jueves, 25 de agosto de 2016

Milena Busquets, la responsabilidad de los escritores y el maligno mundo literario

Leí hace algunos días una breve noticia en las páginas de cultura de El País (Busquets: 'Si la gente no lee, los escritores son también responsables', 17 de agosto de 2016) sobre la escritora Milena Busquets y su reciente superventas También esto pasará, publicado el año pasado por Anagrama y que ha alcanzado un sonoro éxito nacional va por la octava edición e internacional: ya ha sido traducido a varios idiomas y otros más esperan. La noticia daba cuenta de que Busquets iba a impartir un curso sobre autoficción en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, de Santander, y, al hilo de ese hecho, tan poco relevante, en realidad, recogía algunas opiniones de la escritora sobre la novela y la lectura. Curiosamente, estos días estoy leyendo, por razones de trabajo, su libro. Confieso que, de no haber sido una obligación profesional, es muy poco probable que lo hubiera hecho. También confieso que me está gustando. Y me sorprende. Los superventas, sobre todo los superventas con dimensión internacional, suelen ser nauseabundos. Ya sé que algunas de las mejores obras de la literatura universal desde el Quijote hasta Cien años de soledad han sido, y siguen siendo, best sellers, y que algunos, a falta de mejores argumentos, suelen invocarlo para sostener que el best seller es un producto decoroso y necesario. Pero no: los superventas son meros productos de la industria del libro, como el chopped lo es de la industria de la carne, pero ni aquellos son literatura ni este, gastronomía: ambos se limitan a satisfacer las necesidades de los consumidores más rudimentarios, que son la mayoría. También es muy socorrido decir que algunos grandes títulos de la literatura mundial Trilce o el primer volumen de En busca del tiempo perdido han sido autoediciones, para justificar que la autoedición es estupenda. Esto lo dicen, sobre todo, los que se autoeditan. Pero no: a pesar de esas excepciones (y de otras que se podrían aportar), la autoedición sigue siendo el recurso de los malos editores y de los autores que han escrito un mal libro para publicarlo, aun siendo malo. Pero estoy divagando, y lo estoy haciendo ya al principio de la entrada: debo de andar hoy especialmente disperso. Lo que quería comentar son algunas opiniones de Milena Busquets y, en particular, una. Dice primero la autora barcelonesa que si las estadísticas indican que la gente lee cada vez menos, también es responsabilidad de los escritores. 'Aunque no solo sea nuestra culpa, seamos autocríticos y hagámoslo mejor', ha señalado. Es otra opinión común, muy utilizada, por no irnos demasiado lejos, por los poetas de la experiencia, que, como sus predecesores sociales, han invocado siempre la necesidad, es más, la obligación del escritor de recuperar al lector medio: de sacar a la poesía de sus catacumbas conceptuales y estilísticas, y volver a ofrecérsela, digerible y amena, a los que no tienen demasiadas ganas de romperse la cabeza, que son también la mayoría. El primer error de la novelista es decir que la gente cada vez lee menos. Es falso: la gente cada vez lee más. En España se lee en 2016 mucho más que en 1975, y no digamos que en 1950, en 1920, o cuando el moro Muza invadió la península. Otra cosa es que no se lea tanto como a los profesionales de la escritura y, en general, a la gente cultivada: a los que creemos que leer es un placer, pero también que nos hace mejores personas nos gustaría (y, en particular, que no se lean los libros que hemos escrito nosotros, para los que el número de lectores nos parecerá siempre escandalosamente bajo). Pero la generalización de la lectura, gracias a la alfabetización y la universalización de la educación, es un hecho indiscutible. Daré las estadísticas al revés de como suele hacerse: según datos del CIS de 2015, el 65 % de los españoles lee libros, y casi la mitad de ese porcentaje lo hace todos o casi todos los días. Pero la afirmación de Busquets contiene otra falacia, que me parece mucho más peligrosa que la mera inexactitud estadística: la de que los lectores dejan de leer porque los escritores lo hacemos mal. ¿Y en qué consiste que un escritor lo haga mal? Para ella, seguramente, que no ofrezca al público la literatura que espera: que lo entretenga, que lo divierta, que lo atrape; una literatura que impida que juegue al pokemon go o a cualquier otra imbecilidad semejante. Pero eso no es hacerlo mal: eso es no subordinar la propia creación a las expectativas que algunos suponen en un colectivo tan amplio, huidizo e indeterminado como el público. Un escritor solo actúa mal cuando subvierte o desatiende la verdad de su propia obra, el impulso fidedigno, genuino, de su creación, sea este oscuro, excéntrico o inextricable. Al público solo se lo desdeña o maltrata, con el público solo se es irrespetuoso, cuando no se le da lo que uno siente que le ha de dar, lo que uno alumbra desde la raíz de su sensibilidad y las entrañas de su razón (o sinrazón), sino otra cosa, acomodada al aplauso de los mediocres o a las adivinaciones de los jefes de marketing de las editoriales o los gurús culturales. Pero, algo más adelante, según la noticia a la que vengo refiriéndome, Milena Busquets añade que “el mundo literario es narcisista y malvado. No conozco a ningún escritor que te recomiende leer a ningún autor vivo, y hay gente buenísima como Javier Marías, que en mi opinión se merece el Nobel”. En que el mundo literario es narcisista y malvado, tiene razón, aunque solo en parte: el mundo literario también ofrece amistades sinceras y apoyos desinteresados, aunque haya que escarbar un poco para encontrarlos. Y tampoco se equivoca en que Javier Marías es un buen escritor, aunque su candidatura al Nóbel sea harto discutible. A mí se me ocurren bastantes otros, españoles y extranjeros, con mayores merecimientos, aunque esto también sea discutible. De hecho, todo lo que concierne al Nóbel es, por definición, discutible. Pero ya estoy divagando otra vez. Luego dice y esto es lo que más me interesa que no conoce a ningún escritor que recomiende leer a ningún autor vivo. No digo que mienta, pero sí que ha tenido muy mala suerte: yo sí conozco a escritores que recomiendan a otros escritores. Yo mismo lo hago, habitualmente, sin reservas ni desdoro. Y lo hago hasta por escrito: en Insumisión incluyo un poema construido exclusivamente con versos, o fragmentos de versos, de autores españoles e hispanoamericanos, vivos y muertos, del siglo XX y lo que llevamos del XXI, a los que quiero y admiro, por este orden, con la indicación de su nombre, por orden alfabético. Lo escribí en 2012 como un homenaje y, de hecho, una recomendación de lectura a todos cuantos me han deleitado e influido, por este orden, y han contribuido a que yo mismo escriba versos, no sé con cuánto acierto. Se me permitirá decir que este poema sí lo es, un acierto, aunque solo sea como celebración de la poesía. Huelga señalar que, si lo reeditara hoy, añadiría algunos poetas más (pero no quitaría a ninguno, aunque con dos o tres haya tenido desde entonces alguna diferencia, literaria o personal). Lo transcribo a continuación. Va por Milena Busquets.

Una vía de agua es siempre más inteligente que el capitán de un barco [Jesús Aguado] ¿Hacia dónde, pues, trazar la fuga? [Marta Agudo] ¿Soy yo ese mismo que hace unos momentos se cagaba en la madre del que parió las tinieblas? [Rafael Alberti] ¡Oh río que como luz hoy veo, / que como brazo hoy veo de amor que a mí me llama! [Vicente Aleixandre] A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este nicho en que hace 45 años que me pudro [Dámaso Alonso] Sucede que oyes una voz donde nadie habita, que ves una sombra donde nada existe, que tocas un rostro que nunca fue [Manuel Álvarez Ortega] Al morir, abriré toda mi sombra. / Con la mano extendida, / sopesando la nada [Ramón Andrés] Llévame a la arena en que dormías [Olga Bernad] El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho / (…) El que prefiere que los otros tengan razón [Jorge Luis Borges] Vivir, ¿dónde es? [Rafael Cadenas] A conciencia, con saña: / hacia el interior [Juan Luis Calbarro] ¿Durando, un lugar? [Arnaldo Calveyra] Construyo obstáculos deseados / y con amor los destruyo [Agustín Calvo Galán] Yo no pertenezco a este libro, pero este libro me posee [Bruno Marcos] Qué ruido tan triste el que hacen dos cuerpos cuando se aman [Luis Cernuda] Ya va siendo hora de admitir la derrota [Álex Chico] Nunca, nada y nadie son lo mismo [José Ángel Cilleruelo] Nos morimos de pobres y desnudos [Antonio Colinas] Ohheraldoblancoennieveensangrentado, / desnuda nuestra psique con tus rosas! [Óscar Curieses] ¡Oh, cuerpo, (…) ostenta el tiempo que contienes! [Humberto Díaz-Casanueva] Tú por tu sueño y por el mar las naves [Gerardo Diego] En el delirio está la flor [Jordi Doce] Mi corazón es un látigo de pan cocido [Enrique Falcón] Hurga en mi corazón, oréalo, estercólalo [Luis Feria] Solo se ama lo que se pudre a nuestro lado [Basilio Fernández] Devoramos el mundo, esa bestia sordomuda, para hacernos menos sordos, menos mudos [Agustín Fernández Mallo] Avanzan / un árbol y un farol / Nadie los mira / Hacen surcos en la tierra / dibujan una boca / El planeta / gime [Antonio Fernández Molina] Urge reconstruir la lucidez [Ana Franco Ortuño] Dejar que el cuerpo ondule / para que ondule el cielo [Julio César Galán] ¿Son mías mis manos porque toman / o porque acarician? [Federico Gallego Ripoll] Sea la luz / un acto humano [Antonio Gamoneda] Ya no hay quien reparta el pan ni el vino / ni quien cultive hierbas en la boca del muerto, / ni quien abra los linos del reposo, / ni quien llore por las heridas de los elefantes [Federico García Lorca] Dímelo, padre, y no te mueras tanto [Ramón García Mateos] Rodeado estoy de nombres: solo mi nombre me rodea [Sergio Gaspar] Tus corazonadas son una mierda; incluso cuando aciertas, son una mierda [Alfredo Gavín] Si vivo aún, ¿por qué / nada al cuerpo retiene? [Pere Gimferrer] Se miran, se presienten, se desean, / se acarician, se besan, se desnudan, / se respiran, se acuestan, se olfatean, / se penetran, se chupan, se demudan [Oliverio Girondo] La añoranza de mi después [Juan Antonio González Fuentes] ¡Oh, inteligencia, soledad en llamas / que lo consume todo hasta el silencio! [José Gorostiza] Es el redondeamiento / Del esplendor: mediodía [Jorge Guillén] Se desliza por la memoria aquello / que tuvo un nombre y fue tachado [Rafael Guillén] Quiero escarbar la tierra con los dientes, / quiero apartar la tierra parte a parte / a dentelladas secas y calientes [Miguel Hernández] Soy el blanco del arma con que apunto [Ricardo Hernández Bravo] Moriré como todos y mi vida / será oscura memoria en otras almas [José Luis Hidalgo] ¡Pesaba tanto el tiempo después de la alegría! [Jesús Hilario Tundidor] Yo amo mis ojos y tus ojos y los ojos [Vicente Huidobro] A veces amanece [Diego Jesús Jiménez] Y lo que veo, a un lado y otro, en esta fuga (rosas, restos de alas, sombra y luz) es solo mío, recuerdo y ansia míos, presentimiento, olvido [Juan Ramón Jiménez] Hagamos de lo hollado lo habitable [Carlos Jiménez Arribas] Si te preguntan por el mundo, / responde simplemente: alguien está muriendo [Roberto Juarroz] Concede, piedra, de tus nervaduras, vena abrupta, la resurrección [José Kozer] Para amarte en silencio / la carne no es indispensable [Juan Larrea] Soy lo que arrecia en la tarde [José Antonio Llera] La frontera de mi patria / es el borde de mi plato [Juan López-Carrillo] Oh, esa extraña claridad / que no viene del alba, / que se parece demasiado a la conciencia, / cuando un niño abre los ojos, y se ve solo [Juan Manuel Macías] Noches desoladas / desojadas / a fuerza de ver / toda la oscuridad / tan clara [Mario Martín Gijón] Puedo confundir una caricia con una tempestad [José Martínez Ros] Dije silencio. / Quise decir invierno [Regino Mateo] Solo el silencio es indispensable [Willy McKey] No conozco otra conciencia que la oscuridad traslúcida / la sábana de vidrio sobre la que la infernal razón se acuesta [Juan Carlos Mestre] Toda estancia es un tránsito [José María Micó] El que fui surge a veces como un gran espacio barrido por un viento inmemorial, / las membranas del cielo vibrando en su corazón como un río [Enrique Molina] De su semen nace el aire [Marco Antonio Montes de Oca] Solo sé / que solo tú / serás / lo que reste de mí / cuando ya ni siquiera yo / o mi sombra / seamos [Andreu Navarra] Y a vuestra vida, a vuestra muerte asidme, / y a vuestros materiales sometidos, / a vuestras muertas palomas neutrales,/ y hagamos fuego, y silencio, y sonido, / y ardamos, y callemos, y campanas [Pablo Neruda] El que cierra los ojos se convierte en morada de todo el universo [Olga Orozco] Alzo la mano, y tú me la cercenas. / Abro los ojos: me los sajas vivos. / Sed tengo, y sal se vuelven tus arenas [Blas de Otero] Si no es amor, ¿qué es esto que me agobia de ternura? [Gilberto Owen] Leí mucho y no recuerdo nada. Y en la / habitación del fondo mi madre / se pudre: es un pez [Leopoldo María Panero] Cordero de dios que lavas los pecados del mundo / Déjanos fornicar tranquilamente [Nicanor Parra] Nadie está solo y nada es sólido: el cambio se resuelve en fijezas que son acuerdos momentáneos [Octavio Paz] la metafísica El tiempo ha terminado (Una de las respuestas que da una cocina fabricada en Estados Unidos dotada de voz sintética a través de ordenadores) [Esteban Peicovich] Aire es el espacio multiforme comprendido entre dos cuerpos entregados [María Ángeles Pérez López] La tahona donde se amasan las palabras, es un lugar habitado por ángeles y unicornios y narvales y papagayos de cualquier condición y cordura [Javier Pérez Walias] No bastan las manos para acariciar todas las manos [Mariano Peyrou] Tierra o madre o muerte, no me abandones aun si yo me he abandonado [Alejandra Pizarnik] ¡Qué despacio vas entrando, / caliente, viva, en mi cuerpo, / desde ti misma manando / igual que una fuente, ardiendo! [Emilio Prados] La inclinación de los sumisos, nuestra / inclinación [Manuel Rico] Siempre la claridad viene del cielo; / es un don [Claudio Rodríguez] Lo cercano siempre se aleja, ¡últimamente / todo es tan relámpago! [Gonzalo Rojas] Me gustaría saber para qué sirve este silencio que me rodea, / este silencio que es como un luto de hombres solos, / este silencio que yo tengo [Luis Rosales] Mira, vamos a salir / de tanto ser tú y ser yo. / Deja tu cuerpo dormido, / deja mi cuerpo a tu lado, / déjalos. / Deja tu nombre y el mío [Pedro Salinas] Uno borra a su paso las huellas de la muerte / y a eso lo llama vida [Basilio Sánchez] Oyes la hora otra vez / de tu quedar a solas con el cuerpo [Tomás Sánchez Santiago] El émbolo brillante y engrasado / embiste jubiloso la ranura / y derrama su blanca quemadura / más abrasante cuanto más pausado [Severo Sarduy] Y sin embargo, a veces, todavía / así, de pronto, cuando te estoy viendo, / vuelvo a verte como antes, y me enciendo / del mismo fuego inútil que solía [Tomás Segovia] Se enjabonaba todo el ser, de arriba abajo, para confundir a la muerte; y de tanto restregarse los recuerdos más tristes, algunos se le volvían transparentes [Alberto Tugues] Sentirte así venir como la sangre, / de golpe, ave, corazón, sentirme, / sentirte al fin llegar, entrar, entrarme, / ligera como luz, alborearme [José Ángel Valente] Todos teníamos que amarte, pero yo permanecí [Julieta Valero] Yo os traigo el espanto de una habitación despoblada [Rosamel del Valle] Señor esclavo, ¿y bien? / ¿los metaloides obran en tu angustia? [César Vallejo] Al enlazarme a tu lengua húmeda corro el riesgo de confundirme de mar: inmerso en lo inmenso [Joan de la Vega] Plantada en tierra estéril, / mi sed sigue creciendo [Juan Vico] Ámame / como el recuerdo de tu piel me ama [Carlos Vitale] Me deslumbra tanta noche [Emilio Adolfo Westphalen] Luego bajan las alas ciegas de la noche, caen y pesan, siendo alas, sobre el que vive anclado a la tierra [María Zambrano]

domingo, 21 de agosto de 2016

Un finde en Londres (y II)

Hoy, domingo, iremos a Hampstead, un antiguo pueblo y hoy barrio de Londres al norte de la ciudad. Cogemos el 24. Tardaremos una hora en llegar, pero, desde el puente superior del double decker, tendremos buenas vistas de todo. Muy pronto se nos sientan detrás tres hispanas evangélicas y todo el trayecto que hacen con nosotros lo dedican a hablar de los salmos y los libros de la Biblia. Me intranquiliza que mencionen el del Apocalipsis, pero luego me alivia que citen el salmo XV ("¿Quién, Señor, puede habitar en tu santuario? / ¿Quién, vivir en tu santo monte?..."). También le dedican un recuerdo emocionado a su elocuente pastor. Tras el repaso testamentario, las muy pías damas bajan cloqueando y se llevan a la calle sus piídos. No es la única manifestación de la vigencia de la religión que observaremos en el 24. Al cabo de poco, al pasar junto a la catedral de Westminster, el hombre que se ha sentado al lado de Álvaro se persigna. El autobús atraviesa muy despacio el centro de Londres por la plaza de Trafalgar: el tráfico y la caterva de turistas son coagulantes. La lentitud es tal que los double deckers se van acumulando en comitiva: parecemos una gran serpiente roja que avanza penosamente por el légamo de la multitud de coches y la aglomeración de personas. En el pandemonio en el que estamos sumidos, de vez en cuando una chispa de ingenio o, paradójicamente, de humanidad nos vivifica. Distingo, por ejemplo, a un mendigo en la acera, que pide ayuda con un cartel en el que ha escrito: "Smile and just breathe in that power. Race calmer. Homeless & smiling" ("Sonríe y respira ese poder. Apresúrate despacio. Sin techo, pero risueño"). Y, en efecto, el hombre no deja de sonreír. Debe de ser durísimo hacerlo en un maremágnum tan hostil, tan indiferente, como el de este lugar de Londres, una ciudad indiferente y hostil. Los músculos risorios del hombre deben de tallar esa sonrisa a martillazos y sostenerla todo el día, con perseverancia hercúlea, para que no desaparezca o se convierta en una mueca grotesca. Algo más allá, otro cartel de una tienda para niños reza: "Don't grow up. It's a trap" ("No crezcas. Es una trampa"). Los ingleses descuellan por este ingenio ubicuo, por este ejercicio nunca desfalleciente de algo siempre a medio camino entre la publicidad y la ironía. Tras la hora de viaje prevista y la visita de un revisor que ha comprobado nuestros billetes con un lector electrónico nunca, en dos años y medio que he pasado en Londres, me había revisado nadie los billetes-, nos bajamos en Hampstead y comemos en un pub que, pese a serlo y llamarse "The White Horse", solo sirve comida libanesa (y fish & chips, la única concesión a la gastronomía autóctona). Con los estómagos reconfortados, remontamos el parque de Hampstead hasta Parliament Hill. El parque, conocido como "The Heath" ("El páramo", aunque de páramo tiene poco, lleno como está de estanques y vegetación), es uno de los más grandes y agrestes de la ciudad. Y Parliament Hill es su mayor elevación, desde la que se goza de unas vistas privilegiadas de Londres, que abarcan de Canary Wharf hasta el Parlamento. Nos detenemos ahí un momento para contemplar una ciudad tan fascinante como monstruosa. Otros también lo hacen, pero muchos más están en la hierba yacer en la hierba es la (in)actividad preferida de los ingleses en verano, rebozándose de sol o metiéndose discretamente mano. Bajamos luego la colina y paseamos por entre algunos de los veinticinco estanques del parque, en varios de los cuales se puede nadar. Uno es solo para hombres y, en efecto, solo vemos a bañistas varones. Su condición salta a la vista: vientres repujados de músculos, slips minúsculos y, en no pocos casos, turgentes de meollo y mucho aceite corporal, que algunas parejas se aplican mutuamente con meticulosidad de novios recientes. Algo más allá hay otro estanque solo para mujeres, aunque a este no podemos llegar, porque no se accede directamente, sino por un camino que veda la entrada a quien no lo sea. La separación por sexos, de origen victoriano, se da, pues, también aquí, en la capital de la democracia, y no solo en Yemen o Afganistán. Después de constatarlo, progresamos hasta Highgate, otro lucido barrio londinense, y seguimos descubriendo leyendas mordaces, aunque algunas sean intraducibles: "Alcohol and calculus don't mix. So if you drink, don't derive", y, a continuación, una derivada ("El alcohol y el cálculo son incompatibles. Así que, si bebes, no derives", lo que supone un juego de palabras entre "drive", conducir, y "derive", derivar, hacer derivadas). De Highgate volvemos al centro de la ciudad por Islington, un barrio populoso en el que ha vivido hasta hace poco el también populoso Boris Johnson, exalcalde de Londres y brexita militante pero menos agraciado que los que llevamos recorridos esta mañana. Vemos una tienda de patinetes, y solo de patinetes, y un local donde se diseñan pasteles, y solo pasteles. Pasamos al lado del estadio del Arsenal, el Barça de Londres, aunque sin su historial glorioso (el Madrid es el Chelsea, desde luego), y reconocemos a sus muchos aficionados, uniformados todos con la camiseta roja del equipo. Otra cosa que los hermana es que casi todos sostienen una pinta de cerveza en la mano. Por entre los ruidosos corros que forman, pasan a veces mujeres con niqabs, es decir, cubiertas completamente, excepto los ojos, por un capisayo negro. Como la caminata ha sido de aúpa, cogemos un metro en la siguiente parada que encontramos y volvemos a casa. Allí cenamos en el patio, un exiguo reducto de la propiedad que adornan una palmera enana y una no menos lacónica enredadera, y del que solo podemos disfrutar los meses de verano: los demás del año nos limitamos a verlo inundado por la lluvia (que está pudriendo la mesa y las sillas de madera) o inaccesible por el frío. Está encajonado entre otros patios vecinos y las paredes de los edificios circundantes, pero aun así nos gusta: supone una expansión del piso que nos alivia de su pequeñez. Es muy difícil que un propietario inglés renuncie a un jardín propio. Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que el que un propietario inglés renuncie a un jardín propio. Aunque viva en un rincón, en un ground floor o en el barrio menos afortunado de la ciudad, peleará por hacerse con un espacio individual donde sembrar césped y cuatro plantas, que cuidará con dedicación benedictina. Cenamos, y me invade la melancolía: mañana ya tengo que volver. Y así es, claro. Despunta un día soleado los días soleados son infrecuentes pero maravillosos en Londres; lamento que este haya llegado cuando me he de ir y me pongo en marcha. Cuando salimos a la calle con las maletas Álvaro me acompañará a Victoria, todo está como lo recordaba: el dueño del restaurante italiano en el que solíamos comer, al que llamábamos el mafioso no por nada, sino porque a todos los italianos gordos que se sientan a la puerta de su establecimiento, hablan en dialecto siciliano con sus compatriotas y conducen un Rolls Royce dorado, como hace este por las calles de Battersea, nos gusta creerlos mafiosos—, está a la puerta de su establecimiento, habla en dialecto siciliano con un compatriota y me saluda con una leve inclinación de cabeza (me reconoce aún, después de casi seis meses de ausencia: para él, sigo siendo un vecino); el cajero del Tesco continúa dándonos el dinero que necesitamos; y la estación de Victoria está tan atiborrada como siempre. Pero algunas cosas sí han cambiado: el Gatwick Express es nuevo, ahora de color rojo. Llego al aeropuerto sin novedad y tampoco hay novedad en el vuelo de Easyjet: tiene un retraso de una hora, y el avión, cuando montamos por fin en él, está sucísimo: con las migas que hay en el suelo de mi fila de asientos podría jugarse a las canicas. El sobrecargo se suma al jolgorio general anunciando que viaja con nosotros un pasajero con alergia a los frutos secos, y que eso impedirá que sirvan hoy productos que los contengan; también nos pide que no los consumamos. Una mujer saluda su petición con varios comentarios en voz alta, que no sé si son jocosos o groseros: "¡Eso! Y nosotros, que somos muy educados y solidarios, no comeremos frutos secos. ¡Venga! ¡Que todo el mundo se libre de sus frutos secos!". Es la misma tipa que me ha preguntado en la sala de embarque, cuando ya estábamos dentro, si el vuelo que salía de allí iba a Madrid. Le he dicho que sí (aunque, si hubiera sabido la que iba a montar luego, a lo mejor le habría dicho que iba a Tombuctú). "Es que me lío", ha precisado. Pero la cosa no acaba ahí: cuando despegamos, da otra voz, que retumba en toda la cabina del avión: "¡Ya era hora, cabrones!" (con lo que, a pesar de su ordinariez, muchos estamos de acuerdo, debo decir). Durante el vuelo, no deja de canturrear, dar palmas y soltar exabruptos sin destinatario conocido, pero que todos oímos. Y, cuando estamos aterrizando, se pone de pie para hurgar en el compartimento del equipaje lo que le merece una bronca por megafonía de una azafata, a la que ella no presta atención, porque no se sienta hasta que ha acabado de hacer lo que quiera que esté haciendo, aplaude sarcásticamente cuando ya rodamos por la pista, salta del asiento en cuanto nos paramos, arrollando a varios pasajeros, al grito, poco preciso gramaticalmente, de "¡Vamos, vamos, que es gerundio!", y remata su nada complaciente valoración del trabajo de la tripulación con un estentóreo "¡Venga, que sois más lentos que el caballo del malo!". Hombre, no ha sido Melendi, pero como pasajera tocacojones no está mal. Quizá tenga tanto miedo a volar que lo combata con este despliegue de groseros pronunciamientos, porque toda exhibición oculta en realidad una carencia; o quizá esté mal de la cabeza; o quizá, simplemente, se haya tomado demasiadas pastillas (o demasiado pocas). Pero el último incidente del viaje no lo protagoniza ella a la que veo alejarse por la terminal de Barajas arrastrando ruidosamente el trolley por las escaleras de bajada, sino un caballero con un enorme carro de equipaje, cargado hasta los topes, que me precede en una escalera mecánica de subida. Al llegar arriba, un pico del carrito se le engancha en la parte inferior del pasamanos y no puede salir, lo que nos empuja hacia atrás, a nosotros y a los que nos siguen, y amenaza con precipitarnos escaleras abajo. En realidad, la situación es ridícula: retrocedemos en una escalera de subida. El hombre, que no puede con el peso del carro, se limita a hacer aspavientos y exclamar: "¡Joder, joder, joder!". Yo, asomado ya al abismo, pienso que eso es exactamente lo que el hombre está haciendo, jodernos, y pruebo a darle un empujón al carrito, que se me ha venido encima, en confusa amalgama con el hombre. Eso basta: el trasto se desencallada y podemos salir por fin de la inexorable trampa mecánica. Me alegro de haber sido capaz de, literalmente, echar una mano.

miércoles, 17 de agosto de 2016

Un finde en Londres (I)

Desde que volví a España para establecerme en Mérida, no había regresado a Londres. Pero allí siguen Ángeles y Álvaro, y, aprovechando el puente de la Asunción de la Virgen, decido hacerles una visita. Quiero verlos, como es natural, pero también me apetece cultivar la nostalgia: recorrer otra vez los lugares recorridos docenas de veces, visitar los lugares ya visitados, llenarme de nuevo del aire y del espíritu (y probablemente de la lluvia) de la ciudad. Es una forma como otra cualquiera de luchar contra el paso del tiempo: repitiendo lo ya vivido, uno se figura que vuelve a ser quien era entonces, que los meses o los años no han transcurrido desde aquellos momentos, acaso infelices o turbulentos, pero a los que la memoria dota de una pátina de complacencia. En cuanto piso Gatwick, huelo otra vez Inglaterra porque eso, los olores, son siempre lo que se impone en mi percepción y recupero, de pronto, los gestos que fueron automáticos pasar el control de pasaportes, dirigirme al Gatwick Express, leer las pantallas de información de los trenes, pero que ahora estaban enterrados por una cotidianidad distinta y que el olvido iba taladrando silenciosa e implacablemente. No distingo el paisaje, que, ya de noche, es una inmensa masa oscura agujereada por las luces de los pueblos y las estaciones a las que llegamos. En Victoria me viene a recoger Ángeles con un taxi. El taxista es nepalí. Nunca había conocido a ninguno de esta nacionalidad en los black cabs, pero no me extraña: el colectivo de los conductores de taxis londinenses debe de ser más internacional que las Naciones Unidas. Apenas llegar a casa, me derrumbo en la cama el viaje desde Mérida ha durado doce horas, con ocho conexiones: en Madrid había obras en las vías del tren y duermo de un tirón hasta bien entrada la mañana siguiente. Decidimos entonces pasear por Shoreditch, un barrio que está de moda, a pesar de sus orígines poco limpios, vinculados al sewer ditch, es decir, al canal de desagüe que lo cruzaba en la Edad Media. Tan sucio se reputaba que no es extraño que aquí se fundara, en 1576, el primer teatro de Inglaterra, en el que se representaron algunas obras de Shakespeare: en aquella época, el teatro era una actividad propia de gente fementida e inverecunda, y su ejercicio, si llegaba a tolerarse, se confinaba extramuros, donde no pudiese perturbar las buenas conciencias de los londinenses de pro. Hoy Shoreditch sigue manteniendo un aire alternativo y un poco bohemio, aunque el bestial aumento de los precios de la vivienda, acorde con la indeclinable pujanza del mercado inmobiliario en la capital británica, demuestra que los negocios y los pijos han puesto sus ojos en él. Cuando ya estamos en Kingsland Road, compro El País, que en Mérida me resulta difícil de conseguir no hay ningún quiosco cerca de donde trabajo ni de donde vivo, y compruebo que cuesta diez peniques más: el tiempo pasa, y una buena demostración es que los precios suben. En la calle miro a mi alrededor y constato la inigualable mezcolanza de tipos humanos que siempre me ha cautivado de esta ciudad: nos cruzamos con un punky de geriátrico, un sesentón con una cresta amarilla de medio metro en la cabeza y un kilo de tachuelas distribuidas por el cuerpo: parece sacado de un álbum de razas humanas de mi adolescencia; con un perro con gafas; con un número indeterminado de perroflautas (con más perros que flautas, eso sí: aquí son unos grandes amantes de los animales); con un japonés con el pelo rosa; con una inglesa con el pelo naranja (y la camiseta rosa); con otra muy delgada que camina leyendo un libro de Penguin y esquiva a los demás viandantes sin levantar la vista de la página, como un murciélago; con una pareja de hombres que se besa y restriega con pasión de dormitorio en una balaustrada de piedra; con un joven vestido de Luke Skywalker; con otro con una curda formidable, pero que hace eses con discreción, a la inglesa, sin molestar, y alcanza, no sé muy bien cómo, a meterse en un taxi; y con una gorda que apenas pueda caminar y parece que vaya a elevarse en cualquier momento como un globo de helio. Los edificios y objetos de las calles acompañan este fenomenal revoltijo: junto a pequeñas iglesias góticas se alzan rascacielos de aluminio y cristal, y en la calzada no dejan de cruzarse Rolls casi invariablemente conducidos por árabes y los vehículos más estrafalarios (si es que el Rolls no es también, ahora que lo pienso, un vehículo estrafalario), algunos de los cuales se dirían sacados de Los autos locos. El destino de nuestra deambulación es el museo Geffrye, uno de los más curiosos de una ciudad en la que abundan los museos curiosos. Conforme nos acercamos, observamos que  menudean los restaurantes vietnamitas: esta debe de ser, pues, una zona de emigración del país asiático. En Londres, como en tantas otras grandes capitales, los diferentes colectivos de inmigrantes tienden a establecerse en unos mismos barrios, o a crearlos. Es un mecanismo de defensa: los guetos los aíslan, pero también los amparan, por lo menos hasta que estén en condiciones de integrarse en el resto de la urbe y la sociedad. Estamos tentados de quedarnos a comer en uno de ellos, pero tenemos ganas de llegar al museo y, además, sabemos que las galerías londinenses suelen tener cafeterías donde se puede comer muy dignamente en un ambiente relajado. De forma que seguimos hasta el Geffrye, que ya no dista mucho de donde nos encontramos. Al llegar, nos impacta su patio, un rectángulo de césped armoniosamente flanqueado por árboles frente al edificio de 1714, oscuro pero noble, que hizo construir el alcalde, presidente de la cofradía de ferreteros y filántropo Robert Geffrye, y que fue mucho tiempo asilo de ancianos. El lugar, de hecho, aunque reconvertido en el museo que es hoy, sigue acogiendo a gente necesitada: en los bancos dormitan dos mendigos, un hombre y una mujer, una bag lady, de esas que arrastran sus míseras pertenencias en un racimo gigantesco de bolsas. El hombre, con la delicadeza que caracteriza a los pedigüeños británicos (y solo a ellos: en ningún otro lugar del mundo he visto a los indigentes limosnear con tanta urbanidad), ha escrito en un cartón: "Could you please donate some money for food and shelter at night?" ("¿Podrían, por favor, donar algún dinero para comer y cobijarme por la noche?). Pero, junto con los pordioseros, otra gente está tirada en la hierba, y estos no parecen necesitar la ayuda del prójimo: se limitan a tomar el sol, desnudos de cintura para arriba; en los parques de la ciudad, cuando hace bueno, ni hombres ni mujeres tienen empacho en hacerlo en bañador. Nada más llegar, comemos, como habíamos planeado: una sopa de tomate excelente y una original ensalada de remolacha, naranja y menta, bien regadas con una artesanal shoreditch blonde, cuyo afinado sabor a cebada me golpea con tacto el paladar; y, de postre, un trozo de pastel de zanahoria, en el que encuentro un pelo. Ese pelo amenaza la perfección de la mañana; ese pelo puede emborronar un día que se promete inmejorable. Pero no estoy dispuesto a que lo haga: con entereza de ánimo, lo aparto del bizcocho, pongo el pensamiento en otra cosa y sigo comiendo. Mientras almorzamos, vemos pasar, junto a donde estamos, un convoy del overground, el metro elevado de Londres. En la incesante amalgama de la ciudad, esta confusión de espacios trenes y museos, Rolls y perroflautas, mendigos y ociosos no chirría, ni contamina al bueno con la irradiación del malo, antes bien, resulta atractiva y hasta fascinante. El museo Geffrye, dedicado a la historia de la decoración de interiores inglesa, expone once habitaciones características de las casas británicas desde 1600 hasta 2000. Pero no son los cuartos de los ricos o poderosos, como se ven en los innumerables palacios y mansiones del país, sino los de las clases medias y urbanas: aquellas que tejieron la sociedad inglesa desde los prolegómenos de la revolución industrial hasta hoy mismo. Y, si lo pensamos bien, es lógico que haya un museo así: en los países fríos (y de carácter frío), el hogar es el reducto cálido e inevitable, el lugar donde se pasa la mayor parte de la vida (salvo la destinada al pub) y, por lo tanto, el punto más importante de la vida familiar y, durante varios siglos, también de la vida social. Las once habitaciones están acompañadas por una exposición temporal sobre el servicio doméstico, que informa sobre las tareas que los criados han realizado a lo largo de la historia y la evolución en el trato que les han dado sus amos, y que nos permite averiguar, por ejemplo, que, en el siglo XVII, la orina se utilizaba como quitamanchas de la ropa o que, en el XVIII, los domésticos todavía despiojaban a los señores; y también que, como consignó una señora en su diario, "laundry was not men's business" ("hacer la colada no era cosa de hombres"), algo que, a diferencia del uso de la orina, muchos hombres siguen sosteniendo hoy. Los manuales del servicio decimonónicos recordaban a las sirvientas que llevaran siempre los pies limpios para no ensuciar las habitaciones inmediatamente después de limpiarlas, y que anduvieran sin hacer ruido para no despertar a la familia. Y debían de ser libros muy leídos y con mucho predicamento, porque en 1851 el 10,4% de la población de Londres se dedicaba al servicio doméstico. Entre las habitaciones aparece la capilla del asilo que fue el museo, blanca, con el Credo y el Padre Nuestro inscritos en las paredes. Y, en los últimos aposentos representados, llama la atención la paulatina introducción de elementos sanitarios y de la tecnología en el hogar. Los retretes, por ejemplo, y los sistemas de desagüe de la ciudad se instalaron en la segunda mitad del XIX, cuando se acreditó la relación entre su ausencia y las epidemias de cólera que periódicamente la sacudían. También nos fijamos en una aspiradora prehistórica, un carpet sweeper compuesto por un mango de escoba y dos rodillos de funcionamiento contrario, que absorbían el polvo empujándolo el uno contra el otro y depositándolo en una cajita ad hoc. No nos vamos del Geffrey sin pasear por sus pequeños pero afamados jardines, aunque hemos de hacerlo deprisa, porque son las cinco y ya cierran. Se dividen en un huerto medicinal, que huele muy bien (aunque contiene algunas especies muy venenosas, como el acónito), y una parte recreativa, en la que, de nuevo, encontramos a gente tumbada en la hierba, donde hay grandes dominós, petancas y ajedreces para que los desocupados se entretengan. Luego enfilamos por Bishopsgate, pasando por delante de algunos magníficos edificios de art déco que conviven con pubs llamados, por ejemplo, Dirty Dicks que, aunque debe de tener algún otro significado, yo no puedo dejar de traducir como "pollas sucias" hasta la recoleta plazuela de Saint Helen, con su hermosa iglesia del siglo XII, remodelada en 1995, tras sendos atentados terroristas en 1992 y 1993. De allí, tras una larga caminata, llegamos al malecón de Saint Katherine, un embarcadero junto a la Torre de Londres, que la gran mayoría de los miles de turistas que atiborran siempre la Torre, pastoreados por sus férreos guías o embutidos en la visita que han de despachar en pocos días, no llegan a conocer nunca, aunque está a unos pocos pasos. Tomamos sendas copas de vino blanco y unas aceitunas grandes como ojos en un local regentado por un italiano y nos encaminamos por fin al muelle del Puente de la Torre, en el que cogemos uno de los transbordadores que circulan por el Támesis para llegar a Westminster. El día está declinando y las grandes construcciones en las riberas del río, o en el mismo río, como el crucero HMS Belfast, brillan con la luz del ocaso o con su propia iluminación, que se funde con el sol agonizante. Las torres del Puente de la Torre ya no son grises, sino púrpuras, y el London Eye, cuando lo alcanzamos, esplende, rojo. Pasan otros barcos, como el Silver Sturgeon, "El esturión de plata", que vuelca el blanco chillón de sus neones en la negrura espesa del Támesis. En Westminster, ya solo nos falta coger un autobús para llegar al casa. Al subir, el conductor recrimina a una pasajera negra que acaba de montarse con dos compañeras que una de ellas no ha pagado. La joven le responde que sí lo ha hecho: "What's wrong with you? Are you blind?" ("¿Qué diablos te pasa? ¿Estás ciego?"), le pregunta, muy enfadada. Y yo pienso que, si estuviera ciego, tanto ella como nosotros haríamos muy bien en bajarnos corriendo del autobús.

domingo, 14 de agosto de 2016

Los Juegos Olímpicos y olé

Hoy he sufrido por dos periodistas: los que narraban la final femenina de los 200 metros mariposa de los Juegos de Río, en la que Mireia Belmonte ha ganado la medalla de oro, la primera de la historia de la natación española de mujeres. Parecía que les fuese a dar un infarto. A los dos. Y ninguno dejaba acabar al otro: sus gritos se superponían como en una pelea de gatos o una tertulia televisiva (sobre todo alguna en la que participe Marhuenda). Reconozco que Mireia es una mujer de agradables hechuras y que su progresión en el agua, con esas magníficas brazadas que la asemejaban a una grandiosa lepidóptera, era estéticamente seductora: la mariposa es un estilo muy plástico, casi poético, y la lucha cerrada con sus más inmediatas rivales excitaba al más apático. Pero lo de estos periodistas era excesivo. Por fin, cuando la nadadora ha acabado primera la carrera, los dos se han abandonado a un ulular extático que parecía no tener fin, como el de esos locutores televisivos de Hispanoamérica que sostienen más un "¡gol!" que la Caballé un do de pecho. Dudo de que en sus vidas sexuales expresen tanto enardecimiento como en la narración que han hecho de la carrera. Yo, lo confieso, he participado de esos arrebatos deportivos, aunque nunca con el frenesí que han demostrado los enloquecidos periodistas. Y no hoy, claro: en otros tiempos, más joven y con más agujeros en la cabeza. El deporte, cuya mayor manifestación planetaria son los juegos olímpicos, es uno de los tres pilares de la vida contemporánea: el ocio; los otros son el turismo y el sexo. Rafael Sánchez Ferlosio ha escrito que el deporte de competición es odioso y reprobable, porque consume infinidad de energías —y de conciencias—, pero no aporta ningún bien a la sociedad. El contraste con otras actividades humanas es evidente: la investigación científica, por ejemplo, también supone un gran consumo de recursos, pero ese gasto se dirige a la obtención de un resultado provechoso para la mayoría fuera de la propia actividad investigadora. Es decir, el científico mira por el microscopio no para batir el récord mundial de mirar por el microscopio, sino para descubrir algo que cure el cáncer. Y lo mismo hace el escritor: no se pelea con las palabras para declararse vencedor de las palabras, sino para aportar literatura a la sociedad y que esa literatura enriquezca, informe y mejore a los lectores, o, simplemente, les permita experimentar una emoción estética. El deporte, en cambio, solo se hace por hacer deporte: las victorias, las medallas (por las que todo el mundo siente un ansia viva: recolectar medallas es un deber nacional, la justificación de nuestro ser patrio) no son sino la culminación de una labor solipsista, que no da a nadie nada que no sea la práctica (con sus beneficios económicos, eso sí, que en algunos casos pueden ser multimillonarios, pero también con el castigo del cuerpo y el deterioro de la salud) o la contemplación de esa labor. Tiene razón el maestro Ferlosio, pero olvida una importante función que sí cumple el deporte: la sublimación de la violencia social. El deporte simboliza la guerra y la vuelve inocua. Así, en lugar de enviar al proletariado a los frentes de batalla, que es lo que han hecho siempre los poderosos —delegar espicharla en la carne de cañón—, ahora lo envían a los estadios, para que se desgañiten en las gradas y no en las trincheras. Aunque a veces también mueran, porque la sublimación deportiva no alcanza a ser suficiente y excita el enfrentamiento físico: la guerra entre Honduras y El Salvador de 1969 se desató por un partido de fútbol (por eso se la llamó "La guerra del fútbol") y, aunque solo duró cuatro días, causó la muerte de 6 000 personas y heridas a otras 15 000; y los hooligans de todo el mundo (británicos originariamente, pero luego de todas las naciones incivilizadas del planeta) siembran el terror allí por donde pasan, y hasta conciertan encuentros para sacudirse entre sí. Por asumir esas pulsiones bélicas, el deporte ha incorporado la mitología nacionalista —banderas, himnos, lenguaje marcial, exaltación patriótica— a su desarrollo, y ha sustituido por ella la mitología religiosa de sus orígenes: los juegos antiguos, que se celebraron cada cuatro años durante doce siglos —desde el VIII a. C. hasta finales del IV d. C., cuando Teodosio, emperador cristiano, decidió desterrar aquellas prácticas paganas e hizo destruir los estadios helenos—, eran una manifestación del culto a Zeus, tenían lugar en el santuario del gran dios en la ciudad de Olimpia, y se acompañaban de sacrificios rituales en su honor, mientras que los actuales no son sino una traslación del espíritu de combate que, por desgracia, acompaña todavía a las comunidades humanas. Que esa traslación no basta para inhibir la violencia en el mundo, es evidente: los hombres nos seguimos matando con aplicación y deleite. Y mientras en la antigüedad, las guerras se interrumpían para que tuvieran lugar los juegos, en la era moderna es al revés: los juegos se interrumpen para que tengan lugar las guerras. Una de los muchos conflictos del siglo XX, la Guerra Civil española, frustró la Olimpiada Popular de Barcelona de 1936, con la que el gobierno de la República quería protestar contra los Juegos Olímpicos de Berlín, celebrados poco antes, que habían constituido una apoteosis del racismo nazi. (Pero 200 atletas de los más de 6 000 que habían acudido a la Olimpiada Popular se quedaron en la España para luchar por la República). Casi seis décadas después, unos Juegos pudieron celebrarse, por fin, en Barcelona, y fueron, según dicen, un éxito deportivo y social, aunque también los segundos más caros de la historia, después de Londres 2012, e igualmente los segundos con una mayor desviación del presupuesto inicial, un 417%, tras Montreal 1976, con un imbatible 796%, que los canadienses han tardado treinta años en pagar. Y, sí, yo aplaudí aquellos Juegos, y me complací con las gestas de nuestros atletas y con lo mona que había quedado la ciudad. Allí estaba, todas las tardes, babeando (o bobeando) ante el televisor, sin reparar en que, en realidad, lo que hacían aquellos deportistas me importaba una higa: ni me daba dinero, ni me curaba de ninguna enfermedad, ni me hacía mejor persona, ni nada de nada. Ahora tengo claro que la colosal parafernalia del deporte, su arrasadora incorporación a la industria del espectáculo (de niño, el espacio reservado al deporte en los telediarios no superaba los cinco o diez minutos; hoy se lleva casi la mitad de su tiempo), su onanismo conceptual y su inanidad productiva, y su íntima relación con ese poso patriótico que anida en lo más legamoso de la personalidad, lo vuelven rechazable e idiota. Deberíamos buscar entre todos otra forma de sublimar la violencia. Debe de haberla. Y seguro que sale más barata y es más creativa.

miércoles, 10 de agosto de 2016

Gestionar el conflicto

Así han hecho las escuelas de negocios y los coaches, esos deplorables gurús de la modernidad, que se llame lo que siempre ha sido "convivir". Pero eso no debe sorprendernos: el destino de las palabras es siempre ser sustituidas por otras, más largas, corruptas o foráneas, que digan lo mismo que decían ellas, pero de otra forma. Convivir ha sido siempre entrechocar con otros. El otro está ahí, compacto, inevitable, lacerante. Y uno no puede dejar de ser quien es. El conflicto está, pues, servido, incluso en el espacio más íntimo: con uno mismo y con aquellos a los que quiere. La convivencia de pareja es una de las más ásperas posibles, porque es diaria, porque es inmisericorde y porque se asienta en un conocimiento exhaustivo del otro: sabemos de él todo cuanto más puede herirle, y lo exprimimos sin compasión para obtener lo que queremos. No es extraño que cuando más divorcios se piden sea después de verano, tras unas merecidas vacaciones con mucha convivencia y mucho contacto. Aunque la peor convivencia es, desde luego, la que uno mantiene consigo mismo: los otros que somos a casi todos los cuales guardamos sumergidos en las honduras más lóbregas de nuestro ser, pero que no dejan de arañarnos, y a veces de ladrar nos martirizan con su sola presencia: con sus deseos insatisfechos, con sus frustraciones y sus fracasos, con sus exigencias. Y no podemos hacer con ellos lo que hacemos con los demás: perderlos de vista. Siempre están ahí, royéndonos, reclamando, malmetiendo. Quienes también están ahí son los compañeros de trabajo y los vecinos: gente a la que uno no ha escogido, pero con la que tiene que convivir ocho horas al día, si no más, o celebrar cada tanto reuniones de propietarios, una de las actividades más sórdidas que existen, y con los que la falta de lazos afectivos y las diferencias de carácter establecen sólidas relaciones de hipocresía u odios africanos. No faltan, también, los conflictos banales, pero que pueden ser mortíferos. Uno nunca sabe, por ejemplo, en qué puede acabar una discusión de tráfico. Yo he tenido una en Hoyos este fin de semana, por un quítame allá este aparcamiento, en la que, a la vez que la mantenía, me maldecía por no haber sido capaz de evitarla. Casos ha habido de enfrentamientos que han acabado en funeral. Una de las circunstancias en que el conflicto se revela más dañino es cuando uno no es consciente de que se está incubando. Pensamos, por ejemplo, que hemos sabido mantener una relación cordial con alguien y descubrimos de repente, porque ese alguien nos lo comunica (y no suele hacerlo con delicadeza), que la opinión que le merecemos es la misma que le inspiraría Heinrich Himmler. A la constatación del disgusto ajeno se suma la sensación de imbecilidad propia: el no habernos dado cuenta de que la relación estaba torcida o se había envenenado. Al conflicto llegamos, no por una divergencia, sino, paradójicamente, por una confluencia de intereses. Como dijo una vez Fraga Iribarne, aquel franquista inteligente, España y Gran Bretaña tenían muchas cosas en común: ambos querían Gibraltar. Deseamos lo mismo dinero, trabajo, dignidad, respeto, una plaza de aparcamiento y sucede que no hay para todos. En general, lo que alguien se queda, otro suele perderlo. Así pasa con las naciones, y así pasa también con las personas. La forma de enfrentarse al conflicto depende mucho de con quién se tiene. Hay gente muy desagradable, que ha hecho de ser desagradable la razón de su existencia. Con estos solo se pueden hacer dos cosas: darles una patada en la entrepierna o seguir el consejo de Tolstoi: "Pensar que también han sido niños y que algún día han de morir". Yo, más modestamente, me limito a imaginármelos cagando: acostumbra a funcionar. Hay otros, en cambio, más sibilinos, que gustan de clavar el estilete en el cuarto espacio intercostal o de involucrar en el conflicto a terceros, en general inadvertidos del papel que les han endilgado. Con estos lo más recomendable es poner tierra de por medio, siempre que la dignidad lo permita. Es imposible mantener una relación, aun de enemistad, con los más tortuosos. La enemistad también requiere franqueza. Y es muy cansado: qué alivio no tener que sospechar siempre de alguien, que velar por que no te la juegue, que guardarte las espaldas de sus acometidas silenciosas. Hasta cierto punto, sale a cuenta cierta despreocupación: uno admite la posibilidad, y asume el riesgo, de que lo joroben, a cambio de no estar en guardia siempre. Estar en guardia siempre es agotador (y suele conducir a la fístula anal o al colon irritable). Por el precio de esa faena que le hará el cabrón irreductible, uno compra mucha tranquilidad de espíritu. Pero el conflicto siempre está ahí, agazapado tanto en las menudencias como en las cosas trascendentes; y aún más en las menudencias, porque las cosas trascendentes suelen desbordarnos a todos y, por lo tanto, tendemos a dejarlas aparcadas en un rincón de la conciencia o del armario. Organizar cualquier cosa con un grupo numeroso de personas (aunque no hace falta que sea especialmente numeroso) es garantizarse un festival de desavenencias e intereses contrapuestos, si no de feroces cuchilladas. Y convivir, o coincidir, con alguien cuyo concepto de sí mismo, o cuyas expectativas de éxito o reconocimiento, estén muy por encima de la realidad, o de lo que nosotros tenemos por realidad, puede ser una tortura superior a que te arranquen las uñas con una varilla de bambú. Lo peor es, sin duda, cuando el conflicto con alguien a quien se quiere de verdad lleva a la ruptura de la relación entre ambos. Y perder un amor no es tan doloroso como perder una amistad. Todos los amores se parecen bastante entre sí, y cabe esperar que otro lo sustituya, más tarde o más temprano, con las mismas prestaciones y las mismas servidumbres. Pero cada amistad es distinta, porque no está encaminada a la satisfacción de ninguna necesidad física ni material, y los matices que nos unen con un camarada seguramente no se repitan con otro. La pérdida de un amigo es también la pérdida de uno mismo. De todo eso que nunca más volveremos a vivir, ni a sentir, como las lentejas que preparaba nuestra madre, cuando haya muerto, o la mirada de orgullo de nuestro padre, cuando, de niños, hacíamos lo que le complacía que hiciéramos. La pérdida de un amigo es la anticipación de nuestra propia muerte.

sábado, 6 de agosto de 2016

Un viaje literario por Centroeuropa

Gracias a la recomendación de un amigo estas cosas siempre funcionan por la recomendación de un amigo, acabo de participar en el Mes de las Lecturas de Autor, un ciclo de lecturas que se celebra cada verano en cinco ciudades de la República Checa, Polonia, Eslovaquia y Ucrania. Cada año hay un país invitado, y este era todavía es, porque el ciclo no ha acabado España. Así pues, los autores españoles viajan una semana, a cuenta del erario checo, a esas cinco ciudades Brno, Breslavia, Ostrava, Kosice (aquí falta un acento, como una uve pequeñita, en la ese, pero en este ordenador no sé como introducir el símbolo correspondiente) y Leópolis, hacen una lectura de su obra y luego atienden a un coloquio con el público; y, simultáneamente, también lo hacen poetas de los cuatro países anfitriones. A mí, por ejemplo, me correspondió de acompañante un poeta polaco, bajo, regordete y calvo, que viajaba con su mujer, y que no tenía ni idea de inglés, lo que hizo que mi relación con él fuese tan personal como la que habría podido tener con un cantueso. Lo primero que sorprende es la complejidad de la organización: reunir, a lo largo de un mes, a una treintena de autores de un país extranjero, más otros tantos de los cuatro países propios, y moverlos, en tren y coche, por las fronteras de Centroeuropa, de hotel en hotel, y de sala en sala, atendidos siempre por voluntarios que colaboran con la organización, y que esta se preocupa de que hablen un buen castellano (o, como mínimo, un inglés decente), es una hazaña digna de admiración. El ciclo, además, se celebra desde hace diecisiete años. No entiendo cómo los organizadores lo resisten: debe de ser agotador, y no solo por el esfuerzo físico que requiere, sino por haber de tratar con los egos inevitablemente hinchados de los escritores. De hecho, Renata, mi interlocutora checa y la coordinadora general del evento, arrastraba unas ojeras morunas cuando la conocí en Viena, y su habla dejaba traslucir también un cansancio que llevaba metido en los huesos. Pero lo cierto es que todo fue bien, salvo la pesadez de los desplazamientos: para ir de Brno, la primera parada, a Breslavia, la segunda, se necesitan dos horas y media de tren y otras tantas de coche; y de Kosice a Leópolis, casi seis de automóvil, la mayoría por carreteras ucranianas. Cuando le preguntaron a Vicente Aleixandre si la poesía daba para comer, él respondió que no daba ni para merendar. Hoy sigue siendo bastante así, aunque algo haya mejorado: ahora sirve también para hacer turismo. (Hasta hace no mucho a eso limitaba yo los beneficios prácticos de la lírica; recientemente me he visto obligado a reconocer que también tiene otras utilidades: me ha proporcionado casa en Mérida mi casera es escritora y una cuidadora para mi madre que me recomendó una poeta; y, ya puestos, no descarto que me sirva para alcanzar objetivos más sustanciosos, como un aumento de sueldo). Más allá del turismo, no obstante, no sé muy bien cuál pueda ser el provecho de que un autor completamente desconocido lea poemas en una lenguaje que le resulta extraño al puñado de personas que han tenido la amabilidad (o la excentricidad) de reunirse para escucharte. Aunque nunca se sabe: de conexiones tan livianas como esa han surgido hasta Premios Nóbel. En todo caso, a la audiencia le da la oportunidad de hacer preguntas que le reporten un conocimiento de primera mano de lo que pasa en el país del autor invitado, aunque esas preguntas no tengan nada que ver con su literatura y ni siquiera con la literatura. Por ejemplo, en Brno, esa ciudad en la que siempre he echado en falta una vocal, me encuentro con un caballero, sentado muy tieso en la primera fila, que levanta la mano en cuanto acabo de leer el último poema y pregunta con avidez en qué idiomas emite la televisión en Cataluña, y si la literatura catalana fue reprimida durante el franquismo. Luego averiguaré que ese caballero, un nacionalista moravio militante (aunque yo preferiría que fuese un nacionalista morapio, una fe que yo también practico con fervor), es conocido en todas las ciudades en las que se celebra el Mes de las Lecturas de Autor: "Ah, sí, el moravio", me decían en Breslavia, Ostrava y las demás. "¿Ya te ha preguntado por la represión de Cataluña?". En Breslavia, una de las ciudades más hermosas de Polonia un país pródigo en ciudades hermosas, me encontré con un encuentro de jóvenes católicos y con Justyna. Los jóvenes católicos, británicos, como demostraban las Union Jacks que hacían ondear en las mismas astas que la enseña blancoamarilla del Vaticano, se marcaban un bailecito kumbayá en corro en la plaza del Ayuntamiento, felices de demostrar a la concurrencia cuánto amaban a Dios y qué felices estaban de compartir aquel momento jubiloso con otros con las mismas supersticiones que ellos. Abundaban las sonrisas beatíficas y el diálogo relajado entre los acordes de hoguera de campamento de las guitarras. Yo distinguí entre las danzantes algún cuerpo privilegiado y no pude dejar de agradecer a la misericordia de Dios que nos regalara a los descreídos la contemplación de criaturas semejantes. En Breslavia cuna de Angelus Silesius, el poeta místico, autor del memorable Rimas espirituales: gnómicas y epigramáticas que conducen a la divina contemplación, después llamado El peregrino querubínico o querúbico, y Manfred von Richtoffen, el as alemán de la aviación de la Primera Guerra Mundial, cuando todavía era Breslau, capital de la Silesia germana, conocí también a Justyna, mi traductora y acompañante, con la que chupé unas cuantas y muy conversadas cervezas en el Literatka, un bareto presuntamente literario (aunque lleno de turistas) de la Plaza del Ayuntamiento. Hablamos de amor (no entre nosotros, sino con nuestras respectivas parejas), lo que no deja de ser un tema insólito de conversación entre una polaca y un español que se acaban de conocer. Pero Justyna demostró, no solo un conocimiento extraordinario del español, sino una simpatía y una inteligencia emocional que me han dejado un recuerdo imborrable de mi paso por Breslavia. Ostrava fue una parada menos espectacular que las bellísimas Brno y Breslavia, aunque tuve ocasión de conocer a las encantadoras Zuzana y Nikola, estudiantes universitarias de español, que me enseñaron la ciudad y con las que subí a la torre del ayuntamiento, su hito más destacado, y a Jan, mi presentador y traductor en la lectura, que se me antojó un remedo centroeuropeo de aquellos inteligentes conservadores británicos, como Churchill o Chesterton, que despotricaban del buenismo de las causas imbécilmente progresistas y fumaban puros; de hecho, Jan despotricaba de esas mismas causas y fumaba puros. La lectura en Ostrava tuvo lugar en un local underground deliciosamente cutre. Solo asistieron una docena de personas, la mitad de las cuales, además, se marcharon antes de que terminase. Eso es lo peor, creo yo, que le puede pasar a cualquier lector o conferenciante: que la gente se le vaya. Hay que mantener el tipo y seguir leyendo o hablando como si nada. Pero es duro constatar que lo que uno dice o hace no interesa lo suficiente al público como para que siga en los asientos. La cosa tenía al final un aire de catacumba desalojada, de reducto tenebroso de irreductibles o dormidos. Kosice es la ciudad natal de Sándor Marai, cuando era Kassa y pertenecía a Hungría. Toda Centroeuropa ha sido siempre un baile inacabable de fronteras y una sopa indiscernible de lenguas, culturas y gobiernos. Lo llamativo es que las desgracias inherentes a ese baile y esa sopa, es decir, a esas luchas de poder deportaciones, matanzas, guerras, no hayan inmunizado a sus habitantes contra las perversas solicitaciones del nacionalismo, con las que se revisten siempre. En Kosice leo en una biblioteca pública que antes fue cuartel del ejército excelente transformación, de la mano de Jozef, estudiante aún de instituto, al que veo como a un hijo, y Martina, profesora universitaria y, como casi todo el mundo en este ciclo, hablante de un perfecto castellano. Como me he quedado sin lectura he pasado muchas más horas de viaje de las planeadas, lo que ha hecho que agotara la provisión de libros que me había traído de España, me abalanzo a una tienda de Oxford Books que descubro en la calle principal Kosice es poco más que una calle principal, en cuyo centro está la catedral y compro, por 18,5 euros una pequeña fortuna aquí, un ejemplar de Viaje a España, de Karel Capek (otra palabra que lleva tilde en forma de uve en la ce), el inventor de la palabra robot, publicado por Hiperión en 1989, y que da la impresión de no haber sido tocado por nadie desde entonces. El libro incluye dibujos del propio Capek y el relato del viaje que hizo a nuestro país en 1930, plagado de los tópicos del flamenco, el andalucismo y la cultura árabe que habían difundido los viajeros románticos ingleses y franceses del XVIII y del XIX. La última escala del viaje es Leópolis, en Ucrania. Es una ciudad fascinante, encrucijada de culturas aún mayor que las otras que ya he visitado: ha sido polaca, sueca, austríaca, soviética y, por fin, ucraniana, amén de haber albergado importantes comunidades judías y armenias, y librado batallas con cosacos, tártaros, otomanos y alemanes, que pretendían ocuparla o lo hicieron brevemente. Allí conozco a Miren Agur Meabe, una excelente poeta y narradora vasca incluida en la antología Montañas en la niebla, publicada por DVD ediciones, y que me ha precedido en el ciclo. Ambos nos alojamos en un hotel austrohúngaro, el George, donde también se han hospedado personajes como Balzac, Liszt o Sartre, además de los nazis en la Segunda Guerra Mundial y los soviéticos de la Nomenklatura durante el régimen comunista. Que el hotel es austrohúngaro algo que haría las delicias de Luis García Berlanga se nota en la arquitectura y la decoración del local, pero también en que carece de aire acondicionado; y las habitaciones son un asadero, a lo que contribuye que el toallero-calefactor del baño esté siempre encendido. No obstante, me gusta, como me gustan las muchísimas iglesias de la  ciudad en las que los fieles siempre cantan y besan iconos, el café de Viena, con un inconfundible aire decimonónico, el castillo sin castillo en su lugar, en la colina más alta de la ciudad, se levanta un mirador y el cementerio Lychakiv, uno de los mayores museos de escultura morturia del mundo, donde está enterrado Iván Franko, el escritor más importante que ha dado esta ciudad, y por el que Miren y yo paseamos, sobrecogidos por la petrificada violencia de los grupos escultóricos y el dramatismo de las imágenes y los cementerios como el polaco dentro del cementerio. En Leópolis (cuando aún era Lemberg, en el imperio austrohúngaro) nació otro escritor relevante, que me resulta mucho más simpático que Franko, una gloria local a la que no conozco: Leopold von Sacher-Masoch, cuyo apellido ha inspirado el término "masoquismo", por las inclinaciones autopunitivas de sus personajes. En una calle se levanta una estatua de bronce, de tamaño natural, del escritor, que luce levita, el pelo moderadamente desordenado y una expresión nada perversa, sino, por el contrario, de gran sosiego y serenidad. En el centro del pecho, acaso para que la gente tenga claro que se trata de un personaje que alberga honduras sicalípticas, un agujero permite ver, al fondo, un cristal con la imagen de una mujer desnuda. Cuando Miren y yo ya estamos en el vestíbulo del hotel para ir al aeropuerto, de regreso a España, vemos que acaba de entrar Rosa Montero, pequeña y delgada, también participante en el ciclo. Miren la saluda y Rosa, que se abalanzaba a los ascensores, se detiene para escrutarnos con la incomodidad que le produce haber de interrumpir su carrera: "Es que estoy participando en un festival literario", nos dice, para justificar su prisa. "Nosotros también", le responde atinadamente Miren. "Oh, ah", acierta a decir Rosa, que, como era de prever, no nos conoce de nada. Pero apenas va más allá: nos pregunta si volamos con Ukranian International Airlines y le decimos que sí. "A mí me da miedo", nos confiesa, algo snob (la compañía se demostrará después, en nuestro caso, pulcra y eficiente). Luego se excusa alegando que se ha puesto la camiseta del revés y que ha de ir a la habitación para ponérsela del derecho, y esprinta al ascensor. Y Miren y yo salimos del George con la melancolía de quien abandona un lugar aristocrático y muy caluroso.