las cambiantes circunstancias de los lectores, los medios de comunicación y el mercado del libro, y también a fin de averiguar las estrategias y los mecanismos idóneos para materializar algo tan inmaterial como el fomento de la lectura. Una editorial, como cualquier empresa que se quiere que compita en el mercado, ha de poder responder con agilidad a las condiciones de ese mercado, sin que ello tenga por qué suponer el incumplimiento de ninguna ley ni renuncia o menoscabo alguno de sus objetivos sociales. Así, para asumir el peso de la burocracia y las limitaciones presupuestarias y obrar con alguna eficacia, debería disponer de un equipo cualificado y suficiente, y que no obedeciera solamente a la lógica del funcionario, que conlleva una acrisolada resistencia al cambio y una no menos contrastada inclinación a la placidez y la inercia —cuando no, en algún caso que he padecido, a la grosería y la histeria—. Y ese equipo me temo que no existe. Llevar un negocio editorial, desde la busca, recepción y valoración de manuscritos hasta la presentación y difusión de los libros, pasando por la relación con los autores y la corrección de pruebas, entre muchas otras tareas que quien se haya dedicado a esto conocerá bien, y un proyecto de promoción de la lectura, en el que hay que atender multitud de iniciativas particulares y no menos peticiones de servicios, a la vez que se procura investigar sobre las mejores formas de alcanzar el esquivo resultado que se persigue —que la gente lea más y mejor—, requiere manos, cerebros y complicidades: hacerlo solo es encaminarse derechamente a la enfermedad o el desquiciamiento. La Editora, en estos momentos, solo cuenta con una jefa de sección y un auxiliar administrativo (compartido con otras unidades) que cumplen las tareas administrativas que les encomienda su jefe de Servicio. No hay nadie más, como sí ha habido en otras épocas: ni técnico/as, ni coordinadores, ni documentalistas, ni secretario/as. El Plan de Fomento solo dispone, asimismo, de una técnica de grado medio, contratada a una empresa de servicios, que cobra poco más del salario mínimo interprofesional, e integrada en el Servicio de Bibliotecas. Y el responsable de ambos ámbitos ha de multiplicarse, o más bien dividirse, para atenderlos a los dos: es director de la Editora media jornada y coordinador del Plan de Fomento la otra media. Con menos de cuatro horas diarias de dedicación a cada uno de ellos (aunque las que se acaban dedicando, si se suman todas las tardes y fines de semana de lectura de manuscritos, corrección de pruebas y asistencia a actos públicos e institucionales, sean muchísimas más), la Editora debe publicar muchos y buenos libros, y conseguir que se vendan, lean y reseñen, y el Plan, mejorar los índices de lectura de la comunidad, que andan a la cola de todos los índices y estadísticas desde tiempos inmemoriales. Es fundamental, en consecuencia, que el puesto que he ocupado estos dos años se desdoble y vuelva a haber, como hubo durante otros anteriores, un director de la Editora y un coordinador del Plan de Fomento. Por otra parte, el presupuesto a disposición de la Editora se ha reducido drásticamente en los últimos años y permanece congelado desde hace tres, y el del Plan de Fomento ha sido pertinazmente irrisorio: en 2018 apenas supera los 90.000 euros (más unas pequeñas partidas para atender algún gasto específico y la dotación destinada a los premios de fomento de la lectura). Con eso hay que conseguir que el 48% de los extremeños que no leen nunca, lean, y que el 60% de los extremeños que no compran nunca libros, los compren. Es imprescindible, pues, que se aumente esta dotación, de forma que se puedan abordar políticas globales, no meramente anecdóticas, que respondan a una concepción fuerte, a una creencia fuerte en la cultura. Pero no solo es necesario que haya más personal y más dinero: también se requiere autonomía de gestión, capacidad de maniobra, poder decisorio —dentro de los márgenes admisibles en la organización—, algo de lo que he disfrutado durante casi dos años, pero que, en los últimos meses, había desaparecido. Según las instrucciones recibidas, el coordinador del Plan de Fomento de la Lectura ya no coordinaba nada, sino que se limitaba a elevar las propuestas a la superioridad, que eran las que las aprobaban o rechazaban, por modestas que fuesen, aunque el que pasara después por responsable de la decisión siguiera siendo el coordinador del Plan de Fomento de la Lectura. Quizá debería haber tenido más flexibilidad para aceptar un procedimiento semejante y todas las demás limitaciones que imponía la organización en la que estaba integrado (y quizá, también, más mano izquierda para gestionar al equipo que tenía asignado, en algún caso muy necesitado de mano izquierda, y de mano derecha, y de todas las manos del mundo), pero a mi edad, incipientemente provecta, no cabe confundir flexibilidad con resignación, ni resulta fácil desplegar una paciencia que ya va faltando, sobre todo cuando uno ha identificado con dolorosa claridad los graves problemas que habría que subsanar y no ha encontrado manera de que se subsanen. He hablado antes de una creencia fuerte en la cultura. Y a esto quiero volver, porque es lo que subyace en la situación que se sufre: una falta de creencia verdadera en la literatura, en el cine, en el teatro, en la música, una falta de fe en la capacidad regeneradora —de las personas y de las sociedades—, en el carácter revolucionario —sí,  revolucionario— del arte, por parte de los decisores públicos. Las dificultades materiales solo explican en parte la retracción de la implicación pública en la defensa de la educación y la cultura. Más bien se utilizan como coartada para justificar decisiones políticas que responden a otras prioridades y a criterios muy alejados de la defensa (y la práctica) de la palabra y la inteligencia. Hace falta abrazar con firmeza lo que representan estos pequeños milagros que son la Editora Regional de Extremadura y el Plan de Fomento de la Lectura, y con firmeza quiere decir con medios, con ideas, con coherencia, con resolución, pero, sobre todo, con convicción: porque se cree sin asomo de duda que son buenos para hacer de Extremadura una tierra más culta, más crítica, más habitable y mejor.

lunes, 2 de abril de 2018

Una visita al Romanticismo

Visitamos hoy el Museo del Romanticismo, en Madrid. Antes se llamaba Museo Romántico, pero eso era poco clarificador: románticos pueden ser muchos museos, hasta el del Jamón. En el centro de la plaza de Santa Bárbara, muy cerca ya del lugar, hay un puesto de libros de segunda mano en forma de quiosco. Me sorprende la presencia de un librovejero en un sitio tan insólito y concurrido: está rodeado de terrazas llenas de jóvenes ávidos de disfrutar del sol primaveral que se ha enseñoreado del cielo. Echo un vistazo a los anaqueles y me llevo, entre otros títulos, una biografía del Dr. Johnson, de Giorgio Manganelli (cuya lectura constituirá un alivio en comparación con la infinita de Boswell), y un libro que me hace mucha gracia, Poemas. Cáceres, 1978, que reúne poemas de autores extremeños entonces jóvenes, como Pureza Canelo, Felipe Núñez y el intrigante (porque me intriga, no porque él fuera un conspirador) Jesús Alviz, entre algunos menos o nada conocidos hoy. Ya en la casona neoclásica que alberga el Museo, celebro que nos den la bienvenida versos de "El Pirata", de Espronceda, de Don Juan Tenorio, de Zorrilla, y del soneto "¡Oh, cuál te adoro...!", de Carolina Coronado, impresos en las escaleras de acceso. El romanticismo español será cantarín y endeble comparado con otros del continente, pero contribuyó al movimiento renovador con algunas obras estimables. El Museo de Romanticismo se estructura por temas, y de una sala dedicada, por ejemplo, a la vida política de su tiempo se pasa a otra cuyos protagonistas son los actores, o los pintores, o los escritores. No es solo una pinacoteca, aunque esta sea su condición primordial, sino también un museo de artes decorativas y una reconstrucción de los ambientes de la burguesía española en los que se desarrolló la fiebre (o el sarpullido) romántico. El recorrido está jalonado, a veces inundado, de pianos, arpas (hay un piano con forma de arpa), otomanas, escritorios, relojes de pie, relojes de pared, braseros, secreteres, abanicos, mesas (incluso una de billar), mesitas, cajas de música, libros, juguetes, vajillas, esculturas (como un escalofriante "Infante muerto" en mármol, de José Piqué y Duart) y grabados. En una de las salas se conserva el mueble de aseo esto es, el retrete de Fernando VII, que, acorde con la esplendidez de su usuario, parece un trono. Y aunque está hecho de materiales nobles caoba, terciopelo, bronce, su mecanismo era el de todos los retretes de la época: un asiento con una agujero y un cubo en el que se recogía lo evacuado, que luego debía ser vaciado por un lacayo. Pese a la majestuosidad de la letrina, no dejaba de ser una letrina, y el hedor debía de ser insoportable. También hay muchas alfombras, algunas de las cuales, originales, no se pueden pisar. El problema es que, como no se pueden pisar, no podemos acercarnos a las piezas expuestas en las paredes que las circundan, ni saber, por tanto, quiénes son los personajes representados en los cuadros ni quiénes los pintaron. Aunque tampoco estoy seguro de que aproximarnos a los óleos y esculturas nos permitiera averiguarlo: las fichas informativas, metálicas, están mal diseñadas e iluminadas, y para leerlas hay que retorcer a menudo el cuello, sin que ni siquiera así sea fácil enterarse de lo que dicen. La iluminación no es solo deficiente con las cartelas, sino también con las propias piezas expuestas, que reciben haces directos perjudiciales para los pigmentos y cegadores para el público. Muchos óleos requieren, como sus fichas, que se aparte uno, o que doble la espalda, o que incline la testuz, o todo a la vez, para reconocer lo pintado, aunque a veces adoptar la perspectiva necesaria se hace imposible, porque retrocedemos o nos ladeamos hasta rozar alguna de las alfombras protegidas, en cuyo momento un vigilante brinca hacia nosotros y nos amonesta por nuestro descuido. Los vigilantes del Museo del Romanticismo ciertamente vigilan. Se levantan de la silla en la que están consultando el móvil cuando entramos en la sala a su cargo y nos siguen sin ningún empacho por que se note que nos están siguiendo, asegurándose de que no toquemos nada, ni que nos apartemos del recorrido indicado, ni, sobre todo, que pisemos las alfombras. Alguno me da la sensación de estar preocupado por que nos acerquemos demasiado a las piezas, o porque les respiremos encima. Es lógico, si se piensa bien: ser vigilante de museo ha de ser uno de los trabajos más aburridos del mundo, y quienes lo ejercen necesitan cualquier cosa, por nimia que sea, para entretenerse y justificar su presencia en la Tierra. En las salas también se despliega una exposición de pares estereoscópicos, aquellas máquinas mágicas del s. XIX a las que se asomaba uno y veía imágenes asombrosas: mujeres cosiendo, o cocinando, o desnudas. De estas últimas, por desgracia, no hay ninguna. Entre los óleos expuestos, disfrutamos especialmente de "La plaza perdida", una obra enorme de Eugenio Lucas Velázquez, en la que se representa a multitud de caballos destripados, desangrándose, en un coso taurino. Durante siglos, el tercio de varas se ejecutaba sin que los jamelgos llevaran protecciones, lo que resultaba en una carnicería sin fin, con animales arrastrando los intestinos por la arena o enredados, en el suelo, en ellos. Y al denostado general Primo de Rivera, que fue, como muchos dictadores, un modernizador de la vida pública, le cabe el mérito de haber acabado con aquella bárbara costumbre, aunque no acabara con la más bárbara aún de lidiar a los toros (ni de escabechinar a compatriotas). En general, el Museo del Romanticismo alberga muchas imágenes de la España de Merimée: majos, bandoleros, flamencos, ruinas, sin que falten los paisajes de Ronda que tanto cautivaron a los viajeros del Grand Tour y, a principios del s. XX, a Rainer Maria Rilke. Los retratos son asimismo abundantes; de hecho, el Museo constituye un magnífico fresco de tipos burgueses y populares de la primera mitad del s. XIX. Superadas las obsequiosas y numerosísimas efigies de Fernando VII, la pequeñez de cuyo cerebro (y de cuya moral) era inversamente proporcional a la grandeza de su pene (a cuya base debía enrollarse una toalla para que pudiera introducirse en su augusta esposa, o en cualquiera de sus muchas amantes, sin daño para él ni para su beneficiaria), y de su hija Isabel II, no menos partidaria del amor extramatrimonial que su padre, un cuadro nos llama poderosamente la atención: Alfonsito Cabral con puro, de Manuel Cabral y Aguado Bejarano. No cabe título más fiel: retrata a un niño Alfonsito con un habano como los que se atizan los socios de tribuna en el Camp Nou. Ignoro si es el hijo del pintor, pero lo que sí sé es que, si lo pintara hoy, sería lapidado en la plaza pública, y con especial fiereza si fuera hijo suyo. Lo que hay mucho menos en el Museo del Romanticismo es arte erótico. Yo confiaba en recalar en algún gabinete prohibido, tan propio de la época, pero apenas damos con algunos grabados sobriamente picantes, como una Venus en el tocador, la misma Venus recreándose con el Amor y la Música o una representación de El libertinaje, en la que se ve a un hombre con la camisa entreabierta y una botella en la mano, abrazado a dos mujeres que no parecen ser un dechado de virtudes, pero nada más. Es muy decepcionante. Compenso la frustración que siento con el interés que me despierta la sala de los escritores. Allí se alinean retratos de Martínez de la Rosa, Bécquer, Manuel José Quintana, Eulogio Florentino Sanz, Zorrilla (del que se reproduce una fotografía en la capilla ardiente, flanqueado por dos guardias civiles: en aquella época, los poetas eran tan importantes que se les dispensaban funerales de Estado), Bretón de los Herreros (con un solo ojo; el otro lo perdió en un duelo), Ventura de la Vega (un gran satírico, hoy casi olvidado, al que Antonio María Esquivel retrata leyendo en el Teatro del Príncipe en 1846, rodeado de mucho público) y la pareja inmortal del romanticismo español: Mariano José de Larra y Dolores Armijo, la enamorada por la que dicen que se suicidó. José Gutiérrez de la Vega los pintó a ambos hacia 1840, y uno debe reconocer que ni él era apuesto ni ella, un bellezón: Dolores tiraba a gorda (hasta tenía papada) y Mariano aparece esmirriado y sombrío. Pero el mito los ha engrandecido, o por lo menos iluminado, y ahí están, uno al lado del otro, sin mirarse, pero recordándonos que los asuntos del corazón pueden conducir a grandes encumbramientos, pero también a grandes catástrofes. De Larra conserva el Museo del Romanticismo unas páginas manuscritas, que escruto con avidez, aunque apenas alcanzo a descifrar la caligrafía del escritor. Y junto a ellas admiro un cuadro de Ángel de Saavedra, duque de Rivas, el autor del inevitable Don Álvaro o la fuerza del sino (inevitable cuando mi bachillerato; hoy sospecho que muy evitado), titulado La cita. No sabía que el duque hubiese sido pintor, además de ministro, senador, embajador, director de reales academias, presidente del Consejo de Estado, dramaturgo, poeta, historiador y todo el montón de cosas insignes que fue. Pero se conoce que manejó los pinceles desde la adolescencia, y que fruto de esa afición fue este óleo, en el que se ve a una joven apoyada en una balaustrada, sobre un manto, y desnuda hasta el nacimiento de los pechos. El cuadro transmite serenidad, pero también lascivia, y confirma la fuerza del deseo humano aún en los personajes más estatales y solemnes. En cambio, la breve serie de Leonardo Alenza, Sátiras del suicidio romántico, compuesta por Sátira del suicidio romántico y Sátira del suicidio romántico por amor, de 1839, constituyen una burla la mejor, quizá, que se haya hecho nunca en España de la estética romántica, cuya exaltación del yo y de las pasiones naturales conducen a la destrucción y la ridiculez. La visita acaba con una gran casa de muñecas por cuyas ventanas y balcones pueden observarse, en holograma, escenas de la vida cotidiana de la época, y con sabroso té en el bar del Museo, bajo otra inscripción en la pared, esta vez de un fragmento de Mesoneros Romanos en el que se burla, él también, de los poetas románticos. Aunque ¿cómo no iba a hacerlo un costumbrista como Mesonero? Los tradicionalistas no pueden no despotricar de los renovadores. Así era a mediados del s. XIX y así será siempre. Nos habría gustado visitar el jardín de la casa, pero está cerrado, no sabemos si por obras o por las gélidas temperaturas de estos días de primavera.

martes, 27 de marzo de 2018

Poesía, surimonos y Lorca

El 21 de marzo, el Plan de Fomento de la Lectura en Extremadura celebra el Día Mundial de la Poesía en la biblioteca "Bartolomé José Gallardo" de Badajoz. La celebración ha sido precedida por la difusión de un cartel con la conocida imagen de Gustavo Adolfo Bécquer convertida en rostro de mujer, sobre un fondo (chillón) de rosas rojas. El cartel ha generado cierta polémica: a algunos (y a algunas, lo que demuestra que el machismo es también cosa de mujeres) la feminización del icono les ha sabido a cáscara amarga u olido a cuerno quemado. A nosotros, en cambio, nos parece acorde con la reivindicación social de igualdad de las mujeres (igualdad de oportunidades para crear; igualdad de posibilidades de ser leídas, conocidas y reconocidas; igualdad de acceso al canon y al imaginario colectivo) y coherente con el acto que hemos diseñado, en el que hemos decidido que este año solo participen mujeres, tanto las poetas como la cantante que lo cierre. Tras la intervención inicial de Francisco Pérez Urbán, el director general de Bibliotecas, Museos y Patrimonio Cultural, yo leo dos poemas: uno anónimo, de alguien que me lo ha dejado esta mañana en la mesa del despacho, como forma de protesta por que la Editora haya rechazado publicar algún libro suyo (estos gajes son habituales: yo conservo una bonita colección de cartas y otros mensajes de protesta de los autores por los libros que les he rechazado como editor, tanto en DVD como en la Editora Regional; y también de los rechazos de las editoriales que he sufrido yo como autor); y otro, hermosísimo, de Juan Gelman: "Sobre la poesía", de su libro Hacia el sur. Luego leen los suyos Sandra Benito, que se está iniciando en el mundo del verso, pero que demuestra un potencial singular; Carmen Hernández Zurbano, que recita versos fibrosos y críticos; Emilia Oliva, de palabra sobria y delicada; y Efi Cubero, que contextualiza y razona sus poemas con la lucidez que otorga una dilatada carrera literaria y una sensibilidad tan permeable como incisiva. Norha concluye el acto con su voz prodigiosa.

El 23 de marzo, el Plan de Fomento de la Lectura en Extremadura inaugura en Montánchez la exposición itinerante "Felicitaciones japonesas. Surimonos: pintura y poesía", de Javier Alcaíns. Hace frío en Montánchez, y niebla. Cuando llegamos, apenas se ven los árboles que flanquean la carretera. Nadie diría que estamos ya en primavera, sino en pleno invierno. Pero la nieve y la bruma del paisaje real resultan coherentes con la nieve y la bruma de los paisajes pintados: en los surimonos abundan las estampas blancas del invierno nipón y del sagrado monte Fuji. Los surimonos son felicitaciones que se regalaban los japoneses con motivo del Año Nuevo, que caía hacia marzo, precisamente una feliz coincidencia con nuestra exposición, o para conmemorar cualquier otra ocasión especial. Su época de oro se sitúa entre finales del s. XVIII y principios del XIX. En los surimonos, el dibujo, de una delicadeza quebradiza, ilustra el poema, caligrafiado con primor. Alcaíns, un escritor, ilustrador, grabador y editor de excepción, que lleva años desarrollando en Extremadura un trabajo de inusual calidad entre la indiferencia general (a la que, por fortuna, ha sido ajeno el Plan de Fomento de la Lectura, para el que ha firmado ya, con esta, cuatro exposiciones itinerantes), ha seleccionado, distribuido y traducido los 80 surimonos de que se compone "Felicitaciones japonesas", y aportado la información sobre el autor y el contenido de cada uno de ellos. Hasta esta exposición, los surimonos eran completamente desconocidos en España. Puede decirse, pues, que "Felicitaciones japonesas" constituye una primicia nacional, que desvela un género artístico inédito en nuestro país. Y tiene lugar en Montánchez, un pueblo serrano de 1.800 habitantes, en la provincia de Cáceres. Así se lo digo a la alcaldesa, María José Franco, que ha tenido la amabilidad de albergarla en la Casa de Cultura, y que asiste con interés a la inauguración, junto con su concejala de Cultura y un puñado de montanchegos.

El 24 de marzo, asisto, con Javier Pérez Walias, Mario Martín Gijón y Joseba Buj, a la II Jornada Literaria de Benquerencia, dedicada este año a La casa de Bernarda Alba. El año pasado hablamos de literatura y caballos; en este lo hacemos de García Lorca. La obra se representa en una carpa instalada en la plaza Mayor. Las actrices pertenecen a la Asociación Cultural y Juvenil Víctor, del vecino Valdefuentes. De Valdefuentes es Ceciliano Franco, director gerente del Servicio Extremeño de Salud, al que veo entre el público y saludo después. Hace frío hoy también aquí, y mucho viento, que zarandea ensordecedoramente la lona que nos protege. Joseba sugiere que el año que viene, si la cosa continúa y siguen representándose obras de teatro en el pueblo, se instalen calefactores de terraza en el escenario. Las actrices que empiezan la obra desfilando, cubiertas de negro de arriba abajo, de entre el público, lo que hace que algún niño se asuste y busque refugio entre los brazos o las faldas de sus mayores; a estos mismos niños los sacarán también sus abuelos de la platea cuando Adela vaya a suicidarse se conducen con empeño y salvan una versión muy versionada del drama lorquiano, a pesar de los pitidos de la microfonía que a veces nos taladran los oídos. Sería conveniente no solo corregir las deficiencias técnicas, sino también reparar un poco más en los detalles, como que en la cena de Bernarda con sus hijas, que se supone tiene lugar en los años de la República, no puede haber una botella de agua de plástico de la marca Aquarel. Algunos personajes, como la madre de Bernarda, la abuela loca, tienen un especial éxito entre el respetable, que no deja de reírse con el lenguaje popular y las escenas propias de la vida cotidiana en los pueblos de España. Esta casa de Bernarda Alba que incluye cuñas tan inesperadas como un baile entre Adela y Pepe el Romano cobra un carácter tragicómico y hasta, en ocasiones, festivo. A su conclusión, el público aclama de pie a la compañía, que cosecha innumerables "bravos". Luego, Javier, Mario, Joseba y yo, en la misma carpa, ca(r)peando el frío como podemos, tertuliamos sobre la tragedia de Lorca y sobre su figura y obra. Yo recordaré que Lorca fue asesinado, entre otras cosas, por maricón (le dieron por ello dos tiros de gracia en el culo, de los que se jactaba luego en Granada el falangista que se los había descerrajado), y, a la pregunta de si la situación de la mujer que denuncia La casa de Bernarda Alba continúa en nuestra sociedad, matizaré que la mujer soporta hoy muchas injusticias, pero que se encuentra infinitamente mejor que en 1936 (cuando, por ejemplo, apenas hacía tres años que se le había reconocido el derecho al voto). La fiesta concluye con una cena vecinal, con quesos y embutidos de la tierra, vino de pitarra y una tortilla de patatas inenarrable. Algo de las Misiones Pedagógicas y de la compañía de teatro La Barraca ha tenido la jornada de hoy en Benquerencia. Pese a ser uno de los municipios con menos población de Extremadura el año pasado solo tenía 79 habitantes, el ayuntamiento está resuelto, con los medios a su alcance, a promover el turismo cultural. Ojalá se consolide su voluntad y cunda el ejemplo.

viernes, 23 de marzo de 2018

Pezón

Con el aforismo mantengo una relación ambivalente: me gusta, ¿a quién no?, la máxima desnuda, certera, que ilumina realidades o ideas nuevas (o aporta matices singulares a las realidades o ideas ya existentes; digo esto para los perezosos que opinan que nunquam nihil novum sub solem). Pero, como los aforismos suelen publicarse agrupados en libros, su acumulación me cansa, desdibuja su despojamiento, diluye su fuerza. Leer aforismos acaba pareciéndose a comer pistachos: es agradable pero monótono, y nunca sacia. Un buen aforismo revela tanto como un buen libro. Pero muchos aforismos, por buenos que sean, enmarañan las cosas. En estos últimos os, ha habido una floración, casi una inundación, de aforistas y aforismos. El camalote de las formas breves, fomentado por una sociedad en la que el tiempo se ha fragmentado y encarecido, se reproduce sin diques en las redes sociales y el mundo digital. Algo parecido ha pasado con el haiku, otra forma breve y en apariencia fácil. Pero sintetizar es dificilísimo, una de las tareas más arduas de la literatura, después de hacer reír y escribir diálogos verosímiles (escribir diálogos breves que sean creíbles y hagan reír es el summum del arte literario: véanse los que mantienen don Quijote y Sancho en El Quijote). A mí me admira y envidio la capacidad que tienen los aforistas de reducir sus pensamientos a su más estricta expresión o, como diría Antonio Gamoneda, a sus más transparentes huesos. La condensación extrema del aforismo se me antoja un don (que yo no tengo) o bien el resultado de un trabajo incansable, algo igualmente meritorio. Pero sospecho que el aforismo tiene más de iluminación que de reflexión, al menos de reflexión consciente. Esa agudeza, ese fogonazo como el rayo, es deseable y esquivo; y, si da en el clavo, maravilloso. Hace poco, Jonás Sánchez Pedrero, poeta, dramaturgo, ensayista y narrador, además de letrista y cantante del grupo inquietantemente llamado Duodeno Band, me ha hecho llegar su libro de aforismos Pezón, publicado por las abnegadas Ediciones del Ambroz, uno de esos sellos apenas visibles que sobreviven con esfuerzo en las tierras de Extremadura. Jonás a quien conocía como poeta: al poco de llegar yo a Mérida, tuvo la gentileza de enviarme un ejemplar de Bulto, que leí con placer es un hombre del Renacimiento nacido en Rivas-Vaciamadrid, pero trasplantado a Baños de Montemayor, donde trabaja como bibliotecario, uno de esos seres que enriquece con su vocación y su entrega, con su mero estar, la atmósfera cultural de un país, sobre todo si es un país tan necesitado de hombres del Renacimiento, y no de meros censores morales, o de vanidosos sin sustancia, como Extremadura. Algunos asuntos gráficos del libro me lo hacen inmediatamente simpático. La imagen de la cubierta es un pezón. Puede que fotografiar un pezón para ilustrar un libro que se titula Pezón no sea muy original, pero sin duda es coherente. Y atractivo: es un pezón bicolor granate en la cúspide y rosado en la areola, sembrado de conductos lácteos, magnífico, que está diciendo "chúpame". Siento un gran amor por los pezones. Los pezones despiertan mis instintos mamarios, ya de por sí fáciles de despertar. Los pezones me devuelven a la mejor época de mi vida, cuando la leche fluía en el mundo, como lo hace en el paraíso, y yo solo tenía que abrir la boca para que me regara y saciase. Ah, qué tiempos. En la solapa de la cubierta me llama también la atención otro detalle fotográfico: que Jonás aparezca retratado con un ejemplar del Diario literario de Paul Léautaud en las manos, que yo también estoy leyendo (desde hace varios meses: es un ladrillo de 920 páginas). Me sorprende la casualidad, pero no el hecho de que Jonás y yo coincidamos en intereses literarios: las afinidades estéticas sugieren afinidades personales. Los aforismos de Jonás son de una concisión extrema: ninguno se extiende más allá de una línea. El autor ha llevado a su máxima expresión el laconismo propio del género. Todos pueden leerse como una sucesión de monósticos, algunos de apenas dos o tres palabras: "Sabía ignorar", "Pararse retrocede", "Qué aburramiento", "Dicen que latía", "Odio de oídas". La paradoja, herramienta fundamental del aforista, jalona el conjunto: "Lo importante de las bombas es que sean buenas personas". La subversión de los clichés y las frases hechas, también: "En el país de los ciegos, el rey es el rey". Y el humor, a veces negro: "Cobraba 1.000 euros y un día". Dos preocupaciones constantes me parece advertir en Pezón: una de carácter social, que lleva a Jonás Sánchez Pedrero a denunciar las injusticias del sistema, como en esta recreación de "El dinosaurio", el célebre microrrelato de Augusto Monterroso: "Cuando despertó, la policía todavía estaba allí", en esta otra del no menos famoso poema de Antonio Machado: "Caminante, no hay camino, sino pelotazos de goma en el mar", o en esta última del verso de Bécquer: "Telecinco eres tú"; y la exploración en los entresijos de la sensibilidad humana: muchos aforismos indagan en el miedo, la bondad, la soledad, la agonía, el dolor y la culpa, aunque a menudo proyectados en, o vinculados con, una comunidad sometida al imperio del consumo y de los intereses de los poderes gobernantes. El miedo, en particular, suscita en Jonás agrias pero lúcidas sentencias: "Hay una ley para cada miedo", "Su miedo consume mejor", "Aquel filete sabía a miedo". Las imágenes de Jonás Sánchez Pedrero nunca son groseras, pero, en ocasiones, sí violentas: "La locura tiene ojos de cloaca". Jonás no teme lo escatológico, es más, a veces lo busca; y hace bien: lo escatológico es parte indisociable del alma humana y un acerbo detonante de la crítica. El resultado de este abrazo oscuro es pertinente: "Cagando piensa de golpe", "Cagaba queriendo", "El water sale a su amo". En contraste con este mundo mortuorio y fecal, el erotismo y el deseo aportan, ya desde el título, claridad y sonrisas: "La mujer de tu amante dijo que me querías", "El tanga no se equivoca". Lo metaliterario también comparece en Pezón, como en toda obra moderna y consciente de su modernidad: "Sumando emociones encontraba aforismos", "Escribo para rozar", "En la paradoja hay claraboya". No obstante, lo que más me gusta de Pezón dardo convertido en diana, punta que viaja, ojo sin dueño, como lo define, aforísticamente, el textículo de la contracubierta, quizá por su vibración poderosamente lírica, son esos aforismos hiperbreves y sin aparente principio ni conclusión, que se diría flotan en la página, venidos de no se sabe dónde, plenos de inconcreción y, por lo tanto, de sugerencia: "Quién niega la saliva", "Quién garantiza la ceniza", "Ni septiembre importa", "Se trabaja en Estocolmo", "La tristeza compromete". Claro que en Pezón también hay errores, aunque veniales: "No hay espejos de sombras", dice Jonás en un aforismo. No es cierto: al menos hay un Espejo de sombras, y muy recomendable, además: las memorias de Felicidad Blanc, la mujer del poeta Leopoldo Panero y madre de los tres Paneros de El desencanto (publicado por Cabaret Voltaire en 2015). Desde el valle del Ambroz, Pezón aporta depuración, lirismo, denuncia, temblor humano y un poco de vitriolo a un género tan popular como laborioso. Con él no he sentido esa fatiga de la que hablaba al principio: los aforismos de Jonás Sánchez Pedrero no se leen como piedras, ni siquiera como pistachos, sino como gotas: lacónicas holguras de pensamiento y piedad.