domingo, 18 de febrero de 2018

Italia (y 2): Como y Bérgamo

Como es una pequeña ciudad italiana, de no más de 80.000 habitantes, situada a la orilla del lago del mismo nombre, en la que, como dice mi amigo José Ángel Cilleruelo, resultan difíciles las metáforas. Llegamos en tren desde la cercana Milán. Está nublado y eso le resta esplendor al paisaje alpino que la rodea, pero al menos no llueve, como ayer en Milán. No obstante, el cielo encapotado le da un aire misterioso, como si un cendal de humedad velara las aristas de las cosas y entenebreciera lo evidente; y siempre es bueno que lo evidente lo sea algo menos. Iniciamos el descubrimiento de la ciudad por la passeggiata Gelpi (tuve un buen amigo en el colegio que se apellidaba así, Gelpi; se murió con poco más de cuarenta años), donde se suceden las villas neoclásicas, construidas entre los siglos XVII y XIX y rodeadas de fastuosos jardines, aunque en alguno deshaga la paz el estruendo insufrible de los sopladores de hojas, esas máquinas de Satanás con las que la desventura ha sembrado el mundo. En la villa Saporiti, cuya verja se interrumpe para no dañar a un árbol centenario y continúa al otro lado del tronco, se alojó Napoleón en 1797. Las residencias siguen, unas a otras Scacchi, Carminati, Gallia (la más antigua, de 1615), Parravicini-Revel, la elegantísima Volonté, hasta la famosa Villa Olmo, la única visitable, pero hoy cerrada por obras. En el paseo nos cruzamos con un hombre que está verde, como me señala Ángeles: debe de tener algún problema hepático. No sé si me gusta tener que enterarme siempre de las enfermedades de la gente, pero no puedo evitarlo: Ángeles me informa de todo con diligencia de galeno entregado. También nos cruzamos con el gato más grande y peludo que hayamos visto en nuestra vida: parece un pastor alemán. Un caballero lo pasea sujeto con una correa. Dos turistas se han parado a elogiar al bicho, que nos mira con la legendaria indiferencia de los felinos. Parece mucho más interesado en las palomas que se han posado en un pretil de piedra cercano. Pero la correa, y el hecho indiscutible de que su amo no le hace pasar hambre, le impiden saltar a por ellas. El zoo que parece ser esta parte de la ciudad se completa con los cisnes y las pollas de agua que se acercan discretamente a la orilla con la esperanza de que les demos de almorzar. Pero harían bien en no aproximarse demasiado: el hercúleo gato ya no mira a las palomas, sino a ellos. Nos dirigimos a continuación al centro histórico de la ciudad, donde destaca la catedral, cuya fachada presiden sendas imágenes de los Plinios, el viejo y el joven: ambos nacieron aquí (otro hijo ilustre de Como es Alejandro Volta, el inventor de la pila eléctrica; lo recuerda un templo voltiano, junto al agua). Se puede entrar sin pagar, algo cada vez más infrecuente en los países turísticos, pero dentro no dejamos de encontrarnos con rótulos que dicen Stop tourists e impiden el paso a una u otra parte de las naves. Casi preferiría pagar. El templo es también de mármol, como el Duomo milanés, pero, tras haber visto este, todas las iglesias nos parecen insignificantes. (Nos pasa, mutatis mutandis, como al gran Pepe Rubianes, al que una vez Andreu Buenafuente le hizo una entrevista en la televisión catalana que duró toda una noche. Al acabar la siguiente en la que participó, que solo había durado 25 minutos, Rubianes exclamó: "¿Ya está? ¡Pues vaya mierda de entrevista!"). El paseo por las callejas medievales nos conduce hasta el Antica Riva, un restaurante del puerto donde decidimos comer. Sufro ahí una de las consecuencias del conocimiento insuficiente (o más bien de la ignorancia total) del idioma: pido una zuppa, creyendo, como creería cualquier español, que es una sopa, y me sirven un potaje de garbanzos con tocino que casi acaba conmigo. Por suerte, el vino blanco, un Ferghettina Custefranca de 2016, me tonifica lo suficiente como para volver a la paseata. Pasamos por delante de la inquietante Casa del Fascio, la sede del partido de los camisas negras construida en 1936, un cubo enjambrado de ventanas, ejemplo supremo del racionalismo mussoliniano, al que también se adscribe el monumento a los caídos, cercano a la passeggiata Gelpi, y que Ángeles ha tomado por el típico monstruo de cemento descerebradamente construido en el lugar más inoportuno. Yo le he aclarado que es un memorial de guerra levantado en 1930, y que los memoriales de guerra levantados en 1930 en Italia eran así. Subimos luego a Brunate, el pueblo que corona la colina septentrional de la ciudad. El funicular está lleno de chinos. En Brunate disfrutamos de las vistas de Como, a pesar de la persistente bruma, y recorremos calles que serpentean entre villas, no tan espectaculares como las del paseo lacustre, pero más alpinas (alguna, completamente de madera, parece la casa de Heidi) y también hermosas. Entre dos de ellas han construido un minifunicular que permite salvar el desnivel que las separa. Ignoramos si también se llena de chinos. El día acaba con un melancólico paseo en ferri por los pueblos a la orilla del lago —Tavernola, Cernobbio, Torno, desde donde divisamos más y más cumbres nevadas, y más bosques espesos, y más residencias de lujo, aunque ninguna sea Villa Oleandra, la casa palaciega del s. XVIII que George Clooney se compró en Laglio, un pueblecito al que este transbordador, por desgracia, no llega.

Bérgamo, que visitamos al día siguiente, es, en realidad, dos ciudades: la baja, moderna y prescindible para el turista, y la alta, la vieja urbe medieval, admirablemente conservada, a la que también se puede llegar por funicular, que viene funcionando desde 1887. Así lo hacemos nosotros. En este no hay chinos. Bérgamo es la ciudad de Gaetano Donizetti, el compositor que nació, vivió y murió aquí, y cuyo recuerdo cultivan numerosas placas en la ciudad: hay una en la casa en la que nació, otra en cada una de las casas en las que vivió, otra en la que murió, y así sucesivamente. Donizetti está enterrado en la basílica de Santa María la Mayor, y la placa correspondiente lo califica de trovatore fecondo di sacre e profane melodie, lo que no parece mala cosa. En el exterior de la basílica, destaca el nártex del transepto izquierdo (signifique esto lo que signifique), sustentado por columnas que, a su vez, descansan en sendos leones de mármol. En el interior deslumbran los tapices y frescos que la cubren por completo. Ángeles y yo los contemplamos con la boca abierta, como buenos provincianos. En la capilla de San Vincenzo, de la vecina catedral, se conservan reliquias del santo papa Juan XXIII, quizá el pontífice que mejor me caiga de toda la historia de la cristiandad (acabo de comprarme Los papas. Una historia, de John Julius Norwich, publicado por Reino de Redonda, la editorial de Javier Marías, que es toda una garantía de placer [la editorial, digo, no Javier Marías]: estoy deseando conocer los entresijos de esa preclara institución que es el papado, dedicada sin excepción a promover el entendimiento y la paz entre los hombres, y a hacer el bien). Allí vemos, entre otros objetos personales (es decir, todo lo personales que pueden ser los objetos de un papa), su tiara y el ataúd en el que descansó de 1963 a 2000, junto a una gran estatua que lo representa, con ese aspecto cansado que siempre tienen los sucesores de Pedro. Comemos en una vinería, en la que coincidimos con un banquete nupcial. Pero este banquete nupcial no tiene nada que ver con los españoles, que suelen organizarse en hangares junto a carreteras secundarias y reunir a varios centenares de invitados deseosos de cortarle la corbata al novio y de atarse la suya a la frente como apaches. Este es discreto y morigerado. Los comensales no pegan risotadas, ni aúllan, ni se suben a la mesa a bailar un zapateado (o lo que quiera que se baile en Lombardía en estas circunstancias). Hablan con recato, como si estuvieran intercambiando información sobre las últimas publicaciones del Instituto de Geología. Se suceden los regalos, eso sí, pero hasta los regalos son comedidos (e incluso feos: una figura de cerámica de un gato le parece horrenda a Ángeles, quizás impresionada todavía por el que vimos ayer en Como; de hecho, también la novia tiene un aire gatuno). Tras la comida, reparamos en un taller de casullas y vestuario religioso, tan chic como cualquier tienda de moda de Milán (qué escaparate, por Dios, y nunca mejor dicho; qué juegos de luces; qué casualness tan estudiada) y subimos al campanario de la Torre Cívica, del s. XIII y 53 m de altura, desde donde, bajo el imponente campanone, y resistiendo el gélido viento alpino, contemplamos el apiñamiento medieval de la Città Vecchia, apresada aún por murallas, los techos de teja, las pizarras y plazoletas, y la vasta cuenca lombarda en la que se asienta, con la Bérgamo nueva a los pies. Con el pronto declinar del sol, baja aún más la temperatura, y el empedrado romano de la mayoría de las calles, pintoresco pero incómodo, nos tiene ya cansados los pies. Decidimos, pues, retirarnos, no sin antes tomarnos un té, al módico precio de 4,5 euros, en un saloncito en el que, asombrosamente, encontramos una mesa libre: todo está ocupado hoy en Bérgamo; el turismo no descansa nunca, ni siquiera en este febrero helado. Unos jubilados en la mesa vecina hablan de fútbol y, estos sí, gritan; es lógico: se trata de fútbol y se palmotean ruidosamente las espaldas. Pero no nos molesta. El té pasa bien y el día ha sido agradable.

En el avión de regreso a España, de la hórrida Ryanair, el sobrecargo se pasa el viaje intentando vendernos cosas, desde perfumes de lujo a cruasanes calientes, pasando por lotería solidaria. Lo hace con una voz deliberadamente aterciopelada, como si estuviera anunciando condones o Cincuenta sombras de Grey. Y en el metro en el que voy de Barajas al centro de Madrid, me siento delante de un grupo de tres personas que padecen alguna deficiencia mental. Uno de ellos se pasa el viaje hurgándose la nariz y comiéndose los mocos. Lo llamativo no es que lo haga, sino cómo la hace: se hunde todo el meñique en la nariz. Más que mocos, debe de estar arrancándose pedazos de cerebro. Qué bien. Ya estoy otra vez en casa.

martes, 13 de febrero de 2018

En Italia (I): Milán

Milán es una ciudad compuesta por un montón de vías layetanas: por calles de mucho tráfico, ceñidas por edificios pretenciosos, amazacotados y grises. Que haya llovido durante casi toda nuestra estancia no ha ayudado: la sensación de grisura, incluso de lobreguez, ha sido aún mayor. No obstante, Milán cuenta con algunas cosas no solo dignas de visitar, sino, probablemente, sin igual en el mundo, como el conjunto formado por la catedral el Duomo—, la plaza de la catedral y la galería Víctor Manuel II, que la conecta con el teatro de La Scala. La primera cuya construcción ha durado casi seis siglos; se acabó, oficialmente, en 1965 es un fastuoso templo gótico, en el que caben 40.000 personas, enteramente revestido de mármol y adornado con centenares de estatuas, tanto dentro como fuera, todas distintas y todas perfectas. En las terrazas, a las que se puede subir, se siente uno perdido en un bosque de pináculos, gárgolas, chapiteles y cresterías. Ángeles no lo disfruta, porque tiene vértigo. Yo respiro un aire de piedra, mezclado con los miasmas del catarro que inevitablemente cojo cuando salgo de viaje. Al interior se accede tras pagar un congo y ser cacheado por soldados del ejército, vestidos de camuflaje y con el arma terciada. Las vidrieras, descomunales, vuelcan en las naves una luz incendiada de colores. La estatua de San Bartolomé, de Marco da Agrate, saluda a los fieles y visitantes con serenidad, lo que resulta notable, teniendo en cuenta que el santo fue despellejado vivo por orden de Astiages, rey de Armenia, que lo conminó infructuosamente, quod erat demonstrandum a abjurar de su fe. Su cuerpo se alza con los músculos y tendones a la vista, y su rostro no expresa dolor alguno. Más aún: toda su actitud es de sosegada aceptación, y hasta de complacencia, como demuestra que se cubra, como si fuera una toga, con la piel que le ha sido arrancada. A su espalda queda la de la cabeza, con barba y todo. La indiferencia ante el dolor infligido por los enemigos de la fe era una constante en la representación de los santos, y del propio Jesucristo, por parte de los artistas cristianos. Con ella significaban la fortaleza sobrehumana que les infundía su credo, que volvía baladí la tortura física. Por eso el oscense Lorenzo, puesto a freír en una parrilla, fue capaz de espetarles a sus verdugos: "Dadme la vuelta, que de este lado ya estoy hecho" (aunque el hecho de que fuera maño quizá explique su virtuoso desplante mejor que la intensidad de su devoción); o el narbonense Sebastián parece estar tomando el sol, con aire que ha fascinado siempre, comprensiblemente, a los gays, cuando las flechas de los soldados de Diocleciano lo convierten en un alfiletero. Ante la efigie milanesa de Bartolomé, Ángeles siente una doble exaltación: como patóloga, admira la representación anatómica del santo, hecha con precisión de autopsia; como católica, se complace en la entronización de la fe que encarna, y nunca mejor dicho, el santo.

En Milán, como en casi todas las ciudades italianas, pervive la arquitectura fascista. Benito Mussolini, el autócrata de opereta, pero no por ello menos sanguinario, al que parodió Chaplin en El gran dictador, quiso recuperar la grandeza de la Roma imperial con una arquitectura de corte racionalista, que subrayara la solemnidad de su régimen con la armonía y la gravidez de sus construcciones. La monstruosa estación central de tren es obra de Mussolini (aunque despojada de las dos desmesuradas águilas fascistas que la presidían); también el no menos colosal palacio de justicia (donde la justicia poética ha querido que se juzgara y condenara a Silvio Berlusconi, discípulo suyo). Cerca de la primera se encuentra la plaza Loreto, donde, a finales de abril de 1945, se sometieron a todo tipo de ultrajes y se acabaron colgando boca abajo los cadáveres del dictador y de su amante, Clara Petacci, fusilados un día antes. Otro ejemplo de (horrible) justicia poética: en ese mismo lugar, algunos meses atrás, los funcionarios de Mussolini habían colgado los cuerpos de 15 partisanos antifascistas. El racionalismo fascista, valga el oxímoron, aunque solo a efectos arquitectónicos, sobrevive también en algunos lugares más amables, como la villa Necchi Campiglio, la maravillosa residencia de la familia homónima, diseñada por el arquitecto Piero Portaluppi, autor también del pabellón de Italia en la Exposición Universal de Barcelona de 1929. Los camisas negras hicieron de ella su sede en la Segunda Guerra Mundial. Pero también, una vez liberada la ciudad, los británicos. A todos les gustaba, y todos se esforzaron por preservarla. En el interior, vemos una fotografía de Juan Carlos I dedicada, en 1986, a Gigina Necchi, la última propietaria del edificio, en el que murió casi centenaria. Y también una agenda de teléfonos, de cuando aún había agendas de teléfono, al lado de un teléfono de pasta. Está abierta por la página en la que consta anotado el número de Simeón, aquel rey de Bulgaria al que Franco ofreció asilo en España. Pero no creo que conteste si lo llamo.

Milán, con toda su grisura, es una ciudad riquísima, aunque, nos aseguran, también tiene barrios pobres. Pero nosotros no los vemos. Lo que vemos son tiendas innumerables, todas exquisitas, todas decoradas con un gusto superior, y todas muy caras. Y, por todas partes, unos precios londinenses: en Taveggia, un antiguo y hermoso café art nouveau, me cobran ocho euros por un té. Lo repito, porque aún no he salido del estupor: ocho euros por un té. En las calles Montenapoleone y La Spiga, paralelas, se concentran las tiendas internacionales más exclusivas. Ambas constituyen las grandes construcciones del capitalismo moderno, que ya no son estaciones de ferrocarril, ni palacios de justicia, ni siquiera suntuosas villas familiares. Estas son las divinidades del sistema, todas cortadas por el mismo patrón: una decoración espectacular, que constituye una obra de arte en sí misma; unos productos solo al alcance de la élite económica; unos porteros con cuerpos de atleta, vestidos con trajes a la medida, muchos de ellos negros (los porteros, no los trajes: la negritud subraya la impresión de servidumbre que las marcas desean transmitir a sus clientes); unos guardias por la calle con chalecos antibalas y subfusiles de asalto; y unos mendigos, también por la calle (pero no patrullándola, sino tirados en las aceras), que sobreviven, con riesgo de sus vidas, al difícil invierno lombardo. Mientras paseamos, asediados por un lujo inalcanzable, nos cruzamos con un hipster multimillonario que luce borsalino, barba trapezoidal, traje y chaleco a cuadros, leontina de oro y zapatos stefano berner. Y también con unos cuantos deportivos de colores chillones, que pasan conteniendo el rugido. Esta es, me dicen, la calle preferida de Cristiano Ronaldo en Milán. A mí, en cambio, el lujo siempre me ha parecido una gilipollez.

Milán es una de las capitales mundiales de la moda, y eso es algo que también está siempre presente en las calles. Las mujeres, en particular, exhiben un estilo delicado y al mismo tiempo ostentoso, que remarca un fenotipo delgado, tal vez demasiado escurrido para mi gusto. Y casi todas visten de negro: el negro es el color más elegante, y además adelgaza. Pero no solo en el vestuario se refleja la finezza que caracteriza a los italianos (y cuya ausencia caracteriza a los españoles, como recordó Giulio Andreotti, aquel finísimo mafioso), sino en todo: en el mobiliario de los bares, en el alumbrado público, en las tiendas de flores, en la forma de moverse y hablar. La exquisitez de las personas y las cosas impregna el ambiente: lo esculpe. Hasta tal punto que lo disonante chirría con una estridencia singular. Cuando paseamos por la galería Víctor Manuel II, que es lo que en Londres se llama una arcade, pero a lo bestia, nos cruzamos con dos especímenes de cierta mulier hispanica: muy gordas, despeinadas, con prendas de chándal, baratas y ceñidas, que subrayan el desparramarse de las carnes; y las dos fuman y hablan a voces (en catalán). Son el paradigma del turismo pueblerino, del descuido y la torpeza, del desaliño y la fealdad. Y compatriotas nuestras.

viernes, 9 de febrero de 2018

Homo legens

Otra vez me acojo a la hospitalidad de Los Papeles de Brighton, la editorial primero inglesa y ahora palmesana que dirige el poeta y escritor Juan Luis Calbarro, para dar a conocer, en esta ocasión, una nueva recopilación de reseñas y artículos críticos publicados en diversos medios culturales en estos últimos años. Hace cinco entregué Décimas de fiebre, que ya va yo lo celebro, claro— por la segunda edición (https://lospapelesdebrighton.com/2014/02/12/eduardo-moga-decimas-de-fiebre/). Como expuse entonces y recuerdo ahora, Los Papeles de Brighton ofrece un modelo editorial diferente: la edición digital a demanda. Sus libros no están en las librerías, porque no siguen el circuito de impresión, distribución y venta por el que transitan, con no pocas dificultades y fatigas, buena parte de los libros que se producen. La clave de Los Papeles de Brighton consiste en sustraerse a los dictados de las empresas distribuidoras, la carencia de espacio de las librerías y los vertiginosos índices de rotación de las novedades —es decir, a todo lo que entorpece la visibilidad de los libros, aunque el cometido de distribuidores y libreros no sea otro que dársela— y fiar a Internet el conocimiento, difusión y, en última instancia, venta de los suyos. Es un modelo arriesgado, pero acorde con los tiempos y que sabe sortear muchos de los problemas que plantea el almacenamiento de los libros, la saturación del mercado editorial y el carácter minoritario de géneros como el ensayo o la poesía. Así, el lector interesado solo tiene que entrar en la página web de la editorial y encargar el libro, que le llegará por correo en unos pocos días. Considero un privilegio publicar un compendio de reseñas y algunos trabajos de investigación en un país en el que, salvo contadas excepciones, la crítica literaria no tiene apenas presencia pública (ni, lo que es peor, autoridad moral). De momento, he tenido suerte: esta es mi quinta recopilación, tras De asuntos literarios (publicado en México en 2004), Lecturas nómadas (Candaya, 2007), La disección de la rosa (Editora Regional de Extremadura, 2015) y Apuntes de un español sobre poetas de América (y algunos de otros sitios) (que, de nuevo, viajó a México para ver la luz, en 2017). Concibo la crítica como la tercera pata de mi actividad literaria, tras la creación poesía y prosa— y la traducción, aunque, en realidad, las tres sean creación. Y me agrada ejercerla, porque, como he dicho en muchas ocasiones, me gusta hablar de lo que me gusta. La reseña literaria es un arte sutil, que conviene ejercer con tino. Requiere claridad, pero esa claridad no puede rebajarse a escaparatismo. La buena crítica exige juicio: la mera descripción, que es en lo que muchos de los llamados a opinar sobre la literatura se refugian, no aporta nada. Y también requiere ecuanimidad, una virtud que algunos plumillas se complacen en despreciar, como si cegarse a los valores de la obra y toda obra tiene alguno— fuese a iluminar a los lectores. El coloquialismo excesivo, la charleta amical, tampoco es recomendable. La voluntad de no extraviarse en arcanos filológicos (aunque no esté de más conocer algunas filologías: la filología no es sino el amor a la palabra y los conocimientos que ese amor ha desvelado) no debe conducir a la superficialidad boba o el elogio impresionista. El respeto al lector que supone la crítica bien concebida y bien hecha demanda adentrarse en el texto con espíritu abierto, pero también con bagaje intelectual, sostén teórico y voluntad iluminadora. Y escribir bien, desde luego. La crítica, con sus limitaciones, con su función ancilar, debe situarse a la altura estética del original o, por lo menos, aspirar a él— y dar placer. Algo de todo esto espero haber conseguido en Homo legens, que, a la vista de la hermosa ilustración de la cubierta una hidra griega del Museo Británico—, quizá debería titularse, mas propiamente, Mulier legens. No me importaría.


Este es el enlace del libro en Los Papeles de Brighton: https://lospapelesdebrighton.com/2017/12/23/eduardo-moga-homo-legens/

Y este, el índice del volumen:

I. EN ESPAÑOL

- El otro, yo [sobre Versiones y subversiones, de Max Aub]
- Battersea Park y un amor obviamente imposible [sobre Felicidad Blanc y Luis Cernuda]
- Escribo la casa que me acoge [sobre Almacén. Dietario de lugares, de José Ángel Cilleruelo]
- Perfume de incencio [sobre
El libro de Cartago, de Juan Eduardo Cirlot]
- Puntualizando [sobre Sobre las íes. Antología personal, de Gerardo Deniz]
- Memoria del ave encanecida [prólogo de Memoria del ave encanecida, de Ángel Fernández Benéitez]
- El laberinto de las permutaciones [sobre Ya nadie se llamará como yo + Poesía reunida (1998-2012), de Agustín Fernández Mallo]
- La ciudad desolada [sobre Ciudad del hombre, de José María Fonollosa]
- Nada: vida [sobre Las formas de la nada, de Moisés Galindo]
- La hondura de los vientos [sobre A pesar de los vientos. Poesía completa, de Manuel González Sosa]
- Sobria y encendida meditación sobre la muerte [sobre Matriz de la ceniza, de Máximo Hernández]
- Fragmentos no: hebras [sobre La ruta natural, de Ernesto Hernández Busto]
- Combate fiero en la tierra y el papel [sobre Tierra de nadie. La literatura inglesa y la Gran Guerra, de Gabriel Insausti]
- La poesía nos salva [sobre Todos los Madrid, el otro Madrid, de Edwin Madrid]
- Lo permanente es la inestabilidad [sobre Sistemas inestables, de Rubén Martín]
- Un narrador espléndido y desconocido [sobre Cien centavos, de César Martín Ortiz]
- Cartilaginosa cadena [sobre El amor en la literatura. De Eva a Colette, de Blas Matamoro]
- Lengua calcinada, poesía viva [sobre Los colores del tiempo, de Clarisse Nicoïdski]
- La humanidad de los metales [sobre Fiebre y compasión de los metales, de María Ángeles Pérez López]
- Daniel Riu Maraval: el ser y sus símbolos [sobre Daniel Riu Maraval]
- El lenguaje poético de Rosenmann-Taub [sobre El duelo de la luz, de David Rosenmann-Taub]
- ¿La poesía ha de ser verdad? [sobre Contra Visconti, de J. Jorge Sánchez]
- Lo pequeño e intenso [sobre La vida mitigada, de Tomás Sánchez Santiago]
- La nada total que soy [sobre Poesía completa, de César Simón]
- Hacia el otro lado [sobre Doblez, de Silvia Terrón]
- Una historia personal de la literatura [sobre La literatura española, de Julio Torri]
- Una sombra que da mucha luz [sobre Sombra roja. Diecisiete poetas mexicanas (1964-1985), de varias autoras]
- Con una lima rompían antes los presos los límites de su encierro [sobre Limados. La ruptura textual en la última poesía española, de varios autores]
- El hospital que no sana [sobre Obra completa, de Héctor Viel Temperley]
- María Zambrano, poeta [sobre María Zambrano]

II. EN INGLÉS

- La complejidad del amor [sobre Sonetos y canciones. Poesía erótica, de John Donne]
- Poeta de todo [sobre Ginza Samba, de Robert Pinsky]
- Hacer reír a tus carceleros [sobre El monstruo ama su laberinto, de Charles Simic]
- Mujeres beat [sobre Beat attitude. Antología de mujeres poetas de la generación beat, de varios autores]

III. EN OTRAS LENGUAS

- Hijo ilegítimo y padre de la vanguardia [sobre Zona y otros poemas de la ciudad y del corazón y Hay, de Guillaume Apollinaire]
- Breton, en el centro, al margen [sobre Pleamargen, de André Breton]
- La liberación de Rumanía [sobre El Levante, de Mircea Cartarescu]
- La soledad del suicida [sobre Paul Celan]
- La falta de rima [sobre Poesía, de Michel Houellebecq]
- Una poesía que hierve [sobre Punto de ebullición. Antología de la poesía contemporánea en gallego, de varios autores]
- Existencialismo radical [sobre Todo es ahora y nada. Tot és ara i res
, de Joan Vinyoli]

lunes, 5 de febrero de 2018

Por qué no estoy en las redes sociales

Algunos me lo preguntan, entre sorprendidos e incrédulos. La expansión planetaria de las redes y la generalización de su uso han hecho que los pocos que no las utilizamos seamos vistos como unos anticuados o, con la agresividad propia de esas mismas redes, unos vejestorios, incapaces de adaptarnos a los tiempos modernos o unos bichos raros, empecinados en despreciar lo que fascina a la inmensa mayoría. Si todo el mundo, y sobre todos los más jóvenes, está en Facebook, Twitter, Instagram o cualesquiera de las muchas y superferolíticas plataformas digitales que campan en la sociedad, y que ya se han convertido, por lo que dicen, en una forma insustituible de relacionarnos con los demás, ¿por qué nosotros no? Curiosamente, en estos últimos meses no dejo de leer en la prensa (y en Internet) testimonios de personas que han estado muy vinculadas a algunas o a todas ellas y que ahora, habiéndolas conocido a fondo, abjuran de ese pasado y afirman haberse desenganchado para siempre de ellas. Más aún: no pocas de esas personas han tenido cargos de responsabilidad en las empresas que las han creado o desarrollado, y eso los ha hecho especialmente conscientes de sus peligros y de los perjuicios que causan. Chamath Palihapitiya, por ejemplo, un alto ejecutivo de Facebook entre 2007 y 2011, ha afirmado que las redes sociales "están desgarrando a la sociedad" y "programando el comportamiento de la gente". Sean Parker, uno de los primeros directivos de la compañía, ha reconocido haberse convertido en un «objetor de conciencia» de las redes sociales, y sostiene que Facebook y otras redes sociales explotan las vulnerabilidades de la psicología humana, algo por otra parte evidente, pero a veces es necesario (y también triste) que alguien nos recuerde lo evidente. Muchos otros Tristan Harris y James Williams, de Google; Justin Rosenstein, de Facebook; Roger McNamee, de Google y Facebook; Loren Brichter, de Twitter, entre otros reconocen que el uso inmoderado de las redes (pero siempre es inmoderado: ellos han contribuido a diseñarlas para que lo sean) secuestra el cerebro, reduce la inteligencia y genera aislamiento, dependencia e infelicidad. Pese a ello, no seré yo quien niegue ni se niegue a los beneficios de la cultura digital, que ha aportado avances fundamentales en la comunicación, el arte y, en suma, la sociedad humana. De hecho, estoy escribiendo esto en una de sus herramientas a mi juicio más destacadas: un blog. Las bitácoras digitales han abierto una nueva ventana para la información y, aún más importante, para la literatura: son una forma viva, directa, de abordar la creación, con la frescura de la proximidad y de la rapidez, y también una nueva manera de editar, esto es, de dialogar con el lector (aunque los gurús del silicio llevan tiempo diciendo que los blogs son una antigualla y que están condenados a la desaparición: lentos, pasivos, unidireccionales, no pueden competir con la velocidad abracadabrante de la comunicación, esa sí, inmediata; los blogs son los dinosaurios de la web). Soy, asimismo, una apasionado usuario del correo electrónico, que me parece uno de los grandes inventos de la humanidad, junto con la cama, la novocaína y el jamón serrano. También estoy en linkedin, aunque esto no me haya proporcionado hasta ahora ninguna oferta de trabajo, sino solo un fatigoso goteo de gente, la mayoría desconocida (aunque de lugares muy exóticos: son divertidas las universidades tan remotas en las que trabajan los que quieren hacer un linkedin conmigo), que desea establecer contacto con uno. Hasta figuro en Facebook, pero por decisión del sistema, que se conoce que toma sus propias decisiones, como al parecer harán muy pronto todos los ordenadores. Me han dicho que aparezco en una página, pero no la he creado yo, sino el propio Facebook, que atrapa a los personajes cuyo nombre tenga alguna circulación en el cosmos digital, por pequeña que sea, y se los apropia. La ubicuidad, la voracidad y la capacidad reproductiva del sistema te apresan, aunque tú no quieras. Quizá al sistema también le parezca inconcebible que alguien con alguna presencia pública no disfrute de los beneficios de la red ni participe de sus prodigios. Esa página existe, pues, pero yo no la he visto nunca, ni sabría utilizarla; ni siquiera sabría cómo entrar. Salvadas las utilidades que lo digital ofrece, que no son pocas, quedan las redes propiamente dichas. Y ahí es donde no he dado el paso, ni creo que, tal como pintan las cosas, lo dé nunca. Me disgustan las muchedumbres, y muchedumbres, siempre prestas a convertirse en jaurías, son las que constituyen las comunidades digitales. Me disgusta la superficialidad, definitoria de todas las redes y de las relaciones que propician: para consignar algo interesante en los 140 caracteres que permite Twitter, hay que ser un perito aforista, y la desalentadora realidad es que ni siquiera los aforistas profesionales son peritos siempre. Me disgusta la anonimia (o la heteronimia maliciosa), permitida y hasta estimulada por las redes: la anonimia es siempre una demostración de cobardía. Me disgustan los patios de vecinos: los cotilleos vacuos, la banalidad militante, el chismorreo estúpido, la ignorancia sin fin. Me disgustan el odio, la crueldad, la sobrecogedora capacidad para insultar que tiene la especie humana, que se vuelca, incontenible, en los comentarios y, por llamarlos algo, los debates de las redes: ese odio las impregna de un regusto tenebroso, del sabor ácido de lo más reptiliano y peor de la condición humana. Me disgusta la imbecilidad, que recorre las redes (y, ay, el mundo entero) a la velocidad de la luz. Me disgusta todo aquello que nos somete al escrutinio y al control tácito de la masa, que nos subordina a su aceptación o su rechazo, a su beneplácito o a su detestación. Me disgusta lo que nos vuelve adictos sin enriquecernos: lo que nos esclaviza, lo que nos roba el tiempo, el bien más valioso, lo que nos ata psicológicamente a esperanzas y relaciones irreales, que no nos dan ni placer ni consuelo, ni nos ayudan a enfrentarnos a las dificultades de la vida. Me disgusta, en fin, sacrificar mi intimidad, ofrecerla a desconocidos y a canallas, a cambio de un "me gusta" o un retuit (creo que se llama así). No sé si estas son razones suficientes, o solo motivos para confirmar que soy un anticuado —un vejestorio— o un bicho raro, pero me bastan.

jueves, 1 de febrero de 2018

En Olivenza con Teresa Morcillo

Teresa y yo pasaremos la mañana en Olivenza. Nos apetece despejarnos de las rutinas diarias y visitar un lugar diferente como este, aunque el día no sea propicio: el frío y los bancos de niebla en la carretera enturbian los movimientos y parecen invitar a refugiarse en casa. Pero llegamos sin novedad a la ciudad, ese enclave que ha sido, desde 1256, templario, castellano, portugués, español, portugués, español, portugués y, por fin, español. Pertenece a nuestro país (parece que definitivamente, pero eso, como diría Rajoy, nunca se sabe) desde 1801 por "derecho de conquista", un título, siempre sobrecogedor, al que dieron coartada jurídica los tratados de Badajoz y Madrid del mismo año. La conquista se debe a Manuel Godoy, el príncipe de la Paz, que, por la alianza que España mantenía a la sazón con Francia, y deshonrando su nombre, desencadenó la llamada Guerra de las Naranjas y, tras una campaña de 18 días, ocupó Olivenza y varios pueblos de los alrededores. La anexión de Olivenza a España ha alimentado el irredentismo portugués desde entonces (todavía hay un Comité Olivenza Portuguesa que difunde sus reivindicaciones entre los oliventinos), aunque, por fortuna, nunca la haya convertido en un casus belli. De hecho, la diplomacia portuguesa, tras el "silencio aquiescente" que ha mantenido sobre la cuestión en el s. XX, la considera ya "sin actualidad diplomática", es decir, susceptible de ser arrumbada en el baúl de las antiguallas históricas, aunque sin renunciar oficialmente a su reclamación. Lo primero que visitamos en la ciudad es la capilla de la Misericordia, con el escudo de Portugal y dos esferas armilares fuera, coronando la puerta adintelada, y una fastuosa azulejería historiada dentro, obra del maestro Manuel do Santos, que, no obstante su pericia, cometió el desliz de ilustrar el deber cristiano de vestir al desnudo con una imagen de Dios entregando a Adán y Eva, para que se abrigaran, dos paletós del s. XVIII. Las calles de Olivenza, hoy dominicales, están muy tranquilas. Apenas algún vecino asoma, aún soñoliento. Observo que los nombres de las calles están rotulados en español y, debajo, en azulejos más pequeños, en portugués. También reparamos en la abundancia de mármoles, capillas y caserones, y en las hileras de naranjos de copas recortadas con esmero. Las casas son blancas, y todo está limpio y despejado. Pasamos por delante del ayuntamiento, con su arborescente portada manuelina, y llegamos, callejeando, hasta el monumento a las víctimas del terrorismo, que manuelino, desde luego, no es. No lejos de este vemos una cuchillería que exhibe una rica colección de facas albaceteñas, con las hispánicas leyendas "Recuerdo de Olivenza" o "Recuerdo de Extremadura" en las cachas. Nos hace poca gracia el arsenal de machetes y sacabuches, pero peor sería en los Estados Unidos: allí se exponen lanzagranadas y fusiles de asalto. Como hace frío, y la visión de las charrascas nos ha dejado aún más helados, nos metemos en una chocolatería con el noble propósito de caldearnos con un chocolate con porras. El resultado es inmejorable: ambos, chocolate y porras, cumplen con creces su cometido; y las porras están extraordinarias: sabrosas y densas (no como esas otras de una porosidad inadmisible, igual que buñuelos de viento), no chorrean aceite, su acostumbrado defecto. Recuperada la templanza, nos acercamos a la iglesia de Santa María Magdalena. Allí nos reunimos con Miguel Ángel Vallecillo, el director del Museo Etnográfico de Olivenza, amigo de Teresa, que ha tenido la gentileza de ofrecerse como guía no solo del museo, sino también del resto de nuestra visita. Miguel Ángel subraya el simbolismo marino del templo, y nos señala las bolas del mundo envueltos por olas de piedra en las basas de las columnas, las sirenas en las ménsulas, las pilas bautismales con forma de conchas y las maromas que acenefan el coro y otros espacios. De las columnas torsas nos dice que no pretenden sugerir los calabrotes de un barco, como se sostiene comúnmente, sino el movimiento de las olas, aunque tanto Teresa como yo acogemos esta sorprendente afirmación con escepticismo: es una explicación muy poética, pero desacorde con la comunidad científica que Teresa, licenciada en Historia del Arte, conoce bien y con el propio ayuntamiento de Olivenza, que en su página web sostiene que las columnas de la iglesia "parecen evocar los calabrotes de un navío". Miguel Ángel aporta en su defensa el dato de que los calabrotes se  hacen con tres cordones, mientras que las columnas presentan cuatro. No sé si es un argumento muy sólido, pero él lo esgrime con convicción. También nos señala una puerta falsa, cubierta de azulejos, y nos explica que, durante mucho tiempo, la puerta existió de verdad, pero que un obispo decidió cegarla porque daba a la calle de la prostitución y permitía, con demasiada frecuencia, que los curas y feligreses salieran de la casa de Dios para entrar en  otras casas menos recomendables. El celo del mitrado me recordó un caso parecido, aunque menos sicalíptico. En la iglesia de Santa María la Mayor, de Soria, había una ventana desde la que los hijos de la Iglesia veían las corridas de toros que se organizaban en la plaza. El  prelado de turno también ordenó tapiarla, porque no podía tolerarse que los clérigos descuidaran las obligaciones de su alto ministerio para entregarse a los placeres de la tauromaquia. Pero no es la puerta tabicada el único rincón singular de Santa María Magdalena. En una de sus paredes se recuerda el milagro del arroz ocurrido en Olivenza, por la intercesión del beato Juan Macías, el 23 de enero de 1949. Miguel Ángel subraya que la Iglesia solo ha reconocido, en sus ya dos mil años de historia, dos milagros consistentes en la multiplicación de los alimentos: el de los panes y los peces, que no tiene demasiado mérito porque está en la Biblia, y el del arroz de Olivenza, que es, por lo tanto, un portento específicamente hispano, un milagro patrio. En la antigua Casa de Nazaret del Instituto San José, hoy Centro Parroquial San Juan Macías, se conservan todavía los fogones y el cazo en los que se materializó el prodigio. Se conoce que allí las apenas tres tazas de arroz que se estaban cociendo para alimentar a 200 necesitados (en España, en 1949, había muchos necesitados) estuvieron creciendo durante cuatro horas hasta que todos tuvieron bastante. El guiso llevaba algunos trozos de carne, aunque no se especifica si la carne también se multiplicó. El arroz cunde mucho, pero parece improbable que 750 gramos del cereal alcanzaran para 200 personas. Al parecer, la cocinera que estaba preparando la comida en la cocina, Leandra Rebollo, sabedora de la insuficiencia de la pitanza, se lamentó así al beato Juan Macías: "¡Ay, beato! ¡Y los pobres, sin comida!", y entonces el beato, conmovido por su invocación, acudió a socorrer a los menesterosos. Con ello estos comieron un día más y Juan Macías fue ascendido a santo, aunque, con la proverbial celeridad de la Iglesia, no hasta 1975. Mientras nos enteramos de todo esto, Teresa me mira con un brillo en los ojos que significa: "¿Qué te parece, eh? A ver cómo explicas esto, listillo...". La verdad es que no sé cómo explicarlo, pero tampoco sé cómo explicar que haya algo en lugar de nada, que Donald Trump sea presidente de los Estados Unidos, o que a Cristiano Ronaldo le hayan otorgado los mismos balones de oro que a Messi, y no lo atribuyo a ese sustituto de la ignorancia que es Dios. En todo caso, los milagros nunca me han admirado per se. Más me sorprende que siempre se produzcan en países cristianos y nunca en infieles: aparecerse a una pastorcilla tiene poco mérito; lo difícil es hacerlo a una cáfila de yihadistas, que son, además, los que más lo necesitan, porque aún no han descubierto al Dios verdadero. Pero eso no sucede nunca. También me maravilla que, puestos a intervenir en el mundo material, Dios o sus delegados (vírgenes, santos, beatos) solo lo hagan por pequeñeces, como el almuerzo de unos necesitados, y no por asuntos de mayor enjundia, por asuntos definitivos. En el caso del milagro del arroz, por ejemplo, el beato Macías podría haber acabado con el hambre en España (o, ya de paso, en el mundo) o, mejor aún, con Franco, que era, además de un dictador sanguinario, el responsable del hambre en España, aunque ello hubiera supuesto perder a un católico ferviente. Tras la edificante visita a la Capilla del Arroz, llegamos por fin al Museo Etnográfico González Santana, que ocupa, en parte, el alcázar de la primitiva fortaleza templaria del s. XIII, junto a la impresionante torre del homenaje erigida en 1488 (en Olivenza todas las torres son impresionantes altas, sólidas, cuadradas, porque todas habían de impresionar a los castellanos para disuadirlos de guerrear). La torre es lo primero que visitamos: subimos muchas escaleras y, en distintos puntos de la ascensión, Miguel Ángel nos llama la atención sobre los grafitis medievales que en su tiempo ensuciaban y hoy adornan las ventanas: estrellas, barcos, lechuzas con cabeza de mujer. (Recuerdo el que leímos en una cueva de las islas Orcadas, refugio de vikingos: "¡Qué buena está Astrid! ¡Cómo me gustaría follármela!", o algo parecido. Lo de escribir guarradas en las paredes es una costumbre milenaria y universal. Las de esta torre no son, no obstante, rijosas, sino enigmáticas y hasta líricas. Pero es que los vikingos se las traían). Desde el adarve, al que nos asomamos, se divisan Elvas y Badajoz. Las torres y edificios blancos de Olivenza se recortan contra el azul del cielo y se suman a la blancura de las nubes, con las que componen un mosaico nevado. Una primera sala del museo está dedicada al meteorito que cayó en Olivenza el 19 de junio de 1924, del que solo se conserva aquí una lasca. De hecho, hay fragmentos del meteorito en muchos museos del mundo: se ha ido troceando tanto por interés científico como por interés comercial. En esta sala se exhiben también un velociraptor con plumas (porque los velociraptores, a diferencia de lo que se ve en Parque Jurásico, tenían plumas) y una huella de dinosaurio, aunque no sé por qué, porque, cuando le pregunto si en Olivenza hubo velociraptores y dinosaurios (lo que, sin duda, compondría una extraordinaria tríada con el meteorito y el milagro), Miguel Ángel me responde que no. Recorremos, de su mano informativa y cordial, las amplias y bien acondicionadas dependencias del museo, y recorremos la tienda de ultramarinos, la bodega, la almazara (que aún huele a aceite), la herrería, la sastrería, la barbería (con los escalofriantes instrumentos que también servían para arrancar muelas y hacer sangrías), la zapatería, la sala de música, el gabinete médico, la imprenta (en la que se conserva una minerva), la escuela, la juguetería, la casa labriega (con unas tijeras con extremos en forma de cuchara que servían para capar lechones: un reflejo condicionado me hace apretar las piernas) y la casa burguesa, con copas para el dulce de vinagre, una descalzadora con bidé, una escupidera, un orinal historiado y una benditera a la cabecera de la cama, para que persignarse fuera lo primero que hiciese el varón portugués al levantarse. (El varón portugués dormía siempre en el lado derecho, para amanecer con buen pie, el derecho; la mala suerte que le supusiera a la mujer hacerlo con el izquierdo no le importaba nada). No nos vamos sin haber visto también la hermosa sala dedicada al arte sacro, en la que se conserva una piedra funeraria del s. VIII a. C., con grabados que representan a un guerrero enterrado con dos carros de combate, ni sin haber escuchado a Miguel Ángel hablarnos del pasado esclavista de Olivenza, donde los pacenses compraban a los africanos traídos de Lisboa. Es lo que tiene haber pertenecido, o haber estado tan cerca, de Portugal, el primer país europeo que comerció con esclavos africanos.